Romina De Luca
Vía Socialista
El pasado 30 de junio, el gobierno nacional difundió los datos de las pruebas Aprender 2025. Ya en las primeras líneas de su comunicado expresaba una posición exitista: “la escuela primaria alcanzó los mejores resultados en Lengua de la última década”. Según el gobierno nacional, es la expresión de una política basada en la evidencia, la evaluación y el trabajo conjunto. Que gestiones anteriores tenían un desprecio por la evidencia nadie puede negarlo: “la calidad es muchas cosas”, dijeron los anteriores ministros de educación, cuando las pruebas evidenciaban la debacle de su política. No obstante, conviene revisar detenidamente el anuncio, los resultados y sacar las conclusiones pertinentes. Al hacerlo, la euforia oficial puede desvanecerse. Veamos.
Los números 2025
Antes de reponer el diagnóstico 2025, conviene precisar el contexto metodológico de unas pruebas que no pararon de modificase desde su origen. Un primer dato de contexto refiere al nivel de participación de estudiantes en 2025: desde 2016, se trata del mayor nivel de participación, que pasó del 70,8% al 84%. En ese recorrido, también contamos con pruebas censales y muestrales (durante la Pandemia). Otras variaciones encontramos en los Operativos Nacionales de Evaluación (ONE), que incluso contaban con otra escala de rendimiento (bajo, medio, alto). Inclusive entre las pruebas de 2010 y 2013 se realizó un escalamiento (otorgar puntajes a las pruebas anteriores) a los fines de que fueran comparables entre sí. A su vez, la frecuencia con la que se realizaron las pruebas desde su inicio, en 1994, varió: anuales, bienales, trienales. El mismo gobierno de Milei modificó la frecuencia alternando pruebas censales y muestrales. Los ítems evaluados también fueron cambiando: hasta 2013 no se evaluaba producción escrita en Lengua, por mencionar un ejemplo. También varió la cantidad de bloques de anclaje entre las pruebas, esto es, el porcentaje de ítems comunes que mantienen las pruebas entre sí -mismo texto y/o tipo de preguntas- pasó de un bloque a tres bloques entre 2021 y 2025. Esto último, si bien favorece la comparabilidad de los resultados, también facilita la práctica en las “acciones de sensibilización”, es decir, que las y los estudiantes practiquen previamente con los textos y preguntas que luego serán evaluados en el operativo en cuestión. A la hora de evaluar lecturas complejas también debe decirse que la menor cantidad de ítems de las pruebas se destinan a reflexionar y evaluar aspectos de los textos -lo que se asocia con rendimientos más altos. Por el contrario, tienen mayor peso los ítems destinados a extraer información e interpretar información sugerida. Finalmente, también es cierto que el rendimiento satisfactorio no parece -históricamente hablando- muy elevado: se trata de localizar información explícita mencionada una sola vez, reconocer los referentes de pronombres, inferir el significado de palabras de uso escolar/disciplinar y los recursos retóricos en textos no literarios.
Siendo esas las consideraciones, veamos los números. En 2025, el 23,1% de las y los estudiantes se encuentran en niveles básicos o debajo del básico en todo el país. No se trata de un número muy distinto del obtenido en 2018, con un menor nivel de participación (78,7% de estudiantes). En aquella oportunidad, el 24,7% de las y los estudiantes obtuvieron resultados básicos o debajo del básico en lengua. Incluso en aquella oportunidad, respecto de 2016, la mejora en lengua era de 8,5% también con un nivel de participación de estudiantes mayor en 2018 respecto de los años precedentes. Un loop respecto al macrismo.
También es cierto que los valores de mejoría 2025 no se encuentran tan lejanos de los alcanzados en la prueba muestral de 2022 cuando las y los estudiantes con rendimientos básicos o debajo del básico alcanzaban al 25,9%. Es cierto, se trata de 80.000 estudiantes que en 2025 mostraron mejores resultados. No es poco, pero requiere ubicarlo en su justa medida. Sin tanto aspaviento, pasaron los resultados de matemáticas, dónde el 45% de los estudiantes alcanzan resultados básicos o debajo del básico, cifra similar -aunque un poco más elevada- que la de 2016, 2018, 2021, 2022, aunque mejor respecto de 2023.
Al discriminar por tipo de gestión, tal como evidencian todas las pruebas -actual y anteriores-, el rendimiento es peor para esas casi tres cuartas partes que estudian en escuelas estatales. En ellas, para 2025, el 28,1% se ubica en rendimientos elementales para lengua y 51,5% en matemáticas. Un sesgo que también tiene un correlato de clase, medido en las pruebas como nivel socioeconómico. En efecto, para Lengua, casi 1 de cada 3 estudiantes de nivel socioeconómico bajo se ubica en los dos renglones más bajos del rendimiento (básico y debajo del básico), mientras que solo el 11,5% de los del nivel socioeconómico más alto se ubica en esa escala. En este punto, las brechas por tipo de gestión se reducen en los niveles socioeconómicos más altos, lo que permite pensar que el factor de mayor incidencia en el rendimiento no es el tipo de gestión -privada o estatal- sino la condición de clase. Tampoco se trata de un fenómeno nuevo al cuestionario 2025.
