El abismo

Fabián Harari – Editor Responsable

El Aromo – Tercera Época – N° 12 – 17 de octubre de 2026

El gobierno de Milei vive una gran paradoja, últimamente: mientras el presidente se la pasa haciendo acuerdos y recibiendo distinciones de mandatarios, empresarios y organismos internacionales, los números que esa misma gente decide son decepcionantes. El riesgo país sigue subiendo (y subió 20 puntos mientras Milei se floreaba apoyando a Trump) y, tanto el FMI, como el JP Morgan redujeron sus proyecciones de crecimiento al 2,1%, por debajo del regional. Más allá de las risas, los premios y los arrumacos, a todo el espectro financiero le queda claro que el plan económico libertario se reduce a un solo punto: la contención de la cotización del dólar. Es un plan de estabilización que no es tal, porque, incluso en sus propios términos, no “sincera” las variables más importantes de la economía. Ergo, es un plan que se reduce a “aguantar”, lo que requiere cada vez de mayores inyecciones de dólares, mayores incluso de los que le vienen ingresando. El combate contra la inflación, otra de sus obsesiones, se ha mostrado como un verdadero fracaso: luego de tres años, la inflación se mantiene en un 30% anual, la segunda mayor de la región (solo superada por Venezuela), sin ninguna perspectiva o tendencia al descenso.

En ese sentido, es pertinente preguntarse si vale la pena tener al presidente y al ministro de Economía de gira, mientras se desarrolla una crisis política en el seno del gobierno (como los rumores de reemplazo del ministro de Economía), se discute el presupuesto y se definen las estrategias de cara a las elecciones 2027. La respuesta podría ser doble: por un lado, un plan que no funciona obliga a buscar fondos permanentemente, sin financiamiento ni respaldo frente a los apremios económicos y fiscales, la discusión política pierde sentido (el episodio del oro va en ese sentido: se usó para pedir préstamos); por el otro, justamente, el tipo de discusiones políticas que se afrontan son demasiado importantes para someterlas al cambiante e impredecible humor presidencial y a su salud mental. Sobre este punto, no es extraño que se llegue a dudar de su candidatura o del lugar real que ocuparía en caso de un segundo mandato.

El hombre en cuestión anunció que posee una “bazuca” de dólares, para hacer frente a una corrida. Curioso, porque lo primero que está reconociendo es el descontento del sector al que pretendía seducir y lo segundo es que la economía no brinda los resortes necesarios para diluir, por sí misma, esa amenaza. Lo cierto es que, en un desordenado revoleo de cifras, no sabemos en qué consiste ni cuántos dólares realmente están disponibles para la operación. Lo que sí sabemos es que sigue en una gira internacional para obtener los fondos que dice que ya tiene.

El gobierno se jacta de tener un superávit fiscal y comercial, y los mejores términos de intercambio desde comienzos del siglo XX. Sobre el superávit fiscal, hay poco para decir: se logró destruyendo infraestructura, el sistema educativo y de salud y encareciendo los servicios básicos. Es decir, en términos estrictos, no hay superávit (ingresos menos egresos corrientes), sino simplemente liquidación de capital inicial. Con respecto al superávit comercial, ligado a los combustibles, vale hacer las siguientes aclaraciones. Primero, la exportación de petróleo coloca a la Argentina al nivel de Guyana, un país que no llega al millón de habitantes. A nadie se le ocurre que un país puede vivir de eso o que puede complementar eficientemente, a las exportaciones agrarias. Segundo, en el caso del gas, la producción tiene una serie de límites temporales y estructurales. Todavía no se terminaron las obras para distribuirlo ni se ha avanzado con la licuefacción. A todo esto, se agrega que la economía local no demanda una expansión tan importante de ese suministro, dado el escaso desarrollo industrial. Es decir, estamos ante una economía que no demanda gas y un estado que no puede colocar un caño.

Con todo, y suponiendo que nada de esto importase, esos números no contemplan la relación del superávit comercial con la economía real: ¿cuál es la capacidad de esos dólares de suplir las ineficiencias del resto de la economía argentina? ¿Puede ese volumen de dinero sostener la vida de la población? De acuerdo a los resultados visibles, ambas preguntas se responden negativamente. Y eso es lo que pone en duda la continuidad de este gobierno.

La gran batalla, la inminente, de este gobierno, es la eliminación (o suspensión) de las PASO. La caída de la intención de voto lleva a la necesidad de dividir a la oposición y evitarle mecanismos para dirimir las condiciones de unidad. El problema es que no hay homogeneidad en el gobierno frente a este problema. Los Menem creen que el precio sería demasiado alto: acordar con los gobernadores implica postergar, una vez más, un armado nacional de LLA. Claro, le avisan, sin reelección, todos esos problemas resultan eleáticos. Los mandatarios provinciales ya mostraron su poder de fuego al defender al DNU/70 (incluso Sáenz puso a la mitad de sus diputados en el recinto, mientras el jefe del bloque se sentaba y levantaba…). ¿La condición? Plata, y que no le armen listas violetas en sus provincias. Todavía no se ponen de acuerdo…

En la sesión por el DNU/70, la oposición mostró otro fracaso (más). ¿Por qué no puede aprovechar la crisis del gobierno? Por dos motivos. Primero, porque se encuentra provincializada. No hay un órgano nacional, ni menos un proyecto nacional. En ese sentido, la flexibilidad de Massa encaja mejor con ese escenario. Queda claro que, si hay PASO, Kicillof tendrá mayores oportunidades, en caso de movilizar CABA y el Conurbano. En cambio, en una disputa puramente interna, Massa se lleva las de ganar, apoyado seguramente por Máximo. En ese escenario, ¿cómo replanteará Bregman su relación con Cristina, si lo hace? ¿Buscara acercarse a Sergio? Problemas que tiene una fuerza que no puede desarrollar una independencia de clase.

Pero hay una razón más importante por la que la oposición no puede decir presente: no tienen un proyecto. La oposición burguesa se limita a un frente devaluacionista que, como Milei, tiene un único punto. Allí encontramos un arco que va de Domingo Cavallo hasta Grabois y de Hadad a Moreno, pasando por Álvarez Agis y Melconian. ¿Cómo desarrollar al país? ¿Qué van a hacer con la Educación y la Salud? Devaluación…Como en el discurso de Axel: no sabemos nada más…

El probable escenario M-M (Milei vs Massa), reciclando el balotaje de 2023, incrementaría mucho más fuertemente el abstencionismo.  Más aún si la candidatura del segundo surge de un contubernio inexplicable. Kicillof, por su parte, dispersaría el voto peronista. Hay un abismo entre la dirigencia política y la población. Hay un abismo entre la inminencia de un debate sobre el país y la falta de programas. Es decir, hay un espacio para cubrir. La experiencia internacional muestra que una propuesta socialista, por fuera del sistema tradicional, puede ascender rápidamente.

1 comentario en “El abismo”

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