Fabián Harari
Vía Socialista
Editor Responsable
La visita de Santiago Caputo a los EE.UU. condensa un conjunto de fenómenos que describen muy bien el clima político que está atravesando el país, y su lugar en el mundo. No fue solicitada por la Argentina, como siempre, sino que fue pedida por los EE.UU. Tampoco fue un encuentro programado. Fue un llamado de carácter “urgente”, que el equipo de gobierno se apresuró a satisfacer. No tuvo por objetivo firmar ningún tratado ni consolidar ninguna relación comercial en particular. Se trató, básicamente, de un pedido de informes por parte de la administración Trump, pero también por el corazón del Estado norteamericano. Es decir, el otrora “Mago del Kremlin”, viajó de apuro a Washington para dar explicaciones. ¿Qué quiere decir eso? Que hay algo que no anda bien.
Quien levantó el teléfono, para pedir por Santi Caputo, fue Reed Rubinstein, consejero legal del Secretario de Estado, Marco Rubio. Rubinstein fue quien se ocupó personalmente de sacar un fallo favorable a la Argentina por la causa YPF en los tribunales de Nueva York. Caputo se reunión con Rubinstein y Michel Jensen, asesor de Seguridad Nacional para América Latina. Pero también, y por separado, con Brian Mast, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes. Es decir, con un organismo bipartidario y no necesariamente ligado al presidente.
Lo curioso del asunto es que, para enterarse de qué sucede en Argentina y para presionar por la hidrovía contra las inversiones chinas, no hayan elegido a Karina o a algún Menem. Por el contrario, convocaron a quien está cada vez más lejos del poder (acaba de perder, por ejemplo, a su hombre en el control bicameral de la Secretaría de Inteligencia). Más aún, de alguien que no ostenta ningún cargo. Se trata, evidentemente, de un síntoma de desconfianza con el corazón de la administración, lo que puede verse en las preguntas más importantes que primaron en el encuentro: cuál es la fortaleza real del gobierno y qué pasaría con la relación entre ambos países si Milei dejaba el poder. El asesor argentino podría haber preguntado lo mismo para el caso inverso, pero se trata de un muchacho que sabe a quién prepotear y ante quién conviene mirar hacia el piso…
El caso es que las sospechas norteamericanas están bien fundadas. La caída de la popularidad tuvo una primera consecuencia palpable en la marcha universitaria. Milei pudo haber negociado el ajuste con los rectores, pero emblocó a todo el mundo en contra suyo. Estamos ante un gobierno que no consigue resultados económicos y, sin embargo, decide eludir alianzas elementales de cualquier gobiero burgués. La victoria en las elecciones legislativas se va diluyendo, en la medida en que sigue sin controlar el parlamento. La poca disposición a los acuerdos con los gobernadores refuerza ese escenario.
Su principal aliado político, el PRO, acaba de salir del bote y la repercusión en el gabinete fue ineludible. A la interna Karina-Santiago, se le suman los martillazos de Patricia Bullrich, que exige lo que sabe que no se puede presentar. Patricia no dijo nada en el caso ANDIS y $LIBRA. Ahora, con el gobierno en su mínimo de popularidad, sale a pedir explicaciones por Adorni. También es curioso: el monto de lo apropiado por el Jefe de Gabinete representaría una propina en el esquema que armaron, para Néstor y Cristina, De Vido, Cristóbal López, Lázaro Báez y siguen las firmas. “No saben ni robar”, diría Asís. Puede ser, pero el problema no es el monto ni el hecho, sino el humor social.
El descontento tiene que ver no solo con la persistente inflación y el avance sobre el corazón del empresariado argentino, sino también con la caída de ciertos mecanismos de contención ante el ajuste. En primer lugar, el aumento de la AUH y la Tarjeta Alimentaria, que subieron muy por encima de la inflación en los primeros meses del gobierno. Sin embargo, los aumentos de las tarifas y del transporte, entre los más importantes, licuaron esos beneficios en dos años. Los problemas alimentarios de las familias, la “carne de burro” y la compra “por fetas” son algunos de los síntomas de un drama social que se profundiza.
En segundo lugar, el agotamiento de las apps como contención (y depósito) de la desocupación. Cada vez hay que pedalear o manejar más para obtener la misma plata. La saturación de “prestadores” hace más difícil conseguir clientes, por lo que comienzan a alquilarse “cuentas buenas”, con antigüedad y buena reputación, que permite hacer subir al prestador en el “ranking” del algoritmo.
En tercero, el endeudamiento. No solo el del Estado nacional, sino, sobre todo, el de las familias para llegar a fin de mes. Tanto Mercado Pago, como Naranja X, informan una morosidad del 35%. Ese mecanismo que postergaba la quiebra, la termina volviendo más trágica.
Enfrentado con la burguesía industrial, con la clase obrera ocupada (privada y pública) y ahora desgastando su relación con el proletariado que le dio, parcialmente, su apoyo (la sobrepoblación relativa), su único sostén a nivel popular (más allá del empresariado “cordillerano”) es una oscilación entre la desconfianza y el repudio que provocan el peronismo y el macrismo. Un clima que puede aprovechar la izquierda, si tuviese mínimamente una propuesta de gobierno.
Pero hay otro elemento de ese viaje: el pedido por la hidrovía. Hay allí un elemento de discusión. Quien puede quedarse con esa arteria tan importante es un conglomerado belga, al que le sospechan vínculos con capitales chinos. El Estado norteamericano (más allá del grupo de Trump) presiona por un consorcio ligado a los EE.UU. Queda claro que es una maniobra que confiesa debilidad económica (y queda claro que no confían plenamente en Milei). No se trata solo de que, tal vez, el gobierno entregue la hidrovía a capitales menos eficientes, solo para mantener el financiamiento a un plan económico insolvente. Se trata de que un recurso tan estratégico geopolíticamente no puede rifarse por unos pesos, ni puede quedar bajo control privado o una potencia extranjera. Lo sabe un país como Irán, que puede defenderlo en un contexto mucho más complicado. En el caso de la hidrovía, como en la universidad, estamos ante un caso de ausencia de un plan de desarrollo nacional. Un proyecto viable sabe para qué le sirven una y otra. La primera, para ejercer un control del tráfico y estimular determinadas exportaciones e importaciones. La segunda, para ser la educación obligatoria de la población y constituirse en la usina de conocimiento y mano de obra calificada de un país que expande y desarrolla una economía de punta.