En Lengua, si tomamos el rendimiento por jurisdicciones, CABA, Córdoba, Chubut, Tierra del Fuego y Antártidas presentaron los mejores rendimientos mientras que Misiones, Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca y Chaco presentaron los peores resultados. Al compararlo con 2023, el informe oficial destaca que las brechas territoriales se mantuvieron. Un federalismo que reproduce las desigualdades existentes.
En dirección contraria a la reforma en ciernes
Cierto es que, al observar los resultados de 2025, se observa una mejora. Podemos discutir su magnitud y también establecer que no se trata del único momento de progreso en una tendencia que muestra que entre un cuarto y un tercio de las y los estudiantes al terminar la escuela primaria tienen dificultades lectoras serias hace varias décadas. Pero existen dos elementos que deben destacarse, porque nos muestran que la planificación central puede ser la clave para revertir estos resultados a los que parecemos acostumbrarnos. Más aún cuando el gobierno pretende avanzar en dirección contraria de prosperar la Ley de Libertad Educativa.
A la hora de explicar la mejora, el gobierno destacó los acuerdos y compromisos fijados en el Consejo Federal de Educación en torno al Plan Nacional de Alfabetización. Un compromiso que, con mayor o menor ímpetu, atraviesa a las 24 jurisdicciones del país, con monitoreo por parte de la Secretaría de Educación. Al revisar los planes jurisdiccionales, observamos que el grueso de las acciones se concentraron en el ciclo básico de la primaria, es decir en 1° a 3° grado, incluso en las que mejor rendimiento tuvieron. Existen jurisdicciones que presentaron planes más amplios, pero muchos, según el último monitoreo, se encontraban en desarrollo. Lo cierto es que, el éxito del Plan de Alfabetización podrá medirse, con mayor precisión, cuando se comparen los resultados de tercer grado obtenidos en 2024, el próximo año, cuando esas chicas y chicos lleguen a sexto. Recordemos que en esa evaluación el 15,8% de los estudiantes estuvieron debajo del rendimiento básico y otro 26,2% en el nivel básico. A su vez, el anexo metodológico reconocía cierta simplificación de la prueba respecto a su versión anterior de 2016, el cambio en la puntuación y en los objetivos. Solo en ese momento, tendremos la “historia completa” del Plan Nacional de Alfabetización. Pese a ello, sí puede decirse que se trata de la única acción planificada a escala central y provincial, que implicó continuar con la 5° hora, ahora destinada a alfabetización, ampliación de la jornada escolar y dotar de recursos humanos y físicos para las escuelas en un cuadro general de ajuste educativo. Todo ello nos da una pista de hacia dónde conviene caminar.
Más significativo resulta el caso de las Escuelas Alfa. El gobierno comunicó que, en esas escuelas, se redujeron las brechas respecto a las escuelas que no integran el programa y se alcanzó “la mayor diferencia frente a las escuelas, sin el programa, llegó a 17,6 puntos en el quintil más vulnerable”. No se trataría de un dato menor, porque estamos hablando de 6.686 escuelas primarias que recibieron un apoyo específico de materiales para lectura, acompañamiento y capacitación. Son el 32% de las primarias totales (20.435) y 34% de las que participaron del operativo Aprender (19.414). Si sacamos las conclusiones lógicas del caso, la planificación del Estado nacional central y el acompañamiento fueron claves para la mejora. Conviene preguntarse, entonces, cómo se producirá tal escenario si, de prosperar la nueva ley educativa, se pretende que cada escuela se organice con su comunidad a los fines de garantizar “su libertad” y gestionar sus recursos. También cómo se aspira a reducir las brechas entre las jurisdicciones, que las pruebas 2025 siguen mostrando con esplendor.
Así las cosas, la evidencia muestra una mejora para nada espectacular, mirada en términos de mediano plazo. Solo una leve mejora en un cuadro preocupante, que afecta a entre un cuarto y un tercio de las y los chicos de primaria. Una mejora muy modesta que, en tal caso, halla sus raíces en la planificación a escala central. Por eso, sacando las lecciones del caso es hora de dejar de pensar en un Ministerio/Secretaría de Educación sin escuelas y nacionalizar, de una vez, el sistema educativo. Un camino en dirección opuesta a donde pretende llevarnos el gobierno nacional. Conviene preguntarse: ¿usarán esta parte de la evidencia?
16 de julio de 2026
