El catastrófico bucle político venezolano

El Aromo, Tercera Época, N° 9, 1° quincena de septiembre de 2026

Jesús Noel Hermoso Fernández

Colaborador

Venezuela está en punto muerto. Pareciera que la espera por las elecciones de medio término en Estados Unidos fuese el único plazo político en el país, lo que produce un nivel de desespero social que se traduce, como sucede generalmente, en frustración. Varias encuestas comienzan a identificarlo. Y en este tiempo muerto, se produce cualquier cantidad de inventos mágicos, soluciones innovadoras que se parecen más al ruido que hace un niño que se arrulla cuando está solo, para espantar el silencio, que a soluciones efectivamente posibles.

La cantidad de especulaciones colman las páginas, las redes, todos reclaman que su maniobra es más eficaz. Y entre tanto, la crisis venezolana se agrava, relegada por sus propios dirigentes a un tiempo ajeno a su interés y, peor aún, relegada también por sus propios ciudadanos. Y ese tiempo pareciera favorecer, por ahora y como regularmente sucede, a la perpetuación de un régimen al que, contradictoriamente, absolutamente todo le desfavorece, menos Donald Trump.

Parece distópico que, a pesar de la desconexión definitiva del chavismo madurista con la sociedad, aún tengan el poder político. Y la oposición reconocida, la que los medios favorecen arteramente evitando el nacimiento de nuevos liderazgos, en lugar de establecer el plan de avance de sus fuerzas, se divide cada vez más.

Esta división sucede principalmente hacia dos grandes bloques: quienes esperan -y esto supone inmovilismo- resultados buenos (¿o malos?) de la Mesa de Diálogo dirigida por Trump; y quienes representan a la oposición en esa negociación, cuyos tiempos y actos están atados a dictados externos. Se vuelve a repetir un forzado “equilibrio de fuerzas” entre quienes mandan y quienes se supone que quieren restituir la democracia en el país, no porque no haya condiciones para avanzar, sino porque ambas fuerzas han escogido el bucle de la negociación, cuyo fin es su comienzo y que lo único que negocia es tiempo.

Derrota repetida

El país ha entrado nuevamente en ese bucle. Y cada vez que los ciudadanos tienen una posibilidad de victoria bajo su propio esfuerzo, la disipan en una negociación. Y el liderazgo opositor generalmente repite la misma operación, pensando que su carisma es suficiente para imponer los cambios requeridos sin la participación real y directa de las fuerzas populares y de la sociedad. Anclados en la idea de que los cambios son el resultado de sus conciliábulos y maniobrillas desde la tarima y no de la acción popular que las acompaña.

De hecho, en crisis anteriores la frustración social en cada derrota trasladó su fe a nuevas figuras políticas. Así, vimos emerger liderazgos como los de Henrique Capriles, Leopoldo López y otros intentos menores, como apuestas incondicionales para sacar al chavismo del poder. Sin embargo, y en última instancia, todas estas apuestas, transfiguradas en derrotas, regresaron siempre al punto inicial y maniataron la fuerza de las masas a la esperanza falsificada de una representatividad que ha sido delegada, por la “gracia de Dios”, en individuos.

Hoy, el único liderazgo medianamente en pie es el de Maria Corina Machado (y Edmundo Gonzalez Urrutia como su encarnación constitucional). Pero trágicamente parecen haber abandonado la exigencia del restablecimiento de la Constitución mediante el reconocimiento innegociable de los resultados electorales de julio de 2024. Es decir, la única maniobra política que no es viveza, que no es invento de astucia y que tiene sustento constitucional, popular y de legitimidad. Peor aún, han rebajado su condicional político a la exigencia de nuevas elecciones, algo equivalente a renunciar a su propia fuerza y legitimidad a cambio de un “tal vez”.

No se trata de darle credibilidad a la campaña eterna de unos contra otros que, mediante todos los instrumentos y “estudios de opinión”, llegan a la conclusión de que este liderazgo (el de MCM) ha perdido su enganche popular y “es necesario renovarlo con otro”. Se trata de algo que debemos ver con objetividad. Las mayorías nacionales siguen esperanzadas en que se hará lo correcto, pero esto luce cada vez más esquivo. El bucle parece estar a las puertas del reinicio.

