
El Aromo - Tercera Época - N° 1
Tres tiempos, tres senderos
Fabián Harari
Editor Responsable
El primero nació en mayo del 2003, todavía con los últimos impulsos del Argentinazo. Una hoja doble, papel obra y tamaño A3 fue el primer soporte de El Aromo. Un órgano de propaganda destinado a sostener la conciencia revolucionaria, en medio del creciente reflujo y la cooptación kirchnerista. Una herramienta para la construcción de un programa socialista. Llegamos a las 32 páginas, para una revista que se transformó en una de las más leídas dentro del universo en el que discutía.
El segundo tuvo su aparición también en mayo, pero de 2022. Ahora, como órgano de un partido, Vía Socialista, con el objetivo de explicar una vía de construcción del Socialismo en la Argentina del siglo XXI. Ya no impreso, sino online, de acuerdo a los tiempos que corren. Su objetivo: presentar soluciones en cada aspecto de la realidad.
Llegamos, también en mayo, a la tercera época. Con un objetivo similar, pero renovado. Similar: desplegar el programa de Vía Socialista. Renovado: con una amplitud temática mayor, con la apertura a la discusión y la invitación a colaboradores. Tres tiempos, una línea.
En un período donde las discusiones contienen cada vez menos explicaciones, donde los insultos y la ignorancia campean alegremente, vamos a desarrollar argumentos. Donde quienes deberían explicar en profundidad los problemas para encontrar una solución siguen ocupando el papel de meros denunciadores, de la simple queja, vamos a tomar la responsabilidad de presentar un examen riguroso y una solución viable. Porque lo que buscamos no es que nos den la razón, ni “aportar al debate”. No es eso. Queremos explicar por qué nos proponemos gobernar el país.
Un país que fue tomado, casi por primera vez, por un programa que va hacia el proyecto liberal más prístino. Fuera del agro, la minería, los combustibles y las finanzas, el gobierno se fue despreocupando del trazado de alianzas. Mantiene algunas (la “industria” de Tierra del Fuego), pero se va enfrentando al corazón de la burguesía industrial. Y los resultados no son del todo promisorios…
En términos puramente fiscales, el gobierno apela a la deuda, a la suspensión de erogaciones (incluidas las partidas a las provincias, que deben endeudarse) y de la renovación de la infraestructura (o sea, “comerse” el capital), a las privatizaciones y a medidas extraordinarias o rescates, para mantener un superávit ficticio. Un cuadro que se agrava con la caída de actividades dinamizadoras (construcción) y del consumo. La inflación no fue controlada: permanece latente y contenida por el aplanamiento del dólar, los salarios y el consumo. Que todo este esquema es frágil, incluso para aquellos con los que Milei intenta congraciarse, lo muestra el elevado riesgo país y la incapacidad del Estado de financiarse en el mercado de capitales. Recordemos que, hasta ahora, a Milei lo han ayudado estados, no el mercado. Y fue una dádiva, a pérdida del donante, no un cálculo o una inversión económica.
En términos sociales, el aumento de la desocupación muestra los límites de las apps para contener la explosión social. El gobierno perdió 5 millones de votos en la última elección y no parece que los esté recuperando. Uno de los partidos que le había cedido los votantes que le quedan (el PRO), avanza hacia una carrera propia.
En ese cuadro, la Argentina parece ser conducida hacia su siglo XIX (en particular, su primera mitad): una estructura simple, con una o dos ramas ligadas a las materias primas y, el resto, un “desierto”. Una economía que no puede sostener una experiencia nacional, y por eso cada provincia se las arregla por sí sola. Con una diferencia sustancial: en ese período formativo, la irrisoria demografía se corresponde (y determina) esa configuración económica. La economía es simple y pequeña, pero la población también. Pero, también, hay una segunda diferencia sustancial: en ese entonces, esa sociedad era nueva, estaba en plena construcción. Había un futuro por delante. Había una nación que levantar.
Hoy, el panorama es otro. Simplificar una economía, con ramas que ocupan poca mano de obra y no representan las ramas de mayor valor agregado (comparemos minería con microcroprocesadores o IA…) para 48 millones de personas, es dejar al 90% de la población a la intemperie, convertirlas en el “desierto”. Hoy, no se debate la construcción de algo superior, sino la descomposición de lo que tenemos. La alternativa al siglo XIX, tampoco es lo que vimos durante gran parte del XX (peronismo), sino tener un siglo XXI que represente verdaderamente el futuro.
Los problemas que presenta el camino que está recorriendo la Argentina van abriendo tres direcciones. La primera, es el consenso liberal, que sigue, más directa o más oblicuamente, por la misma senda. Allí está Milei y su grupo de advenedizos, aprendices de “casta”. Pero también el macrismo, que se presenta como una versión más civilizada y menos drástica de una tendencia que comienza a construirse en 2008.
La segunda dirección puede decirse que empezó tímidamente a esbozarse en la crisis del gobierno de Alberto, se alimentó del empresariado al que Milei desafió y fue reclutando dirigentes postergados de partidos en crisis (Kicillof, Larreta, Monzó…). A partir de economistas como Kulfas y Álvarez Agis se perfila un desarrollismo capitalista. Es un espacio que todavía no terminó de tomar forma, pero no deja de avanzar.
