No somos todos lo mismo

Cristina Fernández ha pasado de ganar con el 52% de los votos a recluirse en la provincia de Buenos Aires, más precisamente en el Conurbano y más precisamente en Merlo, Moreno y La Matanza. Con semejante pérdida de poder, ¿por qué sigue teniendo centralidad en la política argentina?

Lanzó a sus fieles a resistir una condena que no existe: el fallo saldrá, con suerte, el año que viene; en caso de condena, será en suspenso porque habrá otras instancias; si se candidatea y gana, obtendrá fueros que la protegerán de toda acusación judicial. Entonces, ¿por qué entonces tanto escándalo?

Ocurre que Cristina siempre jugó a subir la apuesta con un as en la manga: «Si me acusan a mí, caen todos». Es lo que demostró hace unos días, al pedir que se investigara a Néstor Kirchner por los negociados con Héctor Magnetto y el Grupo Clarín. Fue el envío de una señal para propios y ajenos: «Si soy capaz de delatar a mi marido muerto, también soy capaz de delatar a mis adversarios vivos».

Esta carta que Cristina muestra y no juega, esta amenaza velada, sumada al control de ciertos resortes estatales, es lo que le provee atención mediática a pesar de haber perdido poder político. Convocar hoy a un 17 de octubre por Cristina, cuando se supone que la situación judicial requiere una rápida reacción de la militancia, nos muestra que necesitan al menos dos meses para ver si juntan una muchedumbre que le dé sentido al acto en las calles. Mientras tanto, militantes rentados por el Estado (que pueden hacer vigilias sin que peligre su trabajo) colman las estrechas callecitas de Recoleta y se apela con desesperación a la sensibilidad religiosa: el Cuervo Larroque declaró que la casa de Cristina se ha convertido en un «santuario».

Y es que la política comparte con el teatro algunas características: hay puesta en escena, buenos y malos actores, buenos y malos guiones… Cristina es una buena actriz interpretando un guión increíble: «No soy corrupta porque todos son corruptos».

La «causa de los cuadernos» nos enseña la trama de complicidades y negocios entre el empresariado (toda la burguesía parásita) y las distintas dependencias del Estado. Vemos cómo miles de millones de dólares son desviados, por ejemplo, de la obra pública a los bolsos y bolsillos de políticos y empresarios. Cuando el clima general es de bonanza económica, la mayoría de la población hace la vista gorda. Pero cuando el clima general es de ajuste, inflación y tarifazo sobre la clase trabajadora, la mirada cambia.

La creciente desigualdad social entre una enorme mayoría de la población bajo la línea de pobreza o a punto de caer, y una minoría que vive en Nordelta, Puerto Madero o Recoleta, totalmente alejada de los problemas reales de la población trabajadora, va transformando la vieja justificación del «Roban, pero hacen» en otra: «Roban y, encima, no hacen». Basta con ver el estado de los hospitales, de las escuelas, del transporte público y de los problemas de vivienda, en contraste con cómo vive esa minoría millonaria, para entender el ascenso de una corriente «anti-casta» y «anti-corrupción», encarnada en las figuras de Javier Milei y Lilita Carrió.

Aquí nos preguntamos: ¿Por qué las banderas de la honestidad están en manos de la derecha, cuando fueron banderas históricamente de la izquierda? ¿Por qué algunos de los máximos dirigentes trotskistas salieron a respaldar a Cristina, cuando deberían denunciar la corrupción de todo el entramado entre empresarios y políticos de turno? ¿Por qué dejamos en manos de «la casta» las denuncias contra esa misma casta?

Como trabajadoras y trabajadores debemos diferenciarnos de empresarios y políticos corruptos e ineptos, que han conducido al país a esta situación de crisis económica, miseria social, degradación educativa y cultural. Una de las medidas que tomaremos si llegamos al gobierno será la formación de tribunales especiales contra la corrupción política, con trámite rápido y expropiación de los bienes de todos los condenados por corrupción.

No somos todos lo mismo. Ellos encubren la corrupción y viven de ella, a la vez que carecen de un plan de gobierno que beneficie al conjunto de la población trabajadora. Nosotras y nosotros vivimos de nuestro trabajo y tenemos un plan: ARGENTINA 2050. Sumá tu apoyo y desparasitemos al Estado.

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