Organizar el desamparo. Familias contra la degradación educativa

Romina De Luca

La crisis educativa brota y se manifiesta en cuanto indicador pongamos sobre la mesa. La Argentina supo sacar al país del analfabetismo en sesenta años entre fines del siglo XIX y mediados del XX. Hoy parece marchar en dirección inversa al calor de la degradación social. Lo hace pese a que el sistema educativo se alarga y amplia formalmente de la Ley Federal de Educación (1993) a la Ley de Educación Nacional (2006). Más horas, días y años en las escuelas para un proceso que fue y es vaciado de contenidos a cada paso. Y parece no importar. Peor, buscan convencer a millones de familias obreras que esta educación pobre y degradada es la única que merecen y la única a la que pueden aspirar.

Garantizar la permanencia (aunque no aprendan), promover (aunque ello no brote como resultado de la evaluación), integrar (aunque no se cuenten con recursos y personal adecuado para garantizar un proceso de inclusión real). ¿Cuándo decidimos que el resultado de una prueba era un estigma? ¿Con qué diagnóstico se decidió que para aprender a leer y escribir necesitábamos ya no uno o dos años sino toda la escuela secundaria? ¿Cuándo resolvimos que pelear contra la degradación educativa era de “derecha”?

Huérfanos. Sí, así se sienten cientos de miles de familias frente a esta crisis educativa. Los indicadores de esa crisis los perciben, de distinta manera, todos los días. Reaccionan de forma desarticulada y desorganizada frente al descontento que asume la forma de bronca, muchas veces, hay que decirlo, de manera equivocada, cargando contra la docencia y no contra quienes tienen la responsabilidad de todo este proceso: la clase social que maneja nuestros destinos.

Es hora de dar un paso al frente. Tenemos que organizar una salida. Partamos de un diagnóstico común y proyectemos qué necesitamos para salir de este atolladero. Te invitamos a sumarte a Familias contra la Degradación Educativa.

A continuación, presentamos una carta de una de las tantas madres, de las tantas familias indignadas por una educación que insume tiempo, esfuerzo, dinero (porque no pagar una cuota no significa que sea gratis y no solo por los impuestos) y que no redunde en una formación para sus hijos.

Para sumarte a nuestra convocatoria, escribinos a: familiascontraladegradacion@gmail.com

Carta de una madre de un alumno de 7° grado.
Mi hijo, como la mayoría de los niños de jardín despidió la sala de 5, escribiendo su nombre en unos palotes más o menos legibles. Hasta ahí todo bien. Fue en la primaria que empezaron los problemas. Para nuestra sorpresa como padres, durante los tres años subsiguientes no abandonó los palotes. 
Debíamos ser comprensivos, entender la pedagogía de los nuevos tiempos. Ahora, en el aprendizaje de la lecto-escritura se comienza por la imprenta mayúscula. Asumimos que no importaba qué se enseñaba primero (el orden de los factores…). Sin embargo, en la escuela entendían por “inicio” a los tres primeros grados. La cursiva nunca llegaba. Por nuestra cuenta empezamos a trabajar con cuadernillos de caligrafía para que nuestro hijo la aprendiera. Sin embargo, en la escuela seguía usando imprenta. “Mientras escriba no me importa qué letra use”, nos explicó su maestra de tercero. Cuatro años después y tras un año de pandemia en el que mi hijo realizó todos sus trabajos escolares en computadora, sin tocar una lapicera, la maestra nos dice ahora, que en secundario no se la van a pedir. En los primeros grados es muy pronto para pedir cursiva y en séptimo ya no tiene sentido. En cualquier momento no resulta “inclusivo” y nos miran como bichos raros por reclamarlo.
Este discurso de “inclusividad” en realidad es su contrario. Olvida que la cursiva es un requisito para rendir examen de ingreso en ciertos colegios secundarios públicos y que muchas empresas aun requieren una carta manuscrita para la selección de sus empleados. El uso de la cursiva en lugar de la imprenta mayúscula no es un capricho: favorece la comprensión de la unidad de la palabra y facilita la identificación de oraciones que quedan mejor representadas gráficamente por la diferencia entre la mayúscula y minúscula. No es extraño que un niño al que se le enseña tardíamente la cursiva luego tenga problema en estructurar su discurso escrito en oraciones claras. Como sea, mi hijo escribe en cursiva porque sus padres se la hemos enseñado en casa. Otros chicos no tienen esa suerte. 
La maestra de cuarto grado fue la única que trabajó la cursiva en el aula. Pero su tarea se vio interrumpida por períodos sin clases debido a problemas en la escuela y luego por la preparación de la jura de la bandera. A las autoridades les parecía más importante que niños que no sabían realmente leer, escribir, sumar o restar consagraran su tiempo a hacer guirnaldas con papel crepe a que avanzaran con los contenidos por el lapso no de un par de días o un par de semanas, sino un par de meses. Esa misma maestra nos dijo en reunión de padres que ella les iba a enseñar ortografía en clase, pero que no iba a aparecer en las carpetas porque la supervisora le tenía prohibido enseñar reglas de ortografía. 
Con matemáticas la misma cantinela. Ahora se enseña distinto para que los chicos aprendan el concepto de suma, resta, multiplicación y división. Explicar el concepto está fantástico, pero luego los chicos deben poder realizar las operaciones de una manera práctica y relativamente veloz. Después de 6 años de “descomponer” las operaciones, ahora de golpe en 7° finalmente aprenden a hacer las cuentas. Recién ahora les toman las tablas de multiplicar y hacen multiplicaciones y divisiones simples (que ni por asomo todo el grado maneja). 
Hasta ahora las fracciones han sido solo porciones de pizza y, si fuera por la escuela, mi hijo no sabría si quiera sumar fracciones de distinto denominador ( ya no hablemos de multiplicarlas o dividirlas). Mi hijo nunca ha medido un ángulo. Ya hace varios grados que le piden transportador y compás en marzo, pero termina el año sin estrenarlos.  
En geografía no ha aprendido nada. Una sola vez en 7 años le pidieron que escribiera el nombre de las provincias en un mapa, pero nunca le solicitaron que las estudiara. De historia solo sabe lo poco.
 que escriben como conmemoración en las fechas patrias, repitiendo una y otra vez el mismo contenido sin avanzar un ápice.  
No es una mera cuestión de recursos. Hay muchos que se malgastan. Por ejemplo, a la escuela ha llegado un libro de inglés para cada alumno. Pero, como el libro previsto para séptimo es muy avanzado para el nivel que alcanzaron, duerme en las estanterías de la escuela sin que puedan usarlo. Copian en el pizarrón los ejercicios que les da la maestra. Peor ocurre en el otro grado en el cual hace año y medio que no tienen docente de inglés designado. 
Yo defiendo la educación pública, por eso quiero que esto cambie.  Si estás de acuerdo, sumate a Familias contra la Degradación Educativa. 


Publicado en El Aromo Nueva Época N° 1 – Junio 2022

4 comentarios en “Organizar el desamparo. Familias contra la degradación educativa”

  1. Así es como llegan al secundario, y las directivas son en las escuelas enseñar cada vez menos para eso se instaló la profundización de la nes, para precarizar contenidos, el objetivo es claro: destruir la escuela pública laica y científica

    1. Y así también es como [los que tienen suerte y motivación] llegan al cbc y a los primeros años de carreras universitarias siendo analfabetos funcionales. Y través de as grietas de una masividad pseudoinclusiva, varios avanzan no pocos años… y al final, «como no lo vas a aprobar? Si ya llego hasta aca».
      Triste.

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