¿Qué nos deja la elección de Brasil?

Editorial El Aromo Nueva Época N° 7

Fabián Harari

Las elecciones en Brasil tienen algo para decirnos del futuro de la Argentina. Pero también, sobre su pasado. En lo inmediato, lejos de provocar una algarabía generalizada en el espacio oficialista, desató el espectáculo lamentable de una competencia por aparecer en la foto. Víctor Santa María y Scioli tomaban café en el bunker del PT, como si tuviesen algo que hacer en esa campaña. Junto a ellos, Wado de Pedro, como si no hubiesen suficientes problemas aquí. Claro, Wado se encargó de una tarea de suma importancia: poner en la cabeza del candidato ganador una gorrita con la leyenda CFK2023. Para no ser menos, el presidente dejó todo lo que estaba haciendo (que no es mucho), convocó a su comitiva y partió raudamente hacia tierras cariocas. No para firmar ningún convenio bilateral ni resolver problemas de orden diplomático, sino simplemente para “saludar”. Es decir, para intentar “marcar territorio” en una interna entre derrotados, que además él ya tiene perdida. Estos hechos, que parecen tan superficiales, muestran no solo la decadencia de un país que debe ir a mendigar a su vecino (hace 60 años, el gesto hubiese sido inverso), sino la descomposición de un gobierno y de un espacio político (el peronismo).

Lula intentó una estrategia similar a la de Cristina en 2019, con algo más y algo menos de éxito. Algo más: nucleó a todo el arco político detrás de su candidatura. Desde gente de “izquierda”, como Marina Silva, hasta el ultraliberal del Opus Dei que llevó de vice (Alckmin), pasando por Fernando Henrique Cardoso y el propio Temer (quien votó la destitución de Dilma). Algo menos: con todos los partidos a su favor, tuvo que ir a una segunda vuelta. Y allí, con el apoyo del tercer y cuarto candidato, solo consiguió retener dos puntos de los ocho que le habían “cedido”. Perdió los estados más importantes y va a tener el parlamento en contra. Pero hay más: como la fórmula que ganó aquí en 2019, va gobernar una coalición heterogénea que, en este caso, es mucho más frágil.

En honor a la verdad, en Brasil no ganó nadie. Lula juntó a todos y arañó un empate. Bolsonaro perdió contra quien hace dos años era un cadáver político y logró el dudoso privilegio de ser el primer presidente de la historia de su país en no ser reelecto. El voto en blanco y nulo, más la abstención electoral (en un país donde el voto es obligatorio), sumaron el 25%. En América Latina, en las últimas 19 elecciones presidenciales, los oficialismos fueron derrotados, sin importar su signo. Ese repudio a quienes están al frente del Estado, a nivel continental, es más influyente para el ámbito local que una supuesta “ola izquierdista”.

El fracaso de los gobiernos y el creciente rechazo al personal político burgués no son la única similitud entre ellos y nosotros. También se deben señalar otros elementos comunes. Primero, la polarización política, basada en la fragmentación de la clase obrera (ocupada en blanco, en el sector privado versus desocupados y empleo estatal), que sustenta la formación de dos bloques dirigidos por coaliciones burguesas que, bien miradas, no ofrecen diferencias sustantivas. Segundo, la radicalización de esos enfrentamientos y un empate persistente que profundiza la crisis. Igual que Lula, quien gane en 2023 en Argentina va a tener que afrontar una serie de tareas con fuerzas políticas muy menguadas. Tercero, la formación de un consenso en torno a planes de “estabilización” fuertes. Recordemos que Lula convocó a quienes diagramaron el Plan Real (Cristovam Buarque y Henrique Meirelles) y aquí no deja de hablarse del Plan Austral o de una nueva Convertibilidad.

Hace casi diez años, ante la consulta sobre la inflación, un fugaz ministro de Economía argentino pasó a la posteridad por una frase ya célebre: “Me quiero ir…”. Ese parece ser ahora el santo y seña de los miembros del gabinete: Ferraresi, Zabaleta, Gómez Alcorta, Katopodis, Manzur y siguen las firmas… En cualquier otro contexto, sería toda una curiosidad que se priorizara el cargo local a los primeros planos de la administración nacional, que permiten (otra vez, en otro contexto) incluso pensar una candidatura presidencial. Aquí, no. Aquí, hasta es lógico, lo que nos revela una crisis por partida doble. Por un lado, nadie quiere aparecer en la foto final del peor gobierno desde la Alianza y de un presidente que no se sabe si llega a entregar su mandato. Por el otro, se vuelven porque no pueden asegurar siquiera el predominio en esos pequeños espacios: Manzur vuelve para tratar de desplazar a Jaldo y, Zabaleta, a Selci. Paradójicamente, como resultado residual, toma forma un gabinete “albertista”, simplemente porque nadie quiere ocupar esos lugares. Resulta cómico, en este escenario, que el presidente se jacte de no consultar los nombramientos con nadie. En realidad, debería explicar por qué los ministros se van sin que nadie lo consulte a él. En lugar de ir construyendo un armado nacional, a menos de un año de las elecciones, el espacio se dispersa aceleradamente. Lo vemos también en la provincia de Buenos Aires, donde no sobran candidatos a la gobernación, ante la perspectiva (o el deseo) de los intendentes de que se pierda ahí también. En un escenario semejante, la candidatura presidencial va a importar muy poco si se consiguen desdoblar las elecciones provinciales. Y, si no, se impondrá el corte de boleta.

