Crónicas de la Gran Manzana. Un socialista en Nueva York.

Carolina Vittor

Corresponsal en EE.UU.

“Como ha ocurrido tantas veces, la clase multimillonaria

ha intentado convencer a quienes ganan 30 dólares por

hora de que sus enemigos son quienes ganan 20 dólares

por hora. Quieren que la gente se enfrente entre sí para que

permanezcamos distraídos de la tarea de reconstruir un

sistema que lleva demasiado tiempo roto”

Zohran Mamdani

En las últimas elecciones a alcalde de la ciudad de Nueva York ocurrió algo que nunca me había pasado: voté al candidato ganador. Puede parecer un detalle menor, pero para alguien que sufraga desde octubre de 2001 —primero en la ciudad de Buenos Aires y, luego, en Estados Unidos— tenía algo de acontecimiento personal. No solo porque ganó el candidato al que voté, sino porque ganó alguien que, en la ciudad símbolo del capitalismo mundial, se animó a presentarse usando una palabra que durante décadas funcionó como un insulto político: socialismo. No sé si funcionará, pero por primera vez en mucho tiempo apareció una propuesta que, al menos, entusiasma, la de Zohran Mamdani.

¿Quién es Mamdani? Un legislador que se define como socialista democrático y que sin experiencia previa en gestión ganó las elecciones a alcalde de la ciudad más grande de los Estados Unidos. Nació en 1991, en Kampala, la capital de Uganda, y se mudó a Nueva York a los siete años. Antes de dedicarse a la política, trabajó como asesor en temas de vivienda, ayudando a familias de bajos ingresos de Queens, a evitar desalojos. Es miembro del Partido Demócrata y de la organización política Democratic Socialists of America. Además, es el primer alcalde musulmán y de origen indio en la historia de la ciudad de Nueva York. No es un dato menor: es un inmigrante que gobierna una ciudad construida y sostenida por inmigrantes, que además alberga la mayor comunidad judía del mundo fuera de Israel y donde la hostilidad hacia los musulmanes todavía conserva secuelas de los atentados del 11 de septiembre de 2001. En ese contexto, tanto su islamismo como su postura sobre Palestina se convirtieron en uno de los principales ejes de las críticas que recibe.

Una nota del diario New York Times lo presenta como el político de la “sonrisa omnipresente” detrás de la que se oculta un “operador despiadado”. Puede ser, pero también puede ser que se trate de un político pragmático y hábil, carismático y muy enérgico, que hace jugadas políticas muy calculadas sin temor a comprometer una pretendida “pureza ideológica”. Incluso, si eso implica halagar a figuras como Trump o apoyar a políticos más moderados, con el objetivo de conseguir recursos que sirvan para financiar o avanzar con sus propuestas.

Sin embargo, su biografía y personalidad política no alcanzan para explicar por sí solas su victoria. Después de una campaña que marcó cifras récord de participación —recordemos que el voto no es obligatorio en Estados Unidos—, su triunfo estuvo acompañado por una movilización inédita de voluntarios que convirtió su candidatura en un fenómeno político. Pero ese fenómeno no puede explicarse solamente por la energía de la campaña o por el carisma del candidato. Mamdani ganó porque prometió enfrentar el problema que hoy atraviesa la vida cotidiana de millones de neoyorquinos: el costo de vivir en la ciudad. No hizo campaña hablando de grandes teorías económicas ni de cuestiones culturales. Habló de alquileres, de supermercados, de guarderías, de colectivos y de salarios. Habló de aquello que determina si un trabajador y su familia pueden seguir viviendo en Nueva York o tienen que irse. Ese diagnóstico no quedó solamente en la campaña, sino que también ordenó el primer discurso que dio como alcalde, en noviembre de 2025. No casualmente comenzó citando a Eugene Debs, un sindicalista revolucionario y el candidato presidencial socialista más votado de la historia de Estados Unidos (en 1912 obtuvo el 6% de los votos), cuando dijo que veía despuntar un mejor día para la humanidad y que la gente estaba despertando. En ese discurso, Mamdani se dirige a los millones de trabajadores precarizados que pueblan la ciudad:

“Dedos machucados por levantar cajas en un almacén, palmas encallecidas por los manubrios de las bicicletas de reparto, nudillos marcados por las quemaduras de la cocina: nunca se permitió que estas manos sostuvieran el poder. […] Esta noche, contra todo pronóstico, lo hemos conquistado. El futuro está en nuestras manos”.

