El aromo – Tercera Época – N° 13 – 2 de noviembre de 2026
Fabián Harari
Editor Responsable
No corren buenos tiempos para eso que denominamos “La internacional del terror”. A la derrota electoral de Flavio Bolsonaro, se suman el retroceso de Netanyahu y el (probable) de Trump. En Europa, las movilizaciones contra Meloni y, en Argentina, la caída de popularidad de Milei, asociada al fracaso de su plan. Un duro revés para una serie de experiencias, cuyo mayor atributo había sido la presentación de un personal político “outsider” y, su mayor insumo, el hartazgo generalizado. Eso no quiere decir que hayan pasado a mejor vida, sino que han perdido su lozanía y ese impulso inaugural. Por lo tanto, necesariamente, deberán reformularse o ser reemplazadas por una nueva oleadada.
En el caso de Brasil, hemos tenido que soportar que medios de un lado y del otro hablaran del triunfo de la “izquierda”, al referirse a Lula. Se trata de una izquierda muy curiosa, que lleva como vicepresidente a un ex miembro y simpatizante del Opus Dei, además de promotor de las políticas de ajuste de los ’90, como Geraldo Alkmin. Estamos ante la reelección de un gobierno que no solo no eliminó el hambre, ni la miseria de su país, sino que impuso el ajuste fiscal más importante de la historia local. ¿Cómo ganó? Tirando 58.000 millones en promesas para encubrir los efectos de la propia crisis social que su mismo gobierno provocó. Para los Bolsonaro, fue una derrota muy dura, pero ajustada. El final, con un Tribunal Superior actuando a pedir de Lula y la vergonzosa fuga, muestra el fango en que se ha sumergido la política brasileña.
Israel es otro punto donde los aliados de Milei sufrieron un revés. Habiendo obtenido diez bancas menos que la última elección, la coalición liderada por Netanyahu no pudo formar gobierno. Hay allí un doble proceso. Por un lado, la descomposición del espacio liderado por el Likud, que derivó en el desprendimiento de dos grupos de derecha sionista laica (Avigdor Liberman y el propio Eisenkot) y el avance de partidos musulmanes o de izquierda (mal llamados “árabes”). Este segundo elemento constituye una novedad en el sistema político israelí. No porque estos partidos sean nuevos, sino por su histórica elección. En el futuro inmediato -si nadie puede formar gobierno y no se arma una unidad-, el Likud puede quedarse como gobierno provisional, hasta nuevas elecciones. Pero lo cierto es que estamos ante una fracción de la sociedad muy crítica con el manejo del Estado.
Fuera de las urnas, pero con grandes posibilidades de influir en ellas, en Europa, la calle arde. Francia, España, Bélgica, Italia y Albania asisten a multitudinarias manifestaciones en contra de los ajustes y de la degradación de la vida. Ya sea que se presenten como estudiantes, inquilinos, chalecos amarillos o desocupados, el contenido es el mismo: la lucha contra una política que quiere superar la crisis sobre las espaldas de la clase obrera. Anexado a este problema, está la propia crisis de la Unión Europea. Alemania no crece al ritmo que debería hacerlo un líder regional y tiene problemas para sustentar esa experiencia. A eso, se suma el encarecimiento de los combustibles producto de las dos guerras, la carrera por una fuerza militar propia y poderosa y la falta de apoyo de Trump. El gobierno de Meloni y el de Macron atraviesan una crisis, pero también el de Pedro Sánchez.
Lo importante, aquí, es el surgimiento de una corriente a la izquierda de los partidos tradicionales: la Francia Insumisa, el M1710 en Italia, el Movimiento por la Vivienda Digna es España, son expresiones de un descontento generalizado y de la apertura de un nuevo ciclo.
En todos estos casos, se trata de un tiro por elevación a Trump. Sea porque hay un rechazo a una alianza con el personaje, sea porque esas derrotas lo terminan afectando. Las crisis o derrotas de sus candidatos es algo que no solo envalentona a los críticos, sino de lo que también toma nota la propia burguesía norteamericana. Un líder mundial que se juega abiertamente por candidatos perdidosos no es una buena apuesta. Las elecciones de medio término seguramente no traerán buenas noticias para Donald. En este caso, como en los anteriores, también encontramos un movimiento que lleva al liderazgo de un personal por fuera del sistema tradicional. Esta vez, a la izquierda de lo conocido. En Michigan, el candidato demócrata a senador es Abdul El-Sayed, un musulman ligado a la corriente “socialista” de Sunders y Mamdani. Se trata de uno de los estados claves a la hora de definir el color del Congreso.
¿Cuál es la conclusión que puede sacarse de escenarios tan disímiles? La crisis de la ola llamada “ultraderechista”, que, en principio, ya no lleva a necesaria ni directamente al péndulo de la otra derecha, la “progresista”, sino que abre la posibilidad de algo diferente: una política que, por lo menos nominalmente, no teme llamarse “socialista”. Es decir, más allá de los representantes en cuestión, la población se está cansando de un menú poco variado, le está perdiendo el miedo a la izquierda real y está explorando la posibilidad de una política que piense en otra sociedad. Es una hendija la que se ha abierto. Y, claro, se puede cerrar más rápido de lo que pensamos. La oportunidad no se aprovecha simplemente movilizando más o con consignas inmediatas que expresen el hartazgo de forma más fidedigna (como expulsar a tal o cual gobierno), sino en ofrecer un horizonte claro, tangible y sobre el que se pueda empezar a trabajar en lo inmediato. El Socialismo no son aspiraciones virtuosas, sino soluciones efectivas.

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