Hay una tercera expresión: el hartazgo generalizado, el QSVT. Es esa corriente que no va a votar y que, cuando lo ha hecho, fue a apoyar al candidato que parecía más disruptivo y marginal al sistema político. El año pasado, volvió a decir presente en el ausentismo. Ahora, según las encuestas, una parte de ese público (por ahora, pequeña) estaría mirando una candidata con ese mismo perfil disruptivo y marginal, como Myriam Bregman. No se trata de masas que abrazan el socialismo, claramente. Sí, puede detener ese consenso hacia la derecha, que lleva casi 20 años e iniciar un camino inverso. Más aún, es gente que está dispuesta a escuchar, si se le sabe hablar. Sin embargo, a diferencia de las otras dos alternativas, aquí todavía no se ha definido un programa. Por ahora, no se ha ofrecido más que consignas negativas (“derogación de la reforma laboral”, por ejemplo), impracticables (“No al pago de la deuda”) o vacías (“contra el imperialismo”). Es decir, frases pasa salir del paso, de alguien que no conoce el país y sus problemas, y que no podría discutir seriamente cómo administrar un país con cualquier equipo económico burgués.
El caso es que ese pequeño paso delante de una fracción de la masa obrera descontenta implica una oportunidad y una responsabilidad. Responsabilidad de todos los socialistas, no solo de los que hoy son apuntados por los reflectores. Una responsabilidad doble: saber qué hacer con el gobierno y saber explicarlo.
El programa para el Socialismo en la Argentina del siglo XXI, el qué hacer aquí y ahora, es una tarea en la que nos hemos embarcado hace años. Ahora, y por tercera vez, El Aromo vuelve a abrir sus páginas para llevar al centro de los debates eso que ha sido tan importante y que hoy se volvió urgente.
Dejar el pasado atrás y olvidar todo
Las posibilidades electorales de Myriam Bregman y las tareas de la izquierda
Eduardo Sartelli
Vía Socialista
“Se cuelgan de…” (complete el lector), suele decir Moria Casán cuando la critican, dando a entender que los críticos solo buscan fama y que, por lo tanto, los ataques en realidad encubren una estrategia de auto-promoción. También vale para los elogios excesivos: gente que busca subirse al colectivo que lleva al futuro, aunque más no sea colgado del estribo. Algunos habitantes de las redes, esa fauna nueva que ha venido a añadirse a la tradicional periferia política que pulula en todos los partidos, simpatizantes del PTS o simplemente de Myriam Bregman, han comenzado a esgrimir argumentos como estos para ahuyentar un cierto ruido molesto: las intervenciones de aquellos que, viendo la posibilidad de que la candidatura de Bregman se transforme en un vector real de crecimiento y hasta una carta de triunfo de las perspectivas revolucionarias, creen llegado el momento de debatir con los compañeros del FITU una serie de cuestiones hasta ahora silenciadas, al estilo la zorra y las uvas, por las bajas performances electorales del frente. Esta primera reacción, alentada por la propia negativa de la “Rusa” y el “Chipy”, parece haber dado paso a otra, la de cierta esperanza en un “operativo clamor” que obligue al PTS a sacrificarse a un “electoralismo” que no compartirían, dada su ortodoxa perspectiva trotskista de “revolución desde abajo”. Pero, si el pueblo lo pide… Más allá de la honestidad política con la que se estén planteando el tema, lo relevante es la decisión que tomen, porque esa decisión no solo cambiará el escenario de la izquierda, sino que la enfrentan, si se toman en serio el asunto, a una serie de problemas formidables. Problemas a los que ningún revolucionario puede negarse a atender, colaborar y poner el cuerpo: no es de revolucionarios quedarse a un costado mientras los compañeros se juegan una patriada. Pero esos compañeros deben aceptar que lo que está por delante los supera, que necesitan el concurso de todas las fuerzas posibles y que deben abrirse a un debate franco y directo. No puede ser, como ya ha sucedido otras veces, que se nos invite a ser parte de una claque de aplaudidores, lo que está en juego amerita una actitud a la altura de las circunstancias. Por eso nos parece auspicioso que otros compañeros hayan seguido el debate abierto por nosotros y respondido, de mala gana, expeditivamente y fuera del marco más adecuado, por la dirección del PTS.
En efecto, una primera intervención de nuestra parte parece haber motorizado la respuesta inicial, al principio recogiendo un debate en X, luego como reacción a nuestra columna en Youtube. Lo cierto es que tras ella llegaron los pronunciamientos del colectivo de la editorial Huellas del Sur, entiendo conformado por los viejos participantes de experiencias como Cuadernos del Sur y la revista Herramienta y del MST, este último publicado directamente en las redes del PTS. Es, precisamente, esta última actitud la que nos parece insinúa un cambio en relación a la reacción original, ya sea porque constituye a Bregman en una especie de “ancho de espadas” en la disputa interna en el FITU y, por lo tanto, una carta ganadora a la hora de discutir candidaturas y posiciones en las listas, como porque la dirección del PTS haya caído en la cuenta, tarde, del valor de la mano que les ha tocado. Si es esto último, bienvenido sea, porque expresa una conciencia mucho menos mezquina que la ilusión de copar todos los cargos electorales en disputa y dejar afuera a sus compañeros de frente. Tal vez hayan empezado a darse cuenta de la posibilidad que se podría abrir en un futuro no lejano y comiencen a evaluar nuevas posiciones con respecto a “lo electoral” y la “lucha revolucionaria”. Cierto es que la actitud de mandarse solos para el acto del 1° de Mayo y las dificultades para formar listas unitarias en las recientes elecciones universitarias parecerían ponerle límites a esa “apertura”, algo que semeja un dejá vu de las épocas en lo que lo único que les interesaba era superar al PO y constituirse en el único y hegemónico partido trotskista de la Argentina. Se verá en lo porvenir qué trae el agua que baja por el cauce. Por ahora, nos limitamos a examinar esas demandas externas de un protagonismo más audaz, atizadas por el viento que trae consigo la creciente popularidad de la “compañera Myriam”. Examinamos en esta entrega, el documento producido en tal sentido por el colectivo mencionado, firmado por Aldo Casas, Ariel Petrucelli, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello.
