¿Cristina contraataca?

Fabián Harari

Vía Socialista

La dramática crisis actual puede resumirse en dos palabras con las que se machaca una y otra vez: gasoil y bonos en pesos. La primera, el síntoma de un agotamiento. A pesar de los aumentos de los productos agrarios, al país le faltan dólares para comprar algo tan esencial como la energía. Energía que no produce, que bien podría producir, pero no lo hace. No la produce y no la puede comprar tampoco, porque la economía no genera los dólares necesarios (es decir, no es lo suficientemente competitiva), pero también porque la ha venido regalando a los empresarios. A los subsidios inaugurados luego del 2002, hay que sumarle la sobrevaluación del peso, en algunos años, y el desdoblamiento cambiario, que es la estrella de esta administración. Mientras el peso que cobra cualquier mortal se pulveriza al punto de convertirse en papelitos para los hinchas brasileños, las empresas de energía y sus clientes operan con dólares “regalados”.

¿Regalar energía a las industrias es una medida equivocada? No necesariamente. Si ese estímulo inicial, esa pequeña “trampa” al mercado, permite a las empresas reestructurarse, aumentar su escala y volverse competitivas (es decir, ponerse a tono con la productividad mundial) ese subsidio se transforma en una inversión redituable al conjunto del sistema. Esos dólares puestos al principio se recuperan al final. Pero no es ese el caso. Acá, los subsidios no tienen por función estimular ni invertir, sino simplemente mantener con vida a empresas y ramas enteras atrasadas. Es como prestarle plata a un jugador o a un adicto. Por lo tanto, al final del camino, no hay más dólares, sino un agujero más grande. El desbarranco que provocó la suba del gas a partir de la guerra en Ucrania y el proceso inflacionario mundial muestran no sólo la anemia del capitalismo argentino, sino cuán frágil es la estructura que se había armado.

Si el gasoil es el síntoma de un problema de estructura, los bonos en pesos permiten entender su movimiento en el tiempo. Es un capítulo de la historia de las formas que encontraron los gobiernos para “tapar” el problema en las últimas décadas. Néstor y Cristina, con la renta de la soja (previa devaluación de Duhalde). Cuando esta comenzó a bajar, Cristina fue a pedir plata afuera (Club de Paris). Macri, como sabemos, profundizó esa estrategia y le sacó todo el jugo posible. Como no le alcanzó, empezó a pedir localmente (Leliqs), lo que se llama “deuda en pesos” (y que Cristina tanto subestimaba el año pasado). Alberto, también heredero, se encontró con un escenario similar. Sin crédito afuera, multiplicó los bonos en pesos hasta armar un verdadero festival y una verdadera bomba de tiempo.

Esos bonos empezaron como un instrumento para financiarse en pesos sin emitir y, con el aumento de la inflación, se fue pagando una tasa cada vez mayor. Sin embargo, la inflación desbocada obligó a utilizarlo para el fin opuesto: secar de pesos el mercado a corto plazo. Claro que ese agujero que relatamos más arriba, más el déficit fiscal, la devaluación, la inflación y la acelerada pérdida de reservas, llevó a que esos títulos se devalúen cada vez más y que se comprometa su renovación. Ante este panorama, el tesoro tuvo que empezar a rescatar esos bonos. ¿Cómo? Emitiendo. Ergo, de un instrumento para financiarse y/o retirar pesos, se transformó en una demanda de financiamiento, en una vía de mayor emisión y en un acelerador de la debacle del peso. En septiembre será el vencimiento más importante del año para un gobierno que tiene reservas líquidas negativas. Las opciones son un nuevo respaldo del conjunto de la burguesía con la expectativa de llegar a 2023, una negativa, con un derrumbe generalizado, una expropiación de los depósitos (plan Bonex) o una combinación de los tres.

