Dejar el pasado atrás y olvidar todo

Las posibilidades electorales de Myriam Bregman y las tareas de la izquierda

Eduardo Sartelli

Vía Socialista

“Se cuelgan de…” (complete el lector), suele decir Moria Casán cuando la critican, dando a entender que los críticos solo buscan fama y que, por lo tanto, los ataques en realidad encubren una estrategia de auto-promoción. También vale para los elogios excesivos: gente que busca subirse al colectivo que lleva al futuro, aunque más no sea colgado del estribo. Algunos habitantes de las redes, esa fauna nueva que ha venido a añadirse a la tradicional periferia política que pulula en todos los partidos, simpatizantes del PTS o simplemente de Myriam Bregman, han comenzado a esgrimir argumentos como estos para ahuyentar un cierto ruido molesto: las intervenciones de aquellos que, viendo la posibilidad de que la candidatura de Bregman se transforme en un vector real de crecimiento y hasta una carta de triunfo de las perspectivas revolucionarias, creen llegado el momento de debatir con los compañeros del FITU una serie de cuestiones hasta ahora silenciadas, al estilo la zorra y las uvas, por las bajas performances electorales del frente. Esta primera reacción, alentada por la propia negativa de la “Rusa” y el “Chipy”, parece haber dado paso a otra, la de cierta esperanza en un “operativo clamor” que obligue al PTS a sacrificarse a un “electoralismo” que no compartirían, dada su ortodoxa perspectiva trotskista de “revolución desde abajo”. Pero, si el pueblo lo pide… Más allá de la honestidad política con la que se estén planteando el tema, lo relevante es la decisión que tomen, porque esa decisión no solo cambiará el escenario de la izquierda, sino que la enfrentan, si se toman en serio el asunto, a una serie de problemas formidables. Problemas a los que ningún revolucionario puede negarse a atender, colaborar y poner el cuerpo: no es de revolucionarios quedarse a un costado mientras los compañeros se juegan una patriada. Pero esos compañeros deben aceptar que lo que está por delante los supera, que necesitan el concurso de todas las fuerzas posibles y que deben abrirse a un debate franco y directo. No puede ser, como ya ha sucedido otras veces, que se nos invite a ser parte de una claque de aplaudidores, lo que está en juego amerita una actitud a la altura de las circunstancias. Por eso nos parece auspicioso que otros compañeros hayan seguido el debate abierto por nosotros y respondido, de mala gana, expeditivamente y fuera del marco más adecuado, por la dirección del PTS.

En efecto, una primera intervención de nuestra parte parece haber motorizado la respuesta inicial, al principio recogiendo un debate en X, luego como reacción a nuestra columna en Youtube. Lo cierto es que tras ella llegaron los pronunciamientos del colectivo de la editorial Huellas del Sur, entiendo conformado por los viejos participantes de experiencias como Cuadernos del Sur y la revista Herramienta y del MST, este último publicado directamente en las redes del PTS. Es, precisamente, esta última actitud la que nos parece insinúa un cambio en relación a la reacción original, ya sea porque constituye a Bregman en una especie de “ancho de espadas” en la disputa interna en el FITU y, por lo tanto, una carta ganadora a la hora de discutir candidaturas y posiciones en las listas, como porque la dirección del PTS haya caído en la cuenta, tarde, del valor de la mano que les ha tocado. Si es esto último, bienvenido sea, porque expresa una conciencia mucho menos mezquina que la ilusión de copar todos los cargos electorales en disputa y dejar afuera a sus compañeros de frente. Tal vez hayan empezado a darse cuenta de la posibilidad que se podría abrir en un futuro no lejano y comiencen a evaluar nuevas posiciones con respecto a “lo electoral” y la “lucha revolucionaria”. Cierto es que la actitud de mandarse solos para el acto del 1° de Mayo y las dificultades para formar listas unitarias en las recientes elecciones universitarias parecerían ponerle límites a esa “apertura”, algo que semeja un dejá vu de las épocas en lo que lo único que les interesaba era superar al PO y constituirse en el único y hegemónico partido trotskista de la Argentina. Se verá en lo porvenir qué trae el agua que baja por el cauce. Por ahora, nos limitamos a examinar esas demandas externas de un protagonismo más audaz, atizadas por el viento que trae consigo la creciente popularidad de la “compañera Myriam”. Examinamos en esta entrega, el documento producido en tal sentido por el colectivo mencionado, firmado por Aldo Casas, Ariel Petrucelli, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello.