El documento comienza analizando la situación política actual como marco de la exigencia que creen necesaria plantear a la dirección del PTS. A diferencia de nuestro planteo, que se afinca en un análisis mucho más amplio de la situación política mundial, las transformaciones en las estructuras sociales y sus consecuencias sobre el sistema político “occidental”, de las transformaciones en la estructura de clases argentina, etc., etc, el texto examinado deriva las posibilidades de la izquierda en esta coyuntura de la constatación del debilitamiento progresivo de la administración Milei. Por supuesto, lo que motiva la apelación a Bregman y los suyos es, además, la ausencia de otra alternativa en el campo de la burguesía, hecho que podría motivar una actitud distinta (recordemos que los autores llamaron a votar por Massa en su momento y no sabemos, entonces, cuál sería su posicionamiento si la estrella de Axel Kicillof se mantiene en alza). Por ahora, el documento expresa un entusiasmo tal vez exagerado por las perspectivas actuales del FITU. Esa exageración se manifiesta en el reconocimiento de un “mérito histórico” al PTS por algo que por ahora no es más que el resultado de algunas encuestas y en frases como esta:
“Hoy en día, sin embargo, tenemos la oportunidad absolutamente excepcional en la historia argentina de que un amplio segmento de la clase trabajadora comience a ver con simpatía una opción política (un gobierno revolucionario de trabajadores) que ha estado desterrada por décadas.”
Es discutible si esta situación es “absolutamente excepcional en la historia argentina” (piénsese en el anarquismo de principios de siglo, en el Partido Comunista de la década del ’30 o en el guevarismo de los ’70), aunque tal vez sea válida si nos limitamos al plano electoral. Lo que es cierto, por el contrario, es que no es lo mismo una simpatía electoral con una opción política por “un gobierno revolucionario de trabajadores”. No se trata de remarcar imprecisiones por sutilezas dogmáticas, sino advertir que confundir el verdadero contenido político de la coyuntura lleva malinterpretar la naturaleza real de la oportunidad política que se abre. Obviamente, que el documento lleve como idea central el que resulta imprescindible que las organizaciones revolucionarias de este país emitan señales muy claras de que “están decididas a tomar el poder del Estado, incluso por medios electorales”, nos resulta simpática. Sería absurdo que nos desdigamos ahora de algo que hemos venido diciendo desde hace años, cuando nadie preveía esta repentina emergencia de Myriam Bregman, ni remotamente. Pero no hay que confundir la popularidad de una figura con una tendencia revolucionaria en el seno de las masas. Si esta confusión es la que alienta la apelación del documento, está mal fundamentada, porque no hay nada que lo indique. Las encuestas electorales solo señalan la buena imagen de una candidata particular, ni siquiera de un partido. Mucho menos habla de perspectivas revolucionarias. Esto es muy importante, porque la aventura electoral en ciernes es válida, precisamente, porque no hay perspectivas revolucionarias, en el seno de las masas, que se manifiesten como suelen manifestarse en tales situaciones: lucha callejera, organización de instituciones que expresan un doble poder, toma del control de sindicatos, repulsión generalizada de la burocracia, etc. Si este fuera el caso, habría que hablar de otras cosas.
Esta diferencia política con el texto que examinamos se expresa precisamente aquí, en la manera en que se llega al poder tras una elección en la coyuntura en la que nos encontramos, es decir, en la que no hay ninguna tendencia revolucionaria, solo una crisis del sistema político que puede permitir a un grupo audaz colarse por las grietas que generan las contradicciones de la democracia burguesa. Porque de aquí se derivan las tareas que un gobierno socialista va a tener que enfrentar apenas terminada la elección, tareas gigantescas para las que ni por asomo se cuenta con el personal suficientemente calificado, y que no pueden quedar suspendidas mientras se desarrolla una nueva “fiesta de la imaginación” al estilo Mayo del ‘68. Una situación tal que hace que planteos como el siguiente se parezcan a festejos prematuros de herederos que ya dan por muerto al enfermo:
“Tomar el poder del Estado sólo dará buenos frutos si es el paso inicial para una transformación radical del propio Estado y de las relaciones de producción que estructuran la sociedad. En tal sentido, el programa de un gobierno de los trabajadores que no se contente con administrar el capitalismo (lo que hoy por hoy es, sin más, administrar la miseria y la alienación) debe incluir medidas elementales de soberanía, como el no pago de la deuda externa, el control de la banca y del comercio exterior, la derogación de las leyes de Milei sobre inversión extranjera, la de actividades financieras, avanzar en la derogación del conjunto de leyes y decretos anti-obreros y antipopulares del actual gobierno y, por supuesto, desarrollar una oposición férrea a la guerra imperialista.”
Por empezar, en la medida en que tales propuestas no incluyen la propiedad de los medios de producción, en sentido estricto son “administrar la miseria y la alienación”. Otra vez, no se trata de una chicana, sino de una clarificación teórica: tales medidas no cambian la estructura de la sociedad, por un lado; producen un desbarajuste fatal del conjunto de la economía que probablemente terminen en una explosión hiperinflacionaria y en la caída del gobierno. Si estuviéramos en una situación revolucionaria, de una verdadera toma del poder y no simplemente de la conquista electoral del Poder Ejecutivo, podríamos discutirlo, pero no es el caso. No parece, entonces, que se tenga conciencia real de las características de la coyuntura y la aventura posible. Por otra parte, no teniendo “palenque donde rascarse”, es decir, un Estado obrero que pudiera ofrecerse como soporte de ciertas medidas de gravedad sustantiva, ni siquiera un conjunto de países viviendo alguna experiencia similar que podría actuar como frente internacional, la idea del no pago de la deuda desataría una oleada de embargos y sanciones que virtualmente paralizarían buena parte del comercio exterior. Otras medidas, como el control de la banca y el comercio exterior ya existen y lo aplican todos los gobiernos burgueses, incluido Milei. La derogación de las leyes sobre inversión extranjera provocaría más de un problema sin generar ninguna solución. Curiosamente, en lo que es más fácil, la “derogación del conjunto de leyes y decretos anti-obreros y anti-populares”, solo se pretende “avanzar”. La “oposición férrea a la guerra imperialista”, por supuesto, es una afirmación vacía.
