Es un sistema. ¿Por qué la Argentina dilapida su futuro cada día?

Eduardo Sartelli

En la última columna de Odisea Argentina, Carlos Pagni desarrolló, con su habitual claridad y riqueza de contenidos fácticos, una idea sobre la cual vale la pena profundizar el análisis. Pagni quiere advertir, luego de pasar lista a los desaciertos en torno al escandaloso tema del gasoducto, tanto en el campo oficialista como en el de la oposición, que estamos en manos de gente improvisada, con mala memoria y con un estatus ético un tanto extraño, por decirlo suavemente. Poco después, José Luis Espert cargó contra Techint, considerándola una “mancha” en un cuerpo, el de los empresarios argentinos, por lo general abnegado y dispuesto al sacrificio. Habida cuenta de la cantidad de empresas involucradas en espectáculos de este tipo, baste recordar la causa de los “cuadernos”, ese cuerpo tiene más manchas que un leopardo…

En efecto, como todos los liberales, Espert solo puede explicar las vicisitudes de la economía argentina como consecuencia de la inconducta moral. Que se trate de toda una “casta”, como dice su colega Milei, apuntando más a (algunos) políticos que a los empresarios que viven de esa fauna con la que los libertarios no tienen ningún pudor a la hora de armar lista, no cambia el asunto. Se trata de algo mucho más importante: se trata de un sistema. La Argentina está atrapada en un bucle que la lleva a repetir, permanentemente, la misma conducta frente a los mismos problemas, en una alternancia que es más ilusoria que real. O, lo que es lo mismo, que reproduce el sistema, a pesar de su aparente oposición.

La economía argentina está empantanada en un empate social autodestructivo. Habiendo alcanzado un desarrollo nada despreciable al impulso de un sector muy eficiente y, además, beneficiado por ventajas “naturales” (el sector agrario), nuestro país desplegó en su interior una sub-economía dependiente. Casi todas las actividades no agrarias carecen de la capacidad de competir a escala mundial. Luego, siguiendo la lógica de la economía de mercado, debieran desaparecer. Dado que eso que “debe desaparecer” no es otra cosa que la masa de vida a la que ese desarrollo dio lugar, difícilmente dicha masa lo acepte, así como así. El problema se agrava porque esos “que deben desaparecer” son la mayoría de la población. Alcanza, para darse cuenta, con revisar las cifras de los dependientes del PBI no agrario. En Argentina, el que tiene la llave de la economía argentina, el campo, no tiene la fuerza social necesaria para imponer sus intereses. Si fuera de otra manera, no existirían las retenciones.

Las fuerzas sociales que defienden las retenciones (el nombre actual de lo que en su momento se llamó de otra manera, desde el IAPI a todos los mecanismos para trasladar ingresos de un sector a otro) son económicamente inoperantes pero muy poderosas políticamente. Es una verdadera alianza mayoritaria que deja afuera, casi con exclusividad, al “campo”. Incluye a todas las empresas mercado internistas (nacionales o extranjeras) y a las fracciones sociales que dependen de ella. Subsidiariamente, depende de las retenciones también el Estado nacional y, a través de la co-participación, los provinciales. La clase política (de la que forman parte los libertarios, por supuesto), también. Esa es la razón por la cual ninguna alianza política que pretenda ser mayoritaria, puede eliminar las retenciones, no importa el discurso que enarbole.

Unificadas por esta circunstancia, las fracciones burguesas que dependen de las retenciones se dividen según tamaño y coyuntura, en dos grandes alianzas electorales, una de carácter “populista” y otra, “liberal”. Por lo general, suelen formar parte de la primera, las fracciones más débiles del capital local y las fracciones obreras más dependientes del Estado. Defienden su posición a través de un discurso aparentemente nacionalista y una práctica “intervencionista” en economía. Suele tomar al peronismo como “identidad” y tendía, hasta la llegada de Alfonsín, a ser imbatible. Desde Alfonsín a la fecha (y cada vez con más frecuencia), se alterna en el gobierno con la otra alianza, compuesta por fracciones de la burguesía más poderosa en todos los terrenos de la vida económica, y las capas de la llamada “clase media” asalariada y los obreros en blanco de la economía privada. El dibujo geográfico que describe bien a ambas, es la camiseta de Boca que se formó con el triunfo de Macri: arriba y abajo, azul, amarillo en el centro. Ambas alianzas coinciden en defender las retenciones, porque de ellas viven, lo sepan o no.