Y marcó así el fin de una “dinastía política” de multimillonarios que gobernaron históricamente esta ciudad en favor de sus amigos, también multimillonarios, y el comienzo de un Estado eficiente que gobierne para y con los trabajadores. En este sentido, Trump aparece varias veces en su discurso, no como un rival circunstancial sino como un personaje que condensa todo aquello contra lo que Mamdani quiere gobernar: los magnates inmobiliarios, los multimillonarios que consiguen beneficios fiscales y los empresarios que prosperan sobre el debilitamiento de los sindicatos. La promesa es invertir esa ecuación: más controles sobre los propietarios, menos privilegios para las grandes fortunas y más poder para los trabajadores organizados. Mamdani intenta instalar una forma distinta de hacer política. No promete una revolución abstracta ni apela a consignas vacías. Habla de cuánto cuesta vivir. De cuánto cuesta alquilar. De cuánto cuesta criar un hijo. Y a partir de esos problemas cotidianos construye una idea de socialismo que deja de sonar como una palabra abstracta y problemática para convertirse en un plan muy concreto de gobierno. Apela a un discurso que le habla a la gente sin condescendencia, de forma clara y con una propuesta audaz de recuperar la ciudad y el poder para los trabajadores. Hay algo esperanzador en escuchar al político más importante de la ciudad más rica del país más poderoso del mundo invitar a los trabajadores a apropiarse de la política y recordarles que esta democracia también les pertenece. Mamdani no ganó porque Nueva York se haya convertido de repente en una ciudad socialista, ganó porque logró traducir una frustración concreta —la imposibilidad de vivir dignamente en una de las ciudades más caras del mundo— en una propuesta política.

Pero el atractivo de Mamdani no reside solamente en la potencia simbólica de su discurso. También radica en que traduce esa idea en un conjunto de políticas públicas muy concretas. Afrontar la crisis del costo de vida en Nueva York fue el corazón de su campaña política y es también el objetivo principal de su gobierno, por eso lleva adelante una serie de políticas públicas para reducir el costo de vida. El tema de la vivienda ocupa un lugar central en su gobierno: implementó una política de congelamiento de los alquileres de los departamentos sujetos al sistema estatal de control de alquileres, propuso construir viviendas públicas con alquileres accesibles y lanzar una ofensiva para proteger a los inquilinos reconociendo los sindicatos de inquilinos y sancionando a los propietarios que incumplan la ley. El cuidado infantil es otro de los grandes problemas de Nueva York. Tener hijos implica costos tan elevados que muchas familias terminan abandonando la ciudad. El impacto, naturalmente, depende de los ingresos: mientras que para una pareja profesional representa alrededor del 15 % de su salario, un hogar monoparental destina entre el 45 % y el 63 % de sus ingresos únicamente a pagar guarderías o niñeras mientras el padre o la madre trabaja. No es casual, entonces, que Mamdani haya convertido este tema en una de las banderas de su campaña y, posteriormente, de su gobierno, desarrollando un sistema universal y gratuito de guarderías. La misma lógica atraviesa el resto de sus propuestas: abrir supermercados de propiedad municipal para garantizar alimentos saludables a precios accesibles, ampliar los programas de comidas gratuitas hasta incluir a los estudiantes de las universidades públicas de la ciudad, crear un sistema de transporte público gratuito y aumentar los impuestos a los ricos, entre otras cosas.

Más allá de que estas propuestas logren implementarse o no, lo significativo es que plantean una discusión que durante mucho tiempo parecía cerrada en Estados Unidos: cuál debe ser el papel del Estado, cuando una ciudad tan rica como Nueva York deja afuera justamente a quienes la hacen funcionar. Mamdani no construyó su campaña alrededor de una promesa abstracta de transformación, sino alrededor de una pregunta muy básica: ¿quién tiene derecho a vivir en esta ciudad?

No sé si Nueva York será más accesible en los próximos años. No sé si Mamdani logrará convertir sus promesas en realidad. Pero su victoria ya dejó una pregunta abierta, que va mucho más allá de una elección municipal: ¿qué ocurre cuando incluso en el corazón del capitalismo la gente siente que el sistema dejó de funcionar para ellos? En Nueva York, una parte de los votantes respondió apostando por una propuesta que se define abiertamente socialista y que, durante décadas, parecía imposible.

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