El siguiente párrafo es más preocupante:
“También debe volver a colocar en el horizonte popular objetivos clásicos como la abolición del derecho de herencia sobre los medios de producción, la socialización de la tierra o la expropiación de los grandes capitales. Y parece imperioso introducir otros puntos menos clásicos, pero indispensables en el mundo actual, como la necesidad de avanzar en la agricultura ecológica, desarrollar una industria de bienes duraderos en contra de la obsolescencia programada, etc. Elaborar un esbozo de este programa, exponer al debate público diferentes opciones y posibilidades, podría ser una tarea gigantesca de politización de masas capaz de permitir salir a la clase trabajadora de la oscilación entre resistencia a la defensiva y opciones electorales impotentes. En Argentina existen condiciones como para que todo esto se discuta en las calles, las fábricas, las aulas y las plazas.”
A un gobierno que dudosamente tenga algo más que un Poder Ejecutivo asediado por el resto de los poderes del Estado, por la probable oposición activa de las Fuerzas Armadas, la indudable inquina del imperialismo yanqui y unas cuantas cosas más, se le pide algo imposible, como la “abolición del derecho de herencia” y la “socialización de la tierra” o “la expropiación de los grandes capitales”. Salvo que “volver a colocar en el horizonte” deba interpretarse como una simple declaración de principios sin consecuencia alguna, más que asustar más aún a una burguesía ya camino al pánico y confundir a la gente sobre los verdaderos objetivos del gobierno que acaba de votar. Peor lo que sigue, que se parece mucho a una estudiantina feliz de espaldas a los peligros y las posibilidades reales con los que se enfrentará el gobierno socialista hora a hora. Pareciera que no se entiende que la pregunta que los revolucionarios deben hacerse es: ¿podrá el gobierno socialista mantenerse en el poder? Volveremos más abajo sobre esta cuestión, pero queda claro ya que si se espera politizar a las masas (que ya están politizadas en torno a una agenda bien distinta, mucho más concreta e inmediata) con la “agricultura ecológica” y la lucha contra la “obsolescencia programada”, no se está en condiciones de entender la dinámica política que se desatará al día siguiente de ganar las elecciones, no digamos ya el día después de la asunción del gobierno.
Curiosamente, mientras los autores del documento llaman a “aceptar el desafío”, señalan que hay que
“Debatir abiertamente las formas institucionales de una democracia socialista, al igual que las formas específicas de una planificación económica socialista, ayudaría a la politización popular y abriría nuevos horizontes que pueden estar al alcance si todas las fuerzas de izquierda, con el FITU en el lugar central, nos ponemos a la tarea.”
No se trata de debatir “las formas institucionales” de algo que no existe, sino de gobernar, durante mucho tiempo, en el contexto de lo real: la democracia burguesa. Por eso, llama la atención que reprochen al FITU que “es indudable que un acierto del FITU de conjunto ha sido plantarse con mucha firmeza en la vereda opuesta de este gobierno y de los anteriores. De lo que se trata ahora es de saber construir y presentar una propuesta propia con más carnadura que un puñado de consignas.” Porque el documento donde esto se reclama, carece de toda carnadura. No hay ninguna idea concreta de qué hacer, salvo vaguedades y despropósitos mientras se incendia Roma. De hecho, se confiesa que, de lo que importa, lo que habrá que hacer inmediatamente, no se tiene idea:
“¿Cómo pasar de un gobierno de izquierda que ganó las elecciones a un nuevo marco instituyente? Nadie tiene la respuesta. Pero el FITU está en condiciones de lanzar el desafío y encabezar la marcha. Es necesario llamar a formar equipos de trabajo sobre distintos temas. Convocar a trabajar a gente que no piensa necesariamente igual que los marxistas, pero que puede simpatizar con la candidatura de Myriam Bregman. Podemos discutir públicamente todos los grandes temas -agronegocio, minería, energía, bancos, educación, vivienda, transporte, salud, política exterior, modelo industrial, IA, género, medios de comunicación, etc.- y hacerlo sin el chaleco de fuerza del respeto a la propiedad privada capitalista y el imperativo del lucro privado.”
Uno estaría tentado a decir que esto, que llama a lo concreto, se da de patadas con todo lo anterior, porque, en última instancia, supone que hay un hiato que sortear entre “un gobierno que ganó las elecciones” y el “nuevo marco instituyente”. Si hay tal hiato, entonces, esta es la pregunta que hay que responder con el chaleco de fuerza del respeto a la propiedad privada precisamente porque no existe el dichoso “nuevo marco instituyente” sobre cuya forma y contenido se habla tanto en la primera parte del documento. Porque si ya tuviéramos ese marco (que supone ya la expropiación de la propiedad privada), no habría tal hiato y no estaríamos discutiendo cómo pasar por un puente que ya se dejó atrás. Si, por el contrario, como todo parece indicar, ese puente está por delante, es decir, si todavía domina la propiedad privada, la discusión debe darse en ese contexto: ¿cómo pasamos de la gestión de la propiedad privada, que el gobierno socialista deberá encarar con energía y eficiencia, a la construcción de un aparato productivo socialista que sea, al mismo tiempo, la base social con la cual se pasará ese puente? Dicho en criollo: la idea de que el gobierno socialista, en este contexto nacional e internacional, podrá desentenderse de la suerte del capital privado es un presupuesto absurdo que solo se le ocurre a quien no está haciendo seriamente un análisis concreto de la situación concreta. Precisamente por esto, el documento exhibe un conjunto de ideas que impiden que la izquierda logre postularse como una “opción creíble”.