La secuencia de ambas alianzas describe la evolución de la coyuntura económica de un país que no crece. Mientras la economía agraria impulsa la acumulación con precios en alza o se reemplaza la renta agraria con endeudamiento, todas las fracciones reciben lo que necesitan y se instaura una hegemonía de mediano plazo (Menem, Néstor/Cristina). Una hegemonía ficticia, porque no está asentada en un crecimiento de la productividad del trabajo nacional, sino en un ingreso ocasional de recursos excepcionales. La etapa de expansión choca con el agotamiento del combustible que sostuvo un nivel de ingresos superior al que realmente puede sostener el país, fenómeno que asume la forma de sobrevaluación del peso. La inflación acompaña el proceso y determina su explosión. En el medio, los afectados por un peso sobrevaluado, por la inflación creciente, por las tendencias a la recesión, comienzan a abandonar la alianza mayoritaria y sumarse a la otra, que crece prometiendo liquidar las consecuencias de un ciclo económico asentado sobre la arena. Sin embargo, cuando llega al gobierno, no puede sino evitar el “ajuste” so pena de ser derrotado en las urnas (Macri), cuando no, directamente en la calle (De la Rua). Las fracciones que pedían estabilidad, ahora piden devaluación; las que demandaban subsidios, ahora piden austeridad. La labilidad de las pertenencias políticas, la facilidad con la que políticos y partidos pasan de posiciones “populistas” a “liberales”, demuestra lo poco que realmente los separa. Todos habitan un centro del que aborrecen, pero del que nadie saca los pies.

En medio de la debacle, surgen, a ambos lados, posiciones extremas (Del Caño/Cristina-Macri/Milei) que apuestan a tensar la cuerda y vacían la “ancha avenida del medio”. Pero a la hora de la verdad, los que cosechan son otros. Por mucho que Cristina hable, su gobierno se caracterizó por el aumento de la imposición generalizada a los obreros; por mucho que Macri hable, nunca ajustó seriamente el plantel estatal.

¿Por qué Cristina no estatiza todo? ¿Por qué Macri no ajusta hasta el final? Es decir, ¿por qué ninguno de los dos (o sus equivalentes históricos y futuros) rompe el equilibrio? Porque son caras de la misma moneda, inseparables e imprescindibles el uno para el otro. Las políticas del ajuste tienen un enorme costo social; luego, para que no explote todo por los aires, se necesita una etapa de “redistribución”, aunque sea más simbólica que real. La mano derecha necesita de la izquierda. Injustamente, Cristina, que como ella misma ha declarado, es capitalista y vacaciona en Disney, cuestiona a Macri, que lo único que hace es ordenar la economía que el populismo desordena. Injustamente, Macri, que como él mismo no se cansa de reconocer, quiere “paz social”, cuestiona a Cristina, que ordena la política que el liberalismo desordena. Injustamente, sus bases sociales, cuestionan a ambos, que no hacen otra cosa que tratar de cumplir con programas imposibles. Son las fracciones burguesas que ayer votaban contra el ajuste, las que hoy se quejan de la inflación y las tarifas. Son las fracciones burguesas que demandan un “capitalismo en serio” las que no perdonan su aparición pública en la causa de los cuadernos.

Esta situación dilemática simplemente expresa el agotamiento de una clase, la que dirige el país, de la cual, la “casta” política no es más que su expresión. La burguesía que opera en la Argentina es incapaz de desarrollar la economía nacional, una porque no le da el pinet (no se puede construir un país de cincuenta millones de habitantes con soja y vacas) y la otra porque vive de la primera. Si el “populismo” es la válvula de seguridad, el liberalismo es sangre, sudor y lágrimas para nada. Porque el problema no es más o menos salario, o más o menos empleados públicos. El problema es la productividad. Y productividad quiere decir tecnología. Y tecnología se conjuga con inversión. La acumulación de capital en Argentina está tan lejos del promedio mundial, la Argentina es tan chica (salvo Techint y alguna más, todas las empresas argentinas son “pymes” en el mercado mundial), que no hay inversión rentable a corto plazo que pueda salvar la brecha. Lo único que queda es la aparición de inversiones extranjeras para grandes proyectos atados a alguna ventaja “natural”, es decir, una nueva pampa húmeda. Por ejemplo, resultaría extraño que los procesos geológicos que crearon la Cordillera de los Andes, hayan amontonado voluntariamente todo el cobre de un solo lado. No se conoce que, ni el Estado, ni ninguna empresa o cámara sectorial haya ordenado una prospección detenida, detallada, minuciosa de las laderas que dan al Atlántico, a pesar de que con obtener algo así como la mitad de lo que produce Chile, tendríamos allí otra pampa. El escándalo del gasoducto revela algo más: que incluso cuando una nueva fuente de renta a gran escala puede venir, aunque sea a emparchar por un buen rato la economía argentina, la clase que nos gobierna y sus políticos no son capaces de resolver algo tan sencillo como ponerle la pajita a la gaseosa. Y, contra un gasto de dos o tres mil millones de dólares para décadas de usufructo, perder tres o cuatro veces esa cifra en importaciones de gas y petróleo en un solo año. Ni hablar de los que se pierden por las exportaciones que no salen, simplemente porque falta un “caño”. Inútiles es lo mínimo que se les puede decir.

Incapaz de competir a escala mundial, la clase parásita que nos gobierna no vive de darle más vida al cuerpo que parasita, sino de lo contrario. Por eso, cada licitación, es decir, cada negocio fácil, es objeto de disputas infinitas que dan como resultado que nada se hace, nada cambia, todo tiene sobreprecios, todo es un negociado. Se trata de un sistema: una estructura cancerosa. Solo una Vía Socialista puede salvar al país de una descomposición interminable.



Publicado en El Aromo Nueva Época N° 2 – Junio 2022

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