Perón y el golpe del 55: ¿Un león herbívoro o un presidente traicionado?

El Aromo Tercera Época – N° 10 – 18 de Septiembre de 2026

Marina Kabat

Vía Socialista

En 1956 Perón le escribe a John William Cooke:

“…Yo no he querido decir la verdad de por qué no se accionó decididamente contra los rebeldes de Córdoba y de Bahía Blanca. (…) Ni yo he renunciado a luchar, ni he sido tan débil como algunos creen. He sido traicionado ”

También dice que, si se hubiese quedado en Buenos Aires, sus generales, los del bando leal, lo habrían asesinado para quedar bien parados ante los golpistas. Esta es una versión muy diferente de la que difundió después, según la cual él renunció para evitar una guerra civil. ¿A qué Perón le creemos? ¿Al que se presenta como un general pacifista, que no quiso luchar? ¿O al que dice que quiso luchar, pero lo traicionaron? Y, en cualquier caso, ¿por qué mentir?

Aceptar públicamente la traición era contraproducente: hubiera derrumbado el mito de su inefabilidad política y hubiera tensado la relación con el ejército. Por el contrario, la versión de su renuncia en aras de evitar la guerra civil servía a varios objetivos. Facilitaba rearticular lazos con las Fuerzas Armadas y ayudaba a contrarrestar discursos que quisieran presentarlo como un militar con un estilo autoritario de gobierno. A inicios de los setenta, la imagen de un león herbívoro, que Perón quería instalar de sí mismo, era la más productiva políticamente. La verdad era otra cuestión.

Renuncia o destitución

Digámoslo claro: Perón no renuncia. Presenta a sus generales, eso sí, un texto informal que indica su voluntad de renunciar, si eso sirviera a la pacificación del país. Es una pseudorrenuncia. No es la primera de este tipo. Unas semanas antes, previamente al inicio del golpe, Perón había escrito otra. Esta vez, dirigida a la CGT, que organizó una movilización ante la cual Perón la retiró. Ambos textos pueden considerarse pseudorrenuncias por su redacción ambigua y por no cumplir los requisitos formales del caso. La renuncia presidencial debía estar dirigida al Congreso para tener validez legal.

Pero, en septiembre, los generales “leales” a Perón deciden tomar su pseudorenuncia como válida e indicarle que debe exiliarse. Antes de que se llegara a esta instancia, Perón los reunió, les aseguró que no había renunciado e intentó recomponer la cadena de mando. Fue en vano. Después de que algunos de ellos le juraran lealtad, su junta militar se reunió sin él y decidió definitivamente destituirlo. Le informaron que su “renuncia” había sido aceptada, que ya no era presidente y debía abandonar el país. La junta de militares “leales”, se hace entonces cargo formalmente del gobierno, hasta que asume Lonardi. Hasta aquí la investigación coincide con las conclusiones de Potash en su libro El ejército y la política en la Argentina.

Esta Junta de militares leales comienza las negociaciones con los golpistas esperando que se conforme un gobierno mixto. En palabras de Lucero, ministro del Ejército de Perón y general leal, correspondía, a su juicio, una conformación del nuevo gobierno 70% leal y 30% rebelde, pero estaban dispuestos a aceptar un 50% para cada bando. Y se queja de que, al renunciar él, la Junta leal no negoció bien y entregó todo a los rebeldes. La afirmación está en su libro, de 1959, El precio de la lealtad. Lucero parece lamentar más este hecho (que no hubiera una conformación mixta del nuevo gobierno) que la expulsión de Perón.  

La junta de militares leales en el gobierno reprime antes de que asuma Lonardi todo intento de resistencia al golpe. Por ejemplo, bombardea la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista (grupo de extrema derecha que defendía a Perón y había actuado como grupo parapolicial). También disuade posibles movilizaciones obreras. En realidad, se había ocupado de esta tarea desde el 16 de septiembre, como el mismo Lucero declara en su libro. Esta tarea se realiza desde un primer momento con la colaboración de la CGT

¿Cómo se llegó a esto?