Trotskistas, a las cosas…
En la situación actual, sin una revolución mundial en marcha, sin procesos similares al que vive Argentina en desarrollo, sin una insurrección revolucionaria en el horizonte, sin un Estado obrero que actúe como respaldo, sin un auge de la lucha de masas local, es decir, solo con la posibilidad de utilizar el descontento electoral como vehículo para colarse por las grietas del sistema político en crisis, la izquierda, el FITU, el PTS, Myriam Bregman, deben decidir si juegan o no. El tren de la historia no pasa todos los días y mal conducido, descarrila. Esa decisión debe ser inmediata, porque hay mucho por hacer, para ganar las elecciones y para gobernar después. Es en este camino novedoso que los compañeros deberán abandonar todo lo que han aprendido.
La situación es inédita en un más de un sentido: por la coyuntura internacional, por la coyuntura nacional, por la ausencia de un movimiento socialista mundial, por el tipo de país en el que se plantea. Pero, más profundo aún, porque exige una estrategia radicalmente distinta de las conocidas: el guerrillerismo maoísta-guevarista y el insurreccionalismo bolchevique. Ambas probaron ser eficientes en los contextos en que nacieron. Tales contextos no existen hoy, ni en la Argentina ni en el mundo, lo que tiene consecuencias graves: nos deja frente a una forma del poder burgués, la democracia burguesa, a la que nunca hemos enfrentado con éxito, porque hasta ahora la revolución se ha producido siempre en escenarios atrasados. En sentido estricto, el socialismo nunca ha derrotado al capitalismo en su propio terreno, siempre ha tenido éxito en momentos de la transición capitalista, cuando todavía el feudalismo era si no dominante, sí una fuerza masiva y real. Es en este sentido que debiera de comprenderse con más inteligencia la experiencia de Allende en Chile, no para copiarla, lo cual es imposible (y no deseable, habida cuenta de su resultado), pero sí para entender que estamos en una situación parecida, una situación allendista: la posibilidad de conquistar el gobierno sin conquistar el poder.
Si queremos evitar una nueva defraudación a las masas, mostrando a una izquierda que esquiva la posibilidad que se le presenta, o que la acepta sin una conciencia clara de lo que puede hacer en el mundo real y no en la fantasía, es necesario que comience ya el debate estratégico. Hay mucho por hacer. Y lo primero que hay que hacer es construir un programa de gobierno concreto, realista, alejado de fantasías utópicas y centrado en la respuesta a la pregunta que hacíamos más arriba: ¿cómo podrá el gobierno socialista mantenerse en el poder? En un nuevo documento por salir, damos una respuesta. Esperamos que sea debatida, con la intensidad y la pasión que el momento exige.
Violencia escolar: sin brújula para resolver la descomposición creciente
Romina De Luca
Vía Socialista
Hace más de un mes que las escuelas de todo el país aparecen, en la plana pública, atravesadas por la violencia. El tiroteo en la escuela de Santa Fe, a fines de marzo, dio lugar a una escalada de episodios de distinta índole. Escenas de violencia física entre estudiantes, pero centralmente las amenazas de posibles tiroteos convirtiendo a las escuelas en morgues parecieran repetirse sin parar. Las autoridades oficiales decidieron llamar este proceso “efecto contagio” de un supuesto desafío virtual que había aparecido en redes y se habría viralizado. En este cuadro, reclamaron a los medios de comunicación que no “espectacularicen” el proceso y evitaran su difusión. Sin embargo, a esta altura el fenómeno requiere una explicación un poco más profunda y se plantee una propuesta real. Veamos
Violencia escolar: qué hay de nuevo en un fenómeno viejo
Si bien es cierto que no hay tiroteos en las escuelas argentinas todos los días, el episodio de San Cristobal debe ser leído en un contexto más general. Por un lado, porque, entre mayo de 2024 y de 2025, en nuestro país se reportaron 140.000 casos de acoso escolar según la ONG Bullying Sin Fronteras. Las pruebas Aprender de 2024 reportaban que 1 de cada 3 estudiantes del secundario reconocía que en la escuela lo dejaban de lado, el 14% haber sido agredido por redes, un 20-23% que le habían sacado sus cosas. Pero más importante es la perspectiva histórica. Si revisamos los datos recopilados por los diarios, observaríamos que éstos recogen una pequeña porción de los casos acontecidos en las escuelas. Mientras el análisis de la prensa nos permitió contabilizar 876 casos para el período 1969-2010, los organismos educativos y dependencias policiales reportaban 3.393 casos. Se debe tener en cuenta que no existen datos oficiales de manera sistemática y que los pocos datos existentes implican la existencia de casos “reportados” lo que excluye las distintas formas de violencia molecular y naturalizada que atraviesa a las escuelas.
Más allá del número en sí, lo importante es destacar la relación entre la descomposición social y la emergencia de formas de violencia escolar como asaltos, ataques de patotas, agresiones físicas, robos, casos de portación de armas, episodios que tienen lugar en contextos de descomposición familiar, de violencia en las calles y en los barrios donde se implantan las escuelas. Afecta a las relaciones escolares, por eso, los protagonistas son estudiantes versus estudiantes o ataques de estudiantes a docentes o de las familias a docentes. Y evoluciona al calor de la degradación social: desde los noventa observamos que los casos de violencia escolar aumentan tanto ya sea en sus formas leves como graves -los que implican lesiones. En ese cuadro, a la escuela se la ha convertido en un espacio de mera contención y guardería social lo que erosiona tanto las relaciones como los vínculos que allí se desarrollan y facilita que la violencia se despliegue.
