El Aromo Tercera Época – N° 10 – 18 de Septiembre de 2026
Fabián Harari – Editor responsable
Hasta no hace mucho, ser socialista equivalía a ser señalado como “apátrida”. Una medalla que, lejos de ofendernos, la llevábamos con honor. Sobre todo, cuando la patria nos exigía abrazarnos con nuestros explotadores o, peor aún, arriesgar lo único que nos dejan (nuestra vida) para salir a matar obreros, solo porque habían nacido del otro lado de algo que llamaban “frontera” y sin otro objetivo que defender los negocios de un puñado de ricos.
Esa acusación denuncia el desprecio por la defensa de la nación y, por lo tanto, de la vida en el país, las costumbres y por el “ser nacional” profundo y sus “anhelos”. Atributos que tiene todo buen nacionalista. Porque eso es lo que parece jugarse: el nacionalismo. Y, si uno no es nacionalista, no merece ser parte de la vida del país. La cuestión Malvinas, la Ley de Tierras, la Deuda Externa e incluso la estrategia para el desarrollo están teñidas por este problema.
Para entender estas cuestiones hay que distinguir dos palabras: nación y nacionalismo. Una nación no es un conjunto de personas unidas por un lenguaje, una cultura, un territorio, una historia, etc. Con ese criterio, hay nación en los grupos cazadores recolectores del paleolítico. Esa es una definición (muy superficial) de lo que es una sociedad humana. Una nación es un tipo de sociedad específica, que nace con las revoluciones burguesas, la consagración del ciudadano y la unificación jurídica y económica de un territorio. En concreto, con el capitalismo en determinado territorio. La nación, entonces, nace como un espacio de acumulación capitalista hegemonizado por una burguesía nacional particular.
El nacionalismo es la ideología que defiende los intereses de quienes lideran el fenómeno: la burguesía como clase dominante que controla ese espacio. Durante la revolución burguesa, se conforma como la expresión de la conciencia revolucionaria. Una vez en el poder, cambia su sentido. Puede ser muy represiva internamente, contra las clases que le quieran arrebatar la conducción, y puede buscar unificar a todos contra otras burguesías que quieran desplazarlas.
En el marco de un ciclo revolucionario a nivel mundial, la nación, en cualquiera de sus sentidos, se transforma en el arma del enemigo y en un obstáculo serio, no solo para la lucha, sino para la organización de una economía planificada global. En ausencia de tal ascenso general, y ante la carencia, ya no de movimientos, sino incluso de partidos revolucionarios importantes, cualquier revolución (llegue como llegue al poder) está obligada a trabajar inicialmente dentro de las fronteras nacionales. En ese sentido, toma (y defiende) ciertos elementos del hecho nacional: la vida dentro de las fronteras, el desarrollo en ese espacio específico y la competencia con otras economías nacionales. Otros, evidentemente, no (la hegemonía burguesa). Esa es la gran diferencia con el nacionalismo.
El asunto Milei y las Malvinas ejemplifica muy bien el problema. Esas islas no tienen, en principio, ninguna importancia económica. Si todo sale mejor de lo pensado, se podrá extraer petróleo por el 1% de todo Vaca Muerta. Toda la soja, más Vaca Muerta, más los minerales no alcanzan para sostener a una población de 45 millones de habitantes. El progresismo se opuso a la exploración off shore en la costa y ahora grita por el dinero que perdemos…
Ahora bien, basta que Milei diga que va a intentar recuperarlas para meterse en el bolsillo al peronismo y a la izquierda trotskista. A nadie le parece una aberración destinar cientos de millones de dólares en una base militar y en armamento que no va a servir para defender nada. Más aún, unos y otros le cuestionan no ir más a fondo. Ante todo, habría que llamarlos a que lean las noticias: Milei es más consecuente que Cristina, ya que está endureciendo las sanciones, va a proponer el juicio en ausencia y su fiscal Stornelli ya pidió 20 años de prisión. En segundo lugar, preguntarles qué quieren decir con ser “consecuentes”. ¿Proponen una aventura militar? ¿Cómo piensan recuperar las islas? ¿Cuál es el plan? Por supuesto, no tienen ninguno.
Así opera el nacionalismo. Por un lado, empresarios que no quieren quedarse afuera de ningún negocio. Por el otro, la subordinación del conjunto de los problemas que está causando el histórico ajuste sobre la clase obrera a la cuestión de una usurpación británica. En lugar de presupuesto para las rutas, para la infraestructura, para desarrollar industrias de punta, plata para una base naval, que no va a resolver nada, y para organismos de represión interna. Igual que el progresismo, los libertarios no saben qué hacer con el país.
No obstante, es cierto que en el Atlántico Sur se juega una batalla muy importante de la hegemonía mundial: la de los pasos interoceánicos (el Ártico y el Estrecho de Magallanes). Sobre todo, ante los límites del Canal de Panamá. Argentina y Chile van a ser objeto de una disputa ente EE.UU. y China. Tal como está la Argentina, es candidata a ser objeto y títere de esas disputas. Un país agro-petrolero, sin tradición de producción militar, no tiene capacidad de imponer condiciones. Es la gran diferencia entre una política nacionalista y una que privilegia el aspecto vital del hecho nacional.
Nuestro país no necesita ni a Malvinas ni bases militares, en este momento. Necesita desarrollo industrial y bienestar social. Ahí es donde hay que poner la plata. Un país desarrollado puede discutir de otra forma y evitar dejarse arrastrar. ¿Quiénes son, entonces, los verdaderos enemigos de la Argentina? Los que la condenan a la miseria y a la desaparición: su propia clase dominante, sus empresarios. Su propia burguesía, la que nos lleva a una vida miserable y amenaza disolver la vida social en el país. Aunque sea una banalidad, déjenme soñar con estadios enteros cantando “El que no salta, es un burgués…”.

1 comentario en “Los enemigos del país”
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