Bajo todo el gobierno peronista, los militares conservaron un grado de poder mayor al que suele reconocérseles. Por ejemplo, la presión militar es determinante en el giro de la política económica de 1949 y el acercamiento a Estados Unidos, según reportes de servicios de inteligencia de este país. 

El intento de golpe de 1951, como el de junio de 1955, tuvo alcances muy superiores a los que el gobierno reconoció en su momento. Esto surge tanto del libro de Lucero, como de informes de la CIA. En junio de 1955, el gobierno no solo minimizó lo sucedido para ocultar su debilidad, sino para contar con un margen de negociación con parte de los sublevados.

Según reportes de la CIA, el gobierno queda después de los bombardeos bajo fuerte presión militar. Esa presión militar es doble. Por un lado, la CIA evalúa que un sector de la Marina se encuentra en rebeldía. Durante un mes no se conoce la ubicación de la flota. Se cree que se mantiene rebelde y que presiona por la renuncia de Perón, por la amnistía de los detenidos y otros reclamos. La CIA señala también que el ejército ocupa todas las instalaciones de la armada, excepto Puerto Belgrano.

Por otro lado, se indica que el sector leal del ejército le habría impuesto a Perón importantes condiciones para defenderlo en junio. Al punto de que el presidente solo formalmente ejercería el poder, mientras que el poder real estaría en manos de los militares. Los primeros reportes adjudican el gobierno efectivo a Lucero. Más tarde, se indica que este gobierno sería ejercido en forma colegiada por una junta de militares. Estos militares estarían instruyendo a Perón para que tome medidas más moderadas, remplace al conjunto del gabinete y a la dirección de la CGT. Estos militares creerían que desplazar a Perón conduciría a una guerra civil y que era mejor mantenerlo como cara visible mientras ellos manejaban las decisiones.

Cuando se produce la renuncia del gabinete en pleno -y Vulletich es remplazado por Di Pietro en el mando de la CGT-, la CIA considera que Perón accedió a las demandas de los militares. La CIA reporta que la Junta Militar se habría disuelto, al cumplir Perón sus demandas. Cabe señalar que Lucero siempre negó la existencia de una junta de este tipo o una influencia personal en el gobierno. Sin embargo, a juzgar por los acontecimientos posteriores, algo de lo que señalan los reportes de la CIA parece ser cierto. 

En este contexto, puede entenderse la pseudorenuncia de Perón de finales de agosto y su radicalizado discurso del 31 (aquel donde dice la frase del “5 por 1”), como un intento de  de reanimar el fervor popular y ganar poder para desembarazarse del todo de la tutela militar. Sin embargo, según la CIA, estos sucesos tienen repercusiones negativas y varios generales hasta entonces leales reclaman la renuncia de Perón.   

Delia Parodi, dirigente del Partido Peronista Femenino, declara que cree que ya, desde el 31 de agosto, Perón no gobernaba, sino que estaba en una posición obligada.

Desde que se inicia el golpe del 16 de septiembre, Lucero asume el comando de represión y comunica a la prensa las medidas a tomar. Perón, levanta una transmisión radial ya prevista y no es mencionado en la radio. Todo el protagonismo pasa a Lucero.

Las acciones sobre Córdoba se postergan. Como señala Albrieu, eran momentos definitivos y los generales solo presentaban planes para distribuir volantes a la población. Albrieu intenta convencer a Perón de manejar personalmente la defensa del gobierno, pero este se niega. Ante la amenaza de la Marina de bombardear las destilerías, el ministro de Interior propone usar a familiares de los golpistas como escudos humanos, proposición que también es rechazada. A esta altura, Perón ya está resignado. Intentará alguna última jugada con su pseudo carta de renuncia y reuniendo a sus generales. Pero ya es demasiado tarde. Pese a los alegatos de Perón y de su ministro del Interior, los generales dan por buena su pseudorenuncia y lo destituyen. Como dice Albrieu, en su testimonio recogido en el Archivo Oral, Perón “…quedó sin generales, sin la Junta, tomado desde adentro…”.

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