Antes, el candidato presidencial ordenaba las listas en el resto del país y la campaña nacional. Ahora es al revés: el candidato entrará por descarte, a condición de no meterse con los poderes territoriales. Un escenario muy favorable para Cristina, si decidiera ir por la presidencia. Nadie la quiere, pero nadie podría vetarla. Porque nadie tiene la fuerza para hacerlo, sí, pero también, porque nadie quiere competir por ese lugar. ¿Qué la frena? Solamente la cuestión de los fueros: el Senado es seguro, la presidencia no…

En Juntos por el Cambio, parece vivirse un proceso inverso: el sacrificio de posiciones locales para alcanzar preponderancia a nivel nacional. Además, el candidato a presidente va a tener la lapicera del resto de las candidaturas. Muy astutamente, Macri decidió dejar el interrogante sobre su candidatura. Mientras él no se defina, los acuerdos penden de un hilo y hasta sus delfines (como Patricia Bullrich) pueden quedar colgados del pincel. Va a esperar sentado el desgaste de todos los demás. Él cree que, a menos que el gobierno consiga una imposible estabilización, el tiempo juega a su favor. Puede ser, pero eso incrementa el peligro de una ruptura en la que no necesariamente le toca la mejor parte. Más aún, si se eliminan las PASO, la balcanización de la oposición en tres (o en cuatro), permitiría a Cristina meterse en el balotaje con un 25% de los votos. Y si el oponente es Milei o Mauricio, hasta podría ganar.

La política argentina parece un espectáculo de clowns: un presidente, con todo para fundar su propio movimiento, se entrega al desbarranco; una vicepresidenta con la oportunidad de ejercer el poder, juega a ser opositora y a refugiarse en la provincia; una oposición, con un gobierno en caída libre y un país incendiado, se entretiene fagocitándose y es capaz de perder la elección más sencilla de toda la historia. La crisis se profundiza y el consenso sobre el ajuste se amplía, pero no surge ningún dirigente que muestre capacidad de llevarlo a cabo. Como dijo un agudo analista político: se sabe qué, pero no se sabe cómo. Eso no es todo, quien gane, casi como en Brasil, va a tener que realizar un ajuste en toda la regla (por vía propia o por el estallido) sin concentrar un poder social a la altura. Con este panorama, frente a esta oportunidad, la izquierda que no crece es porque no quiere. Mejor dicho: como el resto de las fuerzas, le tiene miedo al poder.

Agobiado por la disminución (otra vez) de las reservas, el descontrol inflacionario, ese volcán llamado CAMMESA, de un lado, y las necesidades electorales de quienes lo sostienen, del otro, Massa rumea sobre tres posibles planes (o una combinación de los mismos): Shock, Llegar y Bomba. El primero implica hacer él lo que debería hacer el gobierno que viene: un plan de estabilización. Podría decirse que es un plan suicida solo si se considera a Massa como parte de este gobierno. Si le queda tiempo, puede quedar como el ministro que ordenó las cuentas y bajó la inflación, el referente de la oposición y el candidato del 2027. Si no, como el Pugliese o el Jesús Rodríguez de Alberto. Una opción sumamente arriesgada. El segundo es simplemente evitar que todo estalle. Dejar la inflación como está, pero no incrementarla y mantener los acuerdos con los organismos de financiamiento externo. El tercero es propio de los delirios de Cristina, que ejerce de oposición manejando el 70% de las cajas nacionales. Es poner “platita” en el Conurbano y para los gobernadores amigos, congelar precios, frenar importaciones, rascar de la olla de los obreros ocupados y esperar que todo estalle recién después de diciembre de 2023. Lo que ni gobernadores ni intendentes pueden asegurar es que, así como el Plan Bomba les da, también les quite. Es decir, que así como les puede asegurar una elección, se los puede llevar puestos una vez renovado el cargo, o en la misma campaña electoral.

Toda esta crisis se apoya en una sola base: un país organizado para ser inviable y fagocitado lentamente por quien lo dirige. Todas estas cavilaciones políticas tienen el objetivo de no perder el control de una sociedad agotada y torturada cotidianamente. No es simplemente el fracaso de Alberto, es el de toda una clase social. Si ellos siguen, lo que nos espera es un escenario más oscuro. La pregunta es si vamos a consumir otro relato que nos habitúe a vivir en peores condiciones todavía o seremos capaces de tomar la historia en nuestras manos para darle al país la oportunidad de ser gobernado por otra clase social y, a la clase obrera, de gobernar el país que construye. Aquí, en este número, ofrecemos algunos proyectos que pueden hacer de esa esperanza una realidad tangible y al alcance en el corto plazo.

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