Guzmán lo sabía, Cristina también. No hay forma de llegar a esta instancia con buenos números. Si depende de la economía, el resultado es un aplazo. Por eso, tal vez, el primero renunció. Pero no siempre esa es la única razón, sobre todo en movimientos de corto plazo. En medio de semejante crisis social, un dirigente que logre demostrar capacidad de liderazgo político en medio de la tormenta, puede conseguir el apoyo y la apuesta de su clase. Por eso, Cristina se lanzó al centro de la escena como no la habíamos visto en estos dos años y medio. Luego de una serie de conversaciones nacionales e internacionales, emblocó a gobernadores, intendentes y a la CGT. Sacó del medio a Kulfas y a Guzmán (ella misma lo confesó, cuando posteriormente dijo que ya “no iba a revolear a ningún ministro”). Le quitó todo el apoyo a Alberto (salvo el Evita) y terminó de marginar a Massa y su gente. Es cierto que Scioli y Batakis no son de su exclusivo riñón, pero fueron consensuados con ella frente a las opciones de sus contrincantes. Su plan “ajuste + platita” implica tratar de poner todo lo que haya que poner para garantizar el conurbano, sin que el país estalle y sin que Alberto renuncie. Es una apuesta difícil. Demasiadas variables muy endebles en juego. Su otra propuesta, el Salario Básico Universal, tiene más de elemento de centralización política que de asistencia. De acuerdo al proyecto, se eliminan las intermediaciones de las organizaciones sociales y todo queda en manos de la ANSES. Ergo, quien maneja esa caja, maneja todo. Es cierto que a los intendentes y a los gobernadores les elimina unos competidores en el territorio, pero también es cierto que los obliga a ocicar ante quien controla los fondos. El proyecto puede ser una apuesta a la centralización, pero también derivar en un desbarranco, ya que esto insume dos puntos del PBI en momentos en que el gobierno quiere evitar el descalabro. Por último, también es cierto que, de prosperar, Cristina tendrá el control de toda la ayuda social, pero si el peronismo pierde las elecciones, no solo ella sino todo el movimiento se va a quedar sin nada.

Hay dos motivos por el cual quien parecía repudiada por todo el aparato, se postula para liderarlo una vez más. El primero es el vacío político que ha generado la crisis, que permite que personajes como Milei (o incluso Macri) tengan su abril. A pesar de tener enfrente un gobierno groggy, la oposición no logra estructurarse ni tomar la iniciativa. El segundo es un elemento que no debe dejar de ponderarse en estos casos: su experiencia y arrojo político. Pocos están dispuestos a ocupar el centro de la escena. Ella sí, y estas cosas la burguesía las valora, porque proponer un ajuste no es cambiar variables en un Excel, es enfrentar un proceso de convulsión social. Poco a poco, ella parece postularse para ese lugar de “bestia negra” que pide Milei. Siempre fue la gran enemiga de la clase obrera y esta ocasión no será la excepción.

Si miramos el cuadro en función de los grandes problemas y las grandes soluciones, todo lo que presentamos acá es una comedia de enredos. Nadie sabe cómo sacar al país adelante y a ninguno le importa. Solamente piensan en sobrevivir y en ganar una elección que les va a entregar el gobierno de un país que no sabrán manejar. La crisis puede llevar a un estallido o sostenerse en una debacle insoportable. Incluso, la caída puede dar lugar a un rebote, pero para volver a caer. Ninguno de los problemas se va a solucionar con esta estructura. Volvamos al principio: solo una economía fuerte, que no requiera constantes y crecientes subsidios, que no tenga “agujeros” que tapar, puede evitar la pérdida de la moneda, el deterioro de los salarios, la desocupación y la degradación de la vida. Esa economía requiere un desarrollo que no se va a conseguir apelando a los empresarios parásitos. Será necesario que el Estado tome en sus manos la planificación y la centralización en las ramas más importantes y promisorias. Del festival de subsidios al festival del bienestar. Una economía socialista: fuerte y con todos adentro. Ese es el plan general. En este número, como en los anteriores, el lector va a encontrar adelantos concretos.


Publicado en El Aromo Nueva Época N° 3 – Julio 2022

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