Es fácil sospechar que ya no se trata de caudillismo entronizado, sino de algo más. Presiento que estamos ante la incapacidad y/o inexistencia (tal vez por excesiva dispersión o por una suma negativa de egos) de una intelectualidad avezada; de una vanguardia ética y política en la sociedad venezolana.

Han desaparecido los referentes en todo sentido y los que hay, o renuncian pronto a su capacidad y talento en favor de su encierro individual; o se rebajan más y más para adaptarse a un entorno cada vez más degradado; o son fustigados por la mediocridad de buena parte de la dirigencia política, con el aderezo de una campaña increíblemente eficaz de plataformas mediáticas y de sus periodistas “convencidos”, dedicados a consolidar el mismo liderazgo y evitar otros, una y otra vez, también en un bucle infinito.

Por eso, las contrariedades son la constante en el país. Lo retorcido de los hechos hace que la previsión que pueda haber, con base en entendimientos simples, lógicos y tradicionales, sea inútil. En Venezuela, por ejemplo, se desarrolló una de las izquierdas más reaccionarias que pueda haber conocido Latinoamérica. Su régimen, autodeclarado socialista solo como engaño, inhabilitó todo el potencial revolucionario de la clase trabajadora y produjo una destrucción sin precedentes en la nación y en la sociedad.

Y como si se tratara de un chiste trágico, esa falsificación total de izquierda llamada chavismo, ahora se enfrenta a un liderazgo precariamente burgués, incluso proimperialista, que termina paradójicamente forzado a convertirse en mayor garantía de restitución de la soberanía nacional y popular que las casi extintas fuerzas revolucionarias, del progresismo y los trabajadores. Y como si se tratara de una burla macabra del destino, ese liderazgo político que tiene este fortuito capital, lo lanza al desprecio para no incomodar a sus tutores. Ni es comedia ni es tragedia. Es una catástrofe sin precedentes.

Romper la espiral

Por lo pronto, la única forma de romper el bucle quizás sea desentenderse del tiempo político impuesto. Apostar por el esfuerzo en la reconstrucción de una fuerza social más activa, menos contingente, más aguda. Así sea pequeña en sus inicios. Quizás, afianzar referentes colectivos sólidos a falta de más individuos lúcidos. No parece una tarea fácil y no lo es. Estamos demasiado adaptados a cambios rápidos, que por cierto nos han llevado 28 años de agonía.

Pero la reconstrucción de esa fuerza social requiere un compromiso humilde y franco de quienes compiten por ser esos nuevos referentes; que luchan salvajemente por aparecer como comodines del vacío, en lugar de ceder un poco en función de una reconstrucción colectiva de las fuerzas del pueblo.

Las encuestas parecen dar luces que muchos dirigentes no logran ver. Según Datincorp el 59% de los consultados asegura que ningún líder político lo representa y el 69% considera que el liderazgo actual “no sirve”. Otras encuestas asoman similares resultados. Es que el actual liderazgo ya no depende del carisma y de los esfuerzos de medios y campañas. Ahora, la capacidad de concretar victorias para esas mayorías, son el condicionante al escepticismo y el repudio.

¿Y por qué se mantiene impertérrito el liderazgo de MCM? Tal vez se desarrolla momentáneamente una suerte de pragmatismo existencial en las mayorías nacionales ante la sensación de fracaso rotundo de los referentes tradicionales. Quizás la gente sabe que la única certeza que le queda, es que ella desaloje del poder a la dictadura y los convoque a las calles, por fin, a conquistar la libertad.

Mientras vemos si ocurre eso, los trabajadores, los ciudadanos, los universitarios, jóvenes; los hombres y mujeres de bien, están forzados a dar una de las más grandes batallas: buscar romper el bucle interminable y reconstruir las fuerzas y bases de la República. Eso puede suceder si de parte de los más avanzados dirigentes y de las mentes más lúcidas y honestas, que las hay, se encuentra por fin en un hilo común de lucidez desde el cual halar.

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