El documento comienza analizando la situación política actual como marco de la exigencia que creen necesaria plantear a la dirección del PTS. A diferencia de nuestro planteo, que se afinca en un análisis mucho más amplio de la situación política mundial, las transformaciones en las estructuras sociales y sus consecuencias sobre el sistema político “occidental”, de las transformaciones en la estructura de clases argentina, etc., etc, el texto examinado deriva las posibilidades de la izquierda en esta coyuntura de la constatación del debilitamiento progresivo de la administración Milei. Por supuesto, lo que motiva la apelación a Bregman y los suyos es, además, la ausencia de otra alternativa en el campo de la burguesía, hecho que podría motivar una actitud distinta (recordemos que los autores llamaron a votar por Massa en su momento y no sabemos, entonces, cuál sería su posicionamiento si la estrella de Axel Kicillof se mantiene en alza). Por ahora, el documento expresa un entusiasmo tal vez exagerado por las perspectivas actuales del FITU. Esa exageración se manifiesta en el reconocimiento de un “mérito histórico” al PTS por algo que por ahora no es más que el resultado de algunas encuestas y en frases como esta:

“Hoy en día, sin embargo, tenemos la oportunidad absolutamente excepcional en la historia argentina de que un amplio segmento de la clase trabajadora comience a ver con simpatía una opción política (un gobierno revolucionario de trabajadores) que ha estado desterrada por décadas.”

Es discutible si esta situación es “absolutamente excepcional en la historia argentina” (piénsese en el anarquismo de principios de siglo, en el Partido Comunista de la década del ’30 o en el guevarismo de los ’70), aunque tal vez sea válida si nos limitamos al plano electoral. Lo que es cierto, por el contrario, es que no es lo mismo una simpatía electoral con una opción política por “un gobierno revolucionario de trabajadores”. No se trata de remarcar imprecisiones por sutilezas dogmáticas, sino advertir que confundir el verdadero contenido político de la coyuntura lleva malinterpretar la naturaleza real de la oportunidad política que se abre. Obviamente, que el documento lleve como idea central el que resulta imprescindible que las organizaciones revolucionarias de este país emitan señales muy claras de que “están decididas a tomar el poder del Estado, incluso por medios electorales”, nos resulta simpática. Sería absurdo que nos desdigamos ahora de algo que hemos venido diciendo desde hace años, cuando nadie preveía esta repentina emergencia de Myriam Bregman, ni remotamente. Pero no hay que confundir la popularidad de una figura con una tendencia revolucionaria en el seno de las masas. Si esta confusión es la que alienta la apelación del documento, está mal fundamentada, porque no hay nada que lo indique. Las encuestas electorales solo señalan la buena imagen de una candidata particular, ni siquiera de un partido. Mucho menos habla de perspectivas revolucionarias. Esto es muy importante, porque la aventura electoral en ciernes es válida, precisamente, porque no hay perspectivas revolucionarias, en el seno de las masas, que se manifiesten como suelen manifestarse en tales situaciones: lucha callejera, organización de instituciones que expresan un doble poder, toma del control de sindicatos, repulsión generalizada de la burocracia, etc. Si este fuera el caso, habría que hablar de otras cosas.

Esta diferencia política con el texto que examinamos se expresa precisamente aquí, en la manera en que se llega al poder tras una elección en la coyuntura en la que nos encontramos, es decir, en la que no hay ninguna tendencia revolucionaria, solo una crisis del sistema político que puede permitir a un grupo audaz colarse por las grietas que generan las contradicciones de la democracia burguesa. Porque de aquí se derivan las tareas que un gobierno socialista va a tener que enfrentar apenas terminada la elección, tareas gigantescas para las que ni por asomo se cuenta con el personal suficientemente calificado, y que no pueden quedar suspendidas mientras se desarrolla una nueva “fiesta de la imaginación” al estilo Mayo del ‘68. Una situación tal que hace que planteos como el siguiente se parezcan a festejos prematuros de herederos que ya dan por muerto al enfermo:

“Tomar el poder del Estado sólo dará buenos frutos si es el paso inicial para una transformación radical del propio Estado y de las relaciones de producción que estructuran la sociedad. En tal sentido, el programa de un gobierno de los trabajadores que no se contente con administrar el capitalismo (lo que hoy por hoy es, sin más, administrar la miseria y la alienación) debe incluir medidas elementales de soberanía, como el no pago de la deuda externa, el control de la banca y del comercio exterior, la derogación de las leyes de Milei sobre inversión extranjera, la de actividades financieras, avanzar en la derogación del conjunto de leyes y decretos anti-obreros y antipopulares del actual gobierno y, por supuesto, desarrollar una oposición férrea a la guerra imperialista.”

