Nueva York y la crisis habitacional
Por Carolina Vittor. Corresponsal en Nueva York
“Cuando uno se adentra gradualmente
en una situación extrema,
esta deja de parecer tan extrema.”
Lead Me Home
El invierno en Nueva York es largo, gris y frío —a veces gélido—, y todavía me cuesta acostumbrarme a que anochezca a las cuatro de la tarde. Sin embargo, ver nevar en la ciudad es muy pintoresco. Realmente, como en las películas, o incluso más lindo. Es un espectáculo hermoso para quien puede mirarlo desde la ventana, al calor de la calefacción de su casa. Que el gobierno de la ciudad declare un snow day, que cierren las escuelas, y poder salir a barrenar por el Central Park con un buen abrigo y botas de nieve, para después volver a tu casa a tomar un chocolate caliente, es un plan perfecto de invierno. Pero la belleza de ese paisaje nevado dura bastante poco. Pronto la nieve empieza a derretirse, la ciudad pierde su magia blanca y lo que queda es una mezcla de barro, basura aplastada, veredas imposibles de caminar y hielo que convierte cada pisada en el riesgo de darse un porrazo. Con cada tormenta de nieve, empiezan a circular también las noticias sobre accidentes de tránsito y sobre el colapso del transporte público, porque una ciudad con un sistema de trenes y subtes envejecido responde con fragilidad ante cualquier nevada.
Este último invierno en la ciudad fue particularmente helado: tuvimos una de las temporadas bajo cero más largas desde hacía décadas. Una ola de frío repentina llevó la sensación térmica por debajo de los veinte grados bajo cero durante varios días consecutivos. Los números de la temperatura en el celular parecían irreales. Ante la tormenta de nieve y la ola polar que la sucedió, la ciudad activó protocolos de emergencia que obligaban a no dejar a nadie sin refugio. Se habilitaron centros de acogida y micros calefaccionados, pero aun así muchas personas, por diversos motivos, terminaron durmiendo en veredas y parques.
Todos los años muere gente por hipotermia durante el invierno en Nueva York, pero este año la cantidad de personas sin hogar que murieron en la calle llegó a cifras alarmantes en muy poco tiempo. Se estima que en menos de un mes alrededor de 15 homeless —personas sin hogar— fueron encontrados en la calle literalmente muertos de frío. Esas muertes —las que aparecieron en las noticias— son la cara más extrema del problema, pero son apenas la punta de un fenómeno mucho más amplio, mucho más silencioso y, por eso mismo, más difícil de dimensionar.
Cuando hablamos de homeless, seguramente se nos viene a la cabeza una imagen que se limita a un grupo minoritario que suelen ser los adultos que vemos solos durmiendo en las calles, parques o estaciones de subte y que generalmente atraviesan episodios de psicosis activa o abuso de sustancias tóxicas. Sin embargo, la mayoría de las personas que en Nueva York no tienen hogar no padece de enfermedades mentales o adicciones, sino que son familias cuyos hijos asisten a la escuela pública y que viven en refugios de la ciudad, a veces temporalmente. Estos “sin hogar” encarnan un problema que es invisible, ya que quienes lo sufren no viven, ni duermen en la calle. Son trabajadores con los que viajamos en el colectivo, con los que nos cruzamos en el supermercado o que vemos limpiando en alguna oficina pública por un salario de miseria. Mucha gente hace enormes esfuerzos por preservar su dignidad y no terminar durmiendo en alguna estación de subte. Y esa frontera —la que separa a quienes todavía sostienen un alquiler de quienes ya dependen de un refugio— es mucho más frágil de lo que solemos creer.
El problema es que vivir en esta ciudad se ha vuelto cada vez más caro. Los costos de la vivienda y la comida no dejan de aumentar, mientras los salarios permanecen prácticamente estancados. Esto desemboca en que cada vez una proporción más grande de los habitantes de la ciudad sean pobres. Una estadística de 2024 muestra que más de 2,2 millones de neoyorquinos viven en la pobreza, es decir, cerca del 26% de la población.
Como nunca, los habitantes de esta ciudad están haciendo malabares para afrontar los aumentos de los alquileres, ya que gran parte del salario se va en pagar un lugar para vivir. Y no hace falta pertenecer a las capas más precarizadas para sentir el apriete: los alquileres promedio superan ampliamente lo que gana un trabajador medio, es decir que la clase entera está sintiendo esa presión. Una ciudad que se veía como la cuna de la diversidad y las oportunidades atraviesa, desde hace ya varios años, un fenómeno de gentrificación y desplazamiento que provoca que las familias trabajadoras estén siendo expulsadas de sus barrios por los desarrollos inmobiliarios de lujo y el aumento de los costos de vida.
En medio de alquileres disparados y una escasez creciente de oferta habitacional, la ciudad de Nueva York enfrenta una de las crisis de acceso a la vivienda más graves de su historia reciente. Algunos informes indican que, en los últimos años, la cantidad de personas sin hogar ha llegado a los niveles más altos desde la Gran Depresión de 1930. Y, como en años anteriores, los datos también muestran que la crisis golpea con más fuerza a las personas de menores ingresos. Cada noche, más de cien mil personas duermen en refugios de la ciudad, mientras muchas otras quedan fuera de las estadísticas: en la calle, en autos repletos de pertenencias, o viviendo de prestado. La falta de vivienda accesible para trabajadores de bajos ingresos es mucho más extensa de lo que se reconoce y es una de las principales causas de que muchas familias terminen viviendo en refugios de la ciudad.
Nueva York tiene políticas de vivienda pública a través de un organismo gubernamental que administra un sistema de alquileres subsidiados financiado con fondos públicos —municipales, estatales y federales— junto a programas de construcción de viviendas asequibles para trabajadores de ingresos bajos y medios. En la práctica, sin embargo, la ciudad no logra construir viviendas al ritmo necesario para una demanda que creció mucho más rápido que la oferta. En el caso específico de la vivienda pública, el problema se agrava aún más ya que gran parte de los edificios existentes están envejecidos y deteriorados, y el presupuesto no alcanza para mantenerlos y renovarlos al mismo tiempo que se expanden nuevas unidades.
En ese contexto, la idea de que la falta de vivienda es una situación excepcional empieza a desdibujarse. Ya no se trata de casos aislados, sino de un proceso que empuja, lenta pero constantemente, a cada vez más personas hacia el límite. “Cuando uno se adentra gradualmente en una situación extrema, esta deja de parecer tan extrema”, le dice una madre a una trabajadora social en Lead Me Home, un documental que sigue las vidas de personas en situación de calle en Estados Unidos. La mujer duerme junto a sus dos hijas en un auto estacionado en alguna ciudad de la costa oeste porque enfrentó una decisión imposible: comer o pagar el alquiler. La degradación rara vez llega de golpe; más bien avanza de a poco hasta que un día ya forma parte de lo normal. Y tan inquietante como la degradación misma son los mecanismos que la vuelven invisible.