Lo que sucede es que los protocolos dispuestos por las distintas jurisdicciones se muestran inútiles y comparten una matriz común: trasladar el problema a las familias, mantener las clases (o recuperar los días perdidos), dar intervención a los organismos de supervisión escolar y a las fiscalías/policía a los fines de sancionar o imputar a los menores o a sus familias por amenazas, revisar a las/los estudiantes al ingreso a la escuela, cobrar multas. Se trata de recetas que provienen de quienes no garantizan equipos de orientación y/o gabinetes en cada escuela para poder atender los problemas de salud mental de las y los adolescentes, intervenir frente al bullying, detectar casos de violencia familiar, de vulnerabilidad, entre otros. También de quienes no crean los espacios de derivación fuera de la escuela si ella tuviera las herramientas para accionar.
En general, el sindicalismo de izquierda salió a denunciar la intervención policial como un giro punitivista que desconoce la violencia social. Suponen, equivocadamente, que el reclamo por seguridad es un problema de la “derecha” y no de la clase obrera. Una forma simplona de entender la violencia social. Efectivamente, la violencia social se cuela en las escuelas y encuentra terreno fértil hoy cuando se impone una mirada asocial, individualista, en el marco del “consenso liberal” que impone un igualitarismo bestial degradando las condiciones de vida de todos. Pero tenemos que reconocer que, en barrios obreros degradados, las y los estudiantes concurren a las escuelas armados, muchas veces, como formas de autoprotección o para resolver sus propios conflictos. La degradación de los vínculos y el individualismo no debería asumirse como algo dado. Entonces ¿qué hacemos? Si históricamente se exigió transporte gratuito para que la docencia ingresara a escuelas en espacios no seguros, tal vez lo mismo equivaldría para estudiantes y/o exigir herramientas para que las escuelas sean espacios seguros y libres de armas: scaners, lockers para dejar las pertenencias que no sean inmediatas a la tarea escolar, personal no escolar capacitado para manipular armas en el caso que aparezcan como la ANMAC (Agencia Nacional de Materiales Controlados). Todo esto, es más concreto que la autoorganización juvenil o pedirle a la docencia que voluntariamente se haga cargo de las armas o del problema. Al mismo tiempo, se trata de construir una alternativa para el aquí y ahora: un programa realista para intervenir en la escuela y en la sociedad argentina. Para la escuela: equipos de orientación y gabinetes con personal suficiente en todas las escuelas ya sea para detectar o aspirar a recomponer vínculos sociales, atención primaria de la salud para estudiantes y familias, infraestructura escolar que contemple la construcción de espacios seguros para que estudiantes dejen sus pertenencias y gabinetes de salud, parejas pedagógicas en todos los grados y aulas son algunas de las medidas posibles. Recomponer el lugar de la escuela en la sociedad ayudaría a la reconstitución de sus vínculos.
El país desguazado
Una crítica racional a la Ley de Glaciares
Maximiliano Lescano
Vía Socialista
En la madrugada del 9 de abril de 2026 se aprobó en diputados la reforma de la Ley 26.639, que desde 2010 establecía los presupuestos mínimos para la protección de los glaciares y el ambiente peri glacial, desde el Estado Nacional, limitando la explotación minera a escala industrial. Uno de los hitos importantes de la ley es la redefinición y descentralización de decisión sobre cuáles, cómo y con qué fin estos ambientes pueden ser explotados. Previamente, la definición, monitoreo y clasificación del ambiente glaciar estaba a cargo del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), a través del Inventario Nacional de Glaciares, el cual no solo sirve como categorizador y relevador de glaciares y crio formas, sino que también permite comprender su función hídrica y conexión con otros sistemas naturales.
La clave de este nuevo proyecto es el aumento en la autonomía de las provincias para la toma de decisiones sobre qué glaciares cumplen con una función hídrica relevante, lo que permite llevar a cabo actividades mineras (principalmente cobre y oro).
Un retroceso
Previo a esta reforma, la protección de glaciares, la evaluación ocurría de forma más uniforme y amplia, ya sea si cumplían una función hídrica estratégica o no. La reforma implementada, sin embargo, adolece de poca claridad y dispersión sobre cómo llevar a cabo una evaluación estandarizada, homogénea y repetible, ya que depende de la evaluación y definición propia de cada provincia, lo que deja a decisión de cada jurisdicción sobre si se puede retirar del inventario o no.
Dentro de las modificaciones, se encuentra en los artículos 3 y 3 bis. El artículo 3 dispone que el IANIGLA selecciona ambientes glaciares que actúan como reservas hídricas estratégicas o como recursos de agua para cuencas. Sin embargo, el artículo 3 bis establece que todos los ambientes glaciares incluidos en el inventario van a ser protegidos solo hasta que la autoridad provincial verifique estas funciones. Es decir, cada provincia puede hacer su propia evaluación de impacto ambiental y, según sus propios criterios, quitar a un cierto glaciar de la ley.
Una de las consecuencias de esta medida es la falta de mirada general y nacional sobre el flujo de los recursos hídricos. Cuando cada provincia pone sus propios estándares provoca una distorsión en el monitoreo del impacto ambiental de forma conjunta, ya que el flujo de estos recursos obviamente no reconoce fronteras. Una boca de mina puede estar localizada sobre glaciares de escombros, cuya agua sea estacionalmente depositada sobre cuencas que pasan por varias provincias. Por ejemplo, la Cuenca del Río Colorado abarca desde los Andes de Mendoza pasando por Río Negro, Neuquén, La Pampa y Buenos Aires. En consecuencia, no solo se acentúa la autonomía de las provincias y la desigualdad entre las mismas, sino que puede ser foco de futuros conflictos legales entre provincias.
