El Aromo, Tercera Época, N° 9, 1° quincena de septiembre de 2026
Fabián Harari
Editor Responsable
La exposición del presidente en la Escuela ORT constituye un fenómeno altamente revelador del estado de la sociedad argentina. No solo por el hecho de someter a adolescentes a un discurso soez, lleno de ignorancia e incoherencias, y al desborde psíquico de quien ostenta la máxima autoridad política del país, lo que ya es grave, sino porque se trata de una constante que no tiene consecuencia alguna. Las reiteradas amenazas e insultos a los periodistas y a todos aquellos que comparten una voluntad “izquierdista” debería ser, como mínimo, causal de juicio político e interpelación del Congreso. Sus brotes y su evidente estado de salud mental ya hubieran provocado la convocatoria a una junta médica, a fin de salvaguardar la propia salud de los argentinos. Es evidente, entonces, que todo esto sucede con la completa complicidad del conjunto de la “casta” peronista y macrista, que incluye a todo el Estado, incluido el “partido judicial”, al que Cristina mandó a apoyar abierta y públicamente, especialmente en los pliegos de Yadarola y Bertuzzi. Lo que está desquiciado, en realidad, es el sistema político que nos rige.
Entre las barbaridades de un discurso incongruente, vale la pena detenerse en un aspecto: la alusión al Diablo y al Infierno. Como le pasa en Economía, en cuestiones de religión judía, a pesar de afirmar una y otra vez ser un experto, cada vez que habla, da vergüenza. El judaísmo no cree en el Infierno ni en el Diablo. No hay ningún lugar en el Antiguo Testamento que hable del tema. De hecho, en términos estrictos, no hay registro, de ningún tipo, en la Biblia ni en los tratados posteriores, de vida después de la muerte. Tampoco hay diablos ni espectros malignos: de allí el lugar central de la culpa.
La vida después de la muerte y la figura diabólica son rescates que hace la liturgia cristiana de las religiones orientales (de donde surge), pero se convierten en verdaderas instituciones a partir de la construcción de relaciones feudales. Antes, no tienen mucho sentido, porque los esclavos no tienen alma (son “instrumentos vocales”). En un sistema por el cual la única forma de obtener trabajo gratuito de otros seres humanos es mediante la violencia (eso es la servidumbre), una serie de torturas espantosas e ininterrumpidas es una amenaza tan efectiva como el caballo, la armadura y la espada del noble, así como el Cielo es la recompensa por la eternidad, frente a la cual algunas décadas de sufrimiento no parecen un elevado precio. Bajo el capitalismo, esa amenaza es innecesaria. Si el obrero no trabaja para otro, no vive. El infierno, por lo tanto, está ahí mismo, al alcance de la mano. No hay que imaginarlo. Toma una forma excesivamente prosaica y lo aterroriza diariamente: la miseria, el hambre, la muerte. El Diablo, en cambio, se recicla como figura, en la medida que toda clase dominante tiende a identificar los problemas como producto de agentes externos al propio funcionamiento de la sociedad: los inmigrantes, los comunistas, una mala cosecha, la caída de las bolsas, la guerra en el otro lado del mundo…
El caso es que, aun trabajando cada vez más y cobrando cada vez menos, aun alimentando las ganancias y aguantando la miseria, no podemos eludir ese infierno, ya no individual, sino social, y al que no caemos en forma abrupta ni llegamos tras un largo viaje, sino que va emergiendo, poco a poco, sobre nuestro paisaje cotidiano. Un proceso que solo se percibe si se reconstruye en el largo plazo. Especialmente, en Argentina.
Si empezamos por la actividad que más tiempo nos insume, el empleo, vemos una degradación brutal: inestabilidad, informalidad, precariedad. La formación técnica e intelectual, vital para una sociedad, no valen nada. El trabajo, ese acto vital, eso que nos convierte en seres humanos, se convierte en una penitencia degradante y, sobre todo, prácticamente inútil para su real propósito (otorgarnos una vida digna). La explosión de los “monotributistas” (en realidad, obreros informales), en el mediano plazo, se va a llevar puesto el sistema previsional y no tenemos garantizada la vida después de los 65 años.