Por empezar, en la medida en que tales propuestas no incluyen la propiedad de los medios de producción, en sentido estricto son “administrar la miseria y la alienación”. Otra vez, no se trata de una chicana, sino de una clarificación teórica: tales medidas no cambian la estructura de la sociedad, por un lado; producen un desbarajuste fatal del conjunto de la economía que probablemente terminen en una explosión hiperinflacionaria y en la caída del gobierno. Si estuviéramos en una situación revolucionaria, de una verdadera toma del poder y no simplemente de la conquista electoral del Poder Ejecutivo, podríamos discutirlo, pero no es el caso. No parece, entonces, que se tenga conciencia real de las características de la coyuntura y la aventura posible. Por otra parte, no teniendo “palenque donde rascarse”, es decir, un Estado obrero que pudiera ofrecerse como soporte de ciertas medidas de gravedad sustantiva, ni siquiera un conjunto de países viviendo alguna experiencia similar que podría actuar como frente internacional, la idea del no pago de la deuda desataría una oleada de embargos y sanciones que virtualmente paralizarían buena parte del comercio exterior. Otras medidas, como el control de la banca y el comercio exterior ya existen y lo aplican todos los gobiernos burgueses, incluido Milei. La derogación de las leyes sobre inversión extranjera provocaría más de un problema sin generar ninguna solución. Curiosamente, en lo que es más fácil, la “derogación del conjunto de leyes y decretos anti-obreros y anti-populares”, solo se pretende “avanzar”. La “oposición férrea a la guerra imperialista”, por supuesto, es una afirmación vacía.

El siguiente párrafo es más preocupante:

“También debe volver a colocar en el horizonte popular objetivos clásicos como la abolición del derecho de herencia sobre los medios de producción, la socialización de la tierra o la expropiación de los grandes capitales. Y parece imperioso introducir otros puntos menos clásicos, pero indispensables en el mundo actual, como la necesidad de avanzar en la agricultura ecológica, desarrollar una industria de bienes duraderos en contra de la obsolescencia programada, etc. Elaborar un esbozo de este programa, exponer al debate público diferentes opciones y posibilidades, podría ser una tarea gigantesca de politización de masas capaz de permitir salir a la clase trabajadora de la oscilación entre resistencia a la defensiva y opciones electorales impotentes. En Argentina existen condiciones como para que todo esto se discuta en las calles, las fábricas, las aulas y las plazas.”

A un gobierno que dudosamente tenga algo más que un Poder Ejecutivo asediado por el resto de los poderes del Estado, por la probable oposición activa de las Fuerzas Armadas, la indudable inquina del imperialismo yanqui y unas cuantas cosas más, se le pide algo imposible, como la “abolición del derecho de herencia” y la “socialización de la tierra” o “la expropiación de los grandes capitales”. Salvo que “volver a colocar en el horizonte” deba interpretarse como una simple declaración de principios sin consecuencia alguna, más que asustar más aún a una burguesía ya camino al pánico y confundir a la gente sobre los verdaderos objetivos del gobierno que acaba de votar. Peor lo que sigue, que se parece mucho a una estudiantina feliz de espaldas a los peligros y las posibilidades reales con los que se enfrentará el gobierno socialista hora a hora. Pareciera que no se entiende que la pregunta que los revolucionarios deben hacerse es: ¿podrá el gobierno socialista mantenerse en el poder? Volveremos más abajo sobre esta cuestión, pero queda claro ya que si se espera politizar a las masas (que ya están politizadas en torno a una agenda bien distinta, mucho más concreta e inmediata) con la “agricultura ecológica” y la lucha contra la “obsolescencia programada”, no se está en condiciones de entender la dinámica política que se desatará al día siguiente de ganar las elecciones, no digamos ya el día después de la asunción del gobierno.

Curiosamente, mientras los autores del documento llaman a “aceptar el desafío”, señalan que hay que

“Debatir abiertamente las formas institucionales de una democracia socialista, al igual que las formas específicas de una planificación económica socialista, ayudaría a la politización popular y abriría nuevos horizontes que pueden estar al alcance si todas las fuerzas de izquierda, con el FITU en el lugar central, nos ponemos a la tarea.”

No se trata de debatir “las formas institucionales” de algo que no existe, sino de gobernar, durante mucho tiempo, en el contexto de lo real: la democracia burguesa. Por eso, llama la atención que reprochen al FITU que “es indudable que un acierto del FITU de conjunto ha sido plantarse con mucha firmeza en la vereda opuesta de este gobierno y de los anteriores. De lo que se trata ahora es de saber construir y presentar una propuesta propia con más carnadura que un puñado de consignas.” Porque el documento donde esto se reclama, carece de toda carnadura. No hay ninguna idea concreta de qué hacer, salvo vaguedades y despropósitos mientras se incendia Roma. De hecho, se confiesa que, de lo que importa, lo que habrá que hacer inmediatamente, no se tiene idea:

“¿Cómo pasar de un gobierno de izquierda que ganó las elecciones a un nuevo marco instituyente? Nadie tiene la respuesta. Pero el FITU está en condiciones de lanzar el desafío y encabezar la marcha. Es necesario llamar a formar equipos de trabajo sobre distintos temas. Convocar a trabajar a gente que no piensa necesariamente igual que los marxistas, pero que puede simpatizar con la candidatura de Myriam Bregman. Podemos discutir públicamente todos los grandes temas -agronegocio, minería, energía, bancos, educación, vivienda, transporte, salud, política exterior, modelo industrial, IA, género, medios de comunicación, etc.- y hacerlo sin el chaleco de fuerza del respeto a la propiedad privada capitalista y el imperativo del lucro privado.”