Por lo tanto, se consolida un modelo de país balcanizado dónde cada provincia decide según los intereses del gobierno de turno, desentendiéndose del impacto que esto pueda tener en el conjunto de la región y el país.
Milei busca que el crecimiento de los sectores minero y petrolero aporten divisas al país dándole a su gobierno mayor estabilidad macroeconómica, mientras espera que la lluvia de inversiones, en algún momento, genere nuevos puestos de trabajo y repare el daño que la apertura comercial generó: desde 2023, se perdieron al menos 180.000 empleos registrados.
En este contexto, las mineras aprovechan las bondades del gobierno que, no contento con los beneficios que ya brinda el RIGI, pretende liquidar uno de los pocos límites a la devastación ambiental. Debe tenerse en cuenta que está reforma se da en medio de una fuerte disputa por el dominio del mercado mundial entre EE.UU y China. En esa disputa, el control de minerales críticos es central.
Por un ecologismo desarrollista
El movimiento ambiental expresó un contundente rechazo a esta reforma reaccionaria a partir de movilizaciones, intervenciones en el Congreso y amparos legales que buscan frenar esta entrega. La pelea no está perdida. Desde aquí, queremos aportar al debate programático y estratégico.
El ecologismo no puede abstraerse de las necesidades de desarrollo productivo de la sociedad argentina que, desde hace 50 años, sufre la profundización del atraso económico y la pobreza.
Es necesario superar las posturas decrecionistas (con gran peso en el movimiento ambiental) y construir una agenda que plantee soluciones ambientales a partir de un salto cualitativo en las fuerzas productivas del país, del aprovechamiento racional de los recursos naturales y de un Estado planificador. La salida capitalista sólo ofrece devastación y miseria a las grandes mayorías de este país. Te proponemos sumarte a construir un ecologismo desarrollista para transformar radicalmente el destino de nuestro país.
Con este artículo, damos inicio a una serie de relatos sobre la vida social en los Estados Unidos, a través de la mirada de nuestra corresponsal, Carolina Vittor. En cada entrega, una crónica, una descripción de algún aspecto poco conocido y sumamente revelador de la vida en lo que se supone el capitalismo que “funciona” y con el que nos quieren convencer de las bondades del sistema. Carolina nos cuenta por qué, aún en aquellos países donde la acumulación es gigantesca, allí donde la burguesía somete a casi todos sus competidores en otros países, la clase obrera la pasa mal, muy mal. Y, por eso, allí también el Socialismo es una necesidad.
Crónicas de Nueva York
La crisis alimentaria en la Gran Manzana
Carolina Vittor
Corresponsal en EE.UU.
Y tu cabeza está llena de ratas.
Te compraste las acciones de esta farsa,
y el tiempo no para.
Mi adolescencia transcurrió en los años noventa en la ciudad de Buenos Aires, en pleno menemismo, cuando el Whopper costaba un peso y nos querían hacer creer que habíamos entrado al “primer mundo”. Como muchos de mi generación, la imagen que yo tenía de lo que era eso venía del cine norteamericano y de series como Friends, en la que cinco amigos vivían despreocupadamente en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, nunca la idealicé, y mucho menos, nunca soñé con vivir en los Estados Unidos. Me gustaba demasiado mi ciudad como para pensar en irme, pero la crisis del 2001 y sus consecuencias de largo plazo, me trajeron años más tarde hasta acá, y ahora vivo en Nueva York.
Mi casa en Queens sigue siendo una pequeña embajada porteña, escuchamos la radio de Buenos Aires, hablamos al vesre y volvemos todos los años a Buenos Aires para visitar a la familia y los amigos. Cada tanto en la radio porteña y cada vez que vuelvo, escucho comentarios sobre Nueva York que me sorprenden por el grado de desconocimiento que existe allá sobre lo que implica vivir acá para cualquiera que no esté de turista. En seguida me doy cuenta de que no debería sorprenderme, la imagen que se ha difundido de esta ciudad por todas partes lo explica bastante. Nueva York genera una fascinación en muchos argentinos que es producto de la saturación de imágenes brillantes y emocionantes que circulan sobre ella. Imágenes de una ciudad en la que se puede caminar con tacones altos por la Quinta Avenida y levantar la mano para pedir un taxi cuando uno quiera, o vivir en un pent-house con vistas al Central Park, o cruzarse con ricos y famosos. La llaman “la ciudad que nunca duerme”, como si eso fuera algo positivo (¡y claro que lo es! ¡Podés comprarte una Coca-Cola fría si te encaprichaste a las 3 de la mañana en una tienda abierta las 24h!). Y sí, Nueva York es todo eso, es una de las ciudades -sino “la ciudad”- con la mayor concentración de riqueza del mundo, en la que mega millonarios de todas partes del globo se pasean campantes comprando en Louis Vuitton o Dolce Gabbana. Mientras tanto, a pocas estaciones de subte, en Queens o el Bronx, alguien hace fila en un centro comunitario para llevarse una bolsa con leche y arroz, porque Nueva York –que incluye cinco distritos: Manhattan, Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island– es también una ciudad con una desigualdad social abrumadora, una ciudad en la que debajo de un lujo superficial se esconde el sudor de millones de trabajadores que conviven con altos costos de vida y apenas llegan a cubrir sus necesidades básicas.
El imaginario de una ciudad que derrama riqueza y en la que se vive despreocupadamente, no sólo es fantasioso, sino que es dañino y alimenta ideas absurdas sobre las bondades del capitalismo en el imperio.