Podemos seguir con la degradación de la Educación y la Salud. Sería redundante y en El Aromo van a encontrar análisis muy detallados de estos problemas. Sí es importante señalar una variable que expresa el acelerado proceso de descomposición social: el crecimiento del delito. En Argentina, en 1971, la tasa de delitos cada 100.000 habitantes era de 1.1130. Hoy, es alrededor de 4.000. Casi cuatro veces más. Habla de la descomposición de la vida social, de la incapacidad de resolver los conflictos en un marco humano.
Con todo, hay un elemento que resulta más significativo y marca un punto de llegada en la caída: la vida misma en un sentido puramente biológico. En los últimos diez años, en el país, los nacimientos cayeron a la mitad, siendo que la población aumentó en 5 millones de personas. La tasa de natalidad bruta cayó un 40%. La tasa de fertilidad (cantidad de hijos por mujer) bajó de 3,3 en 1980 a 2,3 en 2021, para pasar a un a 1,5 en 2025. Recordemos que, para garantizar la reproducción de la población (no el aumento), se necesita una tasa del 2,1. Es decir, hoy estaríamos decreciendo demográficamente. Lo único que opera como compensación es la inmigración. Es decir, la expulsión de países vecinos.
Así como los países limítrofes expulsan gente, el nuestro hace lo propio. Hay otro dato preocupante, en lo tocante a la vida misma: el dramático ascenso del índice de suicidios. Entre el 2000 y el 2022, la tasa de suicidios creció de 5,7 cada 100.000 habitantes a 7,8. Hoy es la principal causa de muerte de 15 a 24 y de 25 a 34 años. El 78%, varones.
Una mirada liberal, puede atribuirlo a la sumatoria de decisiones individuales. Una, algo más conservadora, a la influencia de la “libertad sexual” o de las “redes sociales”. Lo cierto es que no se trata de un fenómeno novedoso en la historia humana, que lo ha vivido sin una ni otras. Es el punto más alto (o bajo) de una crisis social. La crisis no es un hecho catastrófico: es una dinámica de funcionamiento. Esa dinámica no es siempre la misma y no deja las cosas como están. Lo que parece empezar por una crisis económica (o una sucesión de estas), va extendiéndose hacia una pauperización general, y en esa mecánica de eclosiones, espasmos de vitalidad y recaídas, la gangrena llega hasta la propia reproducción vital. En la Edad Media, luego de una notable expansión, el sistema entró en eclosión en el siglo XIV, donde las pestes y la miseria arrasaron millones de personas. Ahí es donde estamos nosotros. No porque, como en ese momento, las cosechas no alcancen, sino porque nuestros empresarios ya no pueden ganar dinero sin destruir al país.
El siglo XIX nos legó las revoluciones, un sistema que se expandió por el mundo, la creación de las naciones y la ciudadanía, con todas sus contradicciones. El siglo XX, la esperanza del Socialismo y, con esa amenaza, una vida de bienestar (por un tiempo) en occidente. Este siglo, comienza con la destrucción de todo eso y con la amenaza a la vida. Nuestro país está viviendo dramáticamente eso. Claro que no tiene por qué continuar así.
Frente a este proceso general, todas las discusiones entre el kirchnerismo, el macrismo y los libertarios se muestran como lo que son: mezquindades, tonterías. Ninguno hace referencia a este verdadero problema ni plantea un cambio de rumbo. Lo mismo puede decirse del trotskismo criollo: la Argentina está en un proceso de extinción y solo se preocupan por “frenar” a Milei, en el mejor de los casos, y de los puestos en una lista, en el peor. Son parte de la misma enfermedad.
La envergadura del problema exige una solución a esa altura. Es decir, un plan general, que reordene toda la sociedad, empezando por la economía, y cambie radicalmente el rumbo. Si se entiende el mensaje, se sabrá que no se trata de discutir tal o cual monto del salario o la renuncia de fulano…