Uno estaría tentado a decir que esto, que llama a lo concreto, se da de patadas con todo lo anterior, porque, en última instancia, supone que hay un hiato que sortear entre “un gobierno que ganó las elecciones” y el “nuevo marco instituyente”. Si hay tal hiato, entonces, esta es la pregunta que hay que responder con el chaleco de fuerza del respeto a la propiedad privada precisamente porque no existe el dichoso “nuevo marco instituyente” sobre cuya forma y contenido se habla tanto en la primera parte del documento. Porque si ya tuviéramos ese marco (que supone ya la expropiación de la propiedad privada), no habría tal hiato y no estaríamos discutiendo cómo pasar por un puente que ya se dejó atrás. Si, por el contrario, como todo parece indicar, ese puente está por delante, es decir, si todavía domina la propiedad privada, la discusión debe darse en ese contexto: ¿cómo pasamos de la gestión de la propiedad privada, que el gobierno socialista deberá encarar con energía y eficiencia, a la construcción de un aparato productivo socialista que sea, al mismo tiempo, la base social con la cual se pasará ese puente? Dicho en criollo: la idea de que el gobierno socialista, en este contexto nacional e internacional, podrá desentenderse de la suerte del capital privado es un presupuesto absurdo que solo se le ocurre a quien no está haciendo seriamente un análisis concreto de la situación concreta. Precisamente por esto, el documento exhibe un conjunto de ideas que impiden que la izquierda logre postularse como una “opción creíble”.

Trotskistas, a las cosas…

En la situación actual, sin una revolución mundial en marcha, sin procesos similares al que vive Argentina en desarrollo, sin una insurrección revolucionaria en el horizonte, sin un Estado obrero que actúe como respaldo, sin un auge de la lucha de masas local, es decir, solo con la posibilidad de utilizar el descontento electoral como vehículo para colarse por las grietas del sistema político en crisis, la izquierda, el FITU, el PTS, Myriam Bregman, deben decidir si juegan o no. El tren de la historia no pasa todos los días y mal conducido, descarrila. Esa decisión debe ser inmediata, porque hay mucho por hacer, para ganar las elecciones y para gobernar después. Es en este camino novedoso que los compañeros deberán abandonar todo lo que han aprendido. 

La situación es inédita en un más de un sentido: por la coyuntura internacional, por la coyuntura nacional, por la ausencia de un movimiento socialista mundial, por el tipo de país en el que se plantea. Pero, más profundo aún, porque exige una estrategia radicalmente distinta de las conocidas: el guerrillerismo maoísta-guevarista y el insurreccionalismo bolchevique. Ambas probaron ser eficientes en los contextos en que nacieron. Tales contextos no existen hoy, ni en la Argentina ni en el mundo, lo que tiene consecuencias graves: nos deja frente a una forma del poder burgués, la democracia burguesa, a la que nunca hemos enfrentado con éxito, porque hasta ahora la revolución se ha producido siempre en escenarios atrasados. En sentido estricto, el socialismo nunca ha derrotado al capitalismo en su propio terreno, siempre ha tenido éxito en momentos de la transición capitalista, cuando todavía el feudalismo era si no dominante, sí una fuerza masiva y real. Es en este sentido que debiera de comprenderse con más inteligencia la experiencia de Allende en Chile, no para copiarla, lo cual es imposible (y no deseable, habida cuenta de su resultado), pero sí para entender que estamos en una situación parecida, una situación allendista: la posibilidad de conquistar el gobierno sin conquistar el poder. 

Si queremos evitar una nueva defraudación a las masas, mostrando a una izquierda que esquiva la posibilidad que se le presenta, o que la acepta sin una conciencia clara de lo que puede hacer en el mundo real y no en la fantasía, es necesario que comience ya el debate estratégico. Hay mucho por hacer. Y lo primero que hay que hacer es construir un programa de gobierno concreto, realista, alejado de fantasías utópicas y centrado en la respuesta a la pregunta que hacíamos más arriba: ¿cómo podrá el gobierno socialista mantenerse en el poder? En un nuevo documento por salir, damos una respuesta. Esperamos que sea debatida, con la intensidad y la pasión que el momento exige.

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