En octubre de 2025, esa desigualdad dejó de ser una cifra abstracta y se convirtió en vértigo para muchos neoyorquinos. El cierre del gobierno federal, que duró 43 días —el más largo en la historia reciente del país— paralizó fondos clave. Entre ellos, los del programa SNAP (Supplemental Nutrition Assistance Program), la asistencia alimentaria que usan casi tres millones de neoyorquinos y unos 40 millones de personas en todo Estados Unidos. Durante este cierre del gobierno, la administración del presidente Trump se negó a financiar el programa o a utilizar fondos de reserva para hacerlo. Por varios días, nadie supo si las tarjetas de ayuda alimentaria se iban a recargar.
El programa de ayuda alimentaria –SNAP– es un programa federal financiado por el gobierno nacional a través del Departamento de Agricultura, pero administrado por los estados. Durante décadas, esa ayuda se conoció como “food stamps” (cupones de comida), pero hoy funciona con una tarjeta electrónica similar a una tarjeta de débito en la que se acredita un monto de dinero que las personas que califican reciben mensualmente y que sólo puede usarse para comprar alimentos en supermercados y comercios habilitados. Es una política pública estructural que forma parte del sistema de protección social estadounidense, y para que se entienda la magnitud de su peso: cuando SNAP se interrumpe —como ocurrió durante el cierre del gobierno— no hay una red privada que pueda reemplazarlo a la misma escala.
En paralelo, en la ciudad de Nueva York existen almacenes de comida llamados food pantries, que son lugares donde las familias pueden recibir alimentos gratuitos para llevar a sus casas, a veces en bolsas con arroz, pasta, latas, leche, huevos, y, cuando la suerte acompaña, frutas y verduras frescas. Detrás de estos almacenes de ayuda alimentaria hay iglesias, organizaciones sin fines de lucro y comunidades locales, trabajando de forma voluntaria y a través de donaciones privadas, para que nadie se quede sin lo más básico. Sin embargo, el volumen de dinero que mueve el programa federal SNAP es incomparable, por eso cualquier demora en su financiamiento genera pánico inmediato en millones de hogares trabajadores.
A un nivel superior, existen los food banks, que son enormes almacenes que no reciben directamente al público, sino que compran, reciben donaciones y distribuyen grandes cantidades de alimentos a los food pantries y otros programas de asistencia. En Nueva York, por ejemplo, el Food Bank for New York City —organización fundada en 1983— provee más de 70 millones de comidas al año a través de cientos de pantries y refugios, convirtiéndose en la columna vertebral de la red alimentaria de la ciudad. Durante el cierre del gobierno que implicó el corte de fondos federales para el programa SNAP, la ciudad entera organizó colectas preventivas. Los food banks empezaron a reforzar el abastecimiento de comida a su red de más de 800 almacenes (food pantries) y comedores. También en las escuelas públicas, en los lugares de trabajo, en los clubes de barrio se pedían donaciones urgentes de comida y los pantries abrieron turnos de emergencia y miles de voluntarios trabajaron repartiendo comida a miles de familias que se acercaban.
Después de ese mes y medio de caos, se aprobó el presupuesto, el gobierno reabrió y las tarjetas de ayuda alimentaria volvieron a cargarse. El sistema, en apariencia, se había normalizado, pero algo quedó expuesto. El cierre del gobierno que detuvo la financiación del programa dejó a muchos neoyorquinos con hambre, o con poco o nada para comer.
Aquellos que reciben el beneficio del programa alimentario SNAP no son sólo los desempleados (los inmigrantes “ilegales” ni siquiera califican para acceder a la ayuda estatal), sino también millones de trabajadores de bajos ingresos: empleados de limpieza, cuidadores, repartidores, empleados de restaurantes, trabajadores del aeropuerto, personas que cobran el salario mínimo o apenas un poco más y aun así necesitan una tarjeta de ayuda estatal para llegar a fin de mes. En Nueva York, al igual que en Buenos Aires, “bajos ingresos” puede significar trabajar a tiempo completo y aun así no llegar a fin de mes. El salario mínimo es de 16,50 dólares por hora, pero si vivís solo y ganás menos de 1.700 dólares al mes, podés calificar para asistencia alimentaria estatal. En la misma ciudad donde el alquiler promedio supera los 3.500 dólares y donde el precio de los alimentos aumentó más de un 30% en la última década, más del 40% de las familias no logra cubrir el costo semanal de la comida sin quedarse cortas en otra cosa.
En 2024, el 6% de los neoyorquinos experimentó inseguridad alimentaria severa, lo que equivale a casi 550.000 personas que a menudo se quedan sin comida o viven con la preocupación de que los alimentos se terminen antes de tener dinero para comprar más. El 14% declaró haber recurrido a un food pantry, es decir, cerca de un millón doscientas mil personas accedieron a esta forma de asistencia alimentaria. No son cifras del “tercer mundo”, son cifras de la capital financiera del mundo.
Ya sé que hablar de pobreza en Nueva York puede sonar ofensivo si se la compara con la de Latinoamérica. Y es cierto, la pobreza en otros lugares es más visible, más cruda, más obscena, pero hay que desarmar el mito de que en el corazón del capitalismo la abundancia es automática. El mito de que el mercado resuelve. El mito de que si trabajás, si te esforzás lo suficiente, alcanza.
En octubre pasado, durante 43 días caóticos, miles de familias vaciaron pantries “por las dudas”. No por especulación, sino por miedo a que la tarjeta no se recargara. Miedo a no poder llenar la heladera. Miedo a que una disputa política en Washington se tradujera en hambre en Queens.
Nueva York sigue siendo fascinante y sigue siendo la ciudad en la que podés pasear por el Central Park, comprarte una cartera en Louis Vuitton y a las tres de la mañana conseguir una Coca-Cola fría. Sin embargo, también es la ciudad donde millones de trabajadores dependen de que, el primer día del mes, una tarjeta de ayuda económica se active. Y donde un cierre administrativo puede convertirse, en cuestión de horas, en una crisis alimentaria silenciosa.