Editorial. Las máquinas piensan (y sienten)

Fabián Harari

Metidos en los vaivenes del escenario doméstico, perdemos de vista un fenómeno regional que puede darnos una clave importante. Se trata del triunfo de Gustavo Petro, en Colombia, que abrió, otra vez, el debate en los medios internacionales: ¿hay un nuevo mapa político en América Latina? Más exactamente: ¿hay un giro hacia la izquierda? El elenco “progresista” se completa con Gabriel Boric (Chile), Luis Arce (Bolivia) y Pedro Castillo (Perú). Un envión que pretende aprovechar Lula en Brasil.

Polemizar, como se hace en los medios, sobre la condición revolucionaria o siquiera de izquierda de estos personajes es quedarse en la superficie de las cosas. Por ejemplo, hay muy poco para discutir sobre el candidato de Pacto Histórico, que lleva partidos muy a la derecha y que piensa en ex funcionarios como Alejandro Gaviria o Rudolf Hommes para el ministerio de Economía; o en Catalina Botero, que pasaría de la gerencia de Facebook y del BID a Defensa. Pero así como sus discursos incendiarios no son síntoma de ningún movimiento transformador en marcha, las señales a los mercados y al statu-quo no significan que no esté pasando nada sustantivo. Si avanzamos hacia un nivel mayor de profundidad, vemos la caída de los partidos tradicionales, hecho que siempre expresa una crisis política. De alguna manera, parecen estar recorriendo el camino de la Argentina post 2001, que dio lugar a dos outsiders: Néstor y Mauricio.

Sin embargo, si fuese tan solo eso, el cimbronazo podría atravesarse creando nuevas estructuras. Es lo que se intentó aquí, con la reestructuración del peronismo y la aparición de Cambiemos/Juntos. En cambio, lo que vemos es que esas coaliciones, al llegar al poder, se desarman muy fácilmente: Castillo tiene un índice de desaprobación del 70% y puede enfrentar un juicio político, Arce y Evo están enfrentados a tal punto que el primero sospecha de un intento de golpe militar del segundo, Boric asumió hace poco y no muestra sino impotencia y continuidad. Eso, por no hablar de la división en el gobierno local y en la oposición, que presenciamos a diario. Un desbarranque que le permitió a un personaje como Milei tener sus minutos de gloria. Es decir, no se trata solo de una crisis de los partidos. Hay algo mucho más persistente, que acecha subterráneamente. Solo una crisis de enorme envergadura puede llevar, en Argentina, a un político devenido en comentarista, sin movimiento ni estructura, a la presidencia, y solo una crisis de ese tipo puede convertir a uno de los funcionarios más experimentados de los últimos 40 años en un verdadero inútil.

Para llegar a lo más importante, hay que mirar en las profundidades: detrás de esos líderes y detrás del fracaso de los partidos, está el descontento generalizado de la clase obrera con todo el personal político burgués. Más que un descontento, es una ruptura. Una ruptura de clase. Una que se manifiesta en la persistente apatía electoral o en el voto a personajes marginales (a izquierda y derecha). Una manifestación electoral que, en general, fue precedida por enormes movilizaciones en los últimos años (recordemos Chile, Perú y Colombia).

La ruptura se complementa con la impotencia del otro lado. La burguesía no puede conformar una dirección. Lo vemos aquí. No hay ningún dirigente, ni ningún candidato que logre acaudillar a su clase. No puede conformar una dirección de su clase porque no puede conformar una dirección estable de las sociedades que les toca dirigir. Y no pueden hacerlo porque no tienen un programa que se sostenga al menos a mediano plazo, salvo que medie un milagro (otra pampa húmeda) o la violencia y expulsión más extrema (Venezuela). Ahí está el principal problema. El discurso de Cristina muestra lo patético de todo esto. A la hora de proponer, exige una devaluación brutal (¿de qué otra forma va a terminar con el “festival de importaciones”?) y un Estado dedicado a subsidiar a las empresas ineficientes, usando como ejemplo el rescate de la Reserva Federal a las empresas norteamericanas en 2008 (para el caso, véase el artículo de Nicolás Villanova). Lo dijo en el mismo día que se conmemoraba a un revolucionario que, diez años antes de 1810, comenzó a presentar un plan para gobernar esa región llamada Río de la Plata, y cuyo proyecto construyó una sociedad nueva, que mostró un notable desarrollo durante 150 años.

Con todo, esta crisis de la que hablamos y esa ruptura tienen una particularidad única: su carácter definidamente político. Por formación, o por deformación, nos acostumbramos ver en la lucha obrera primero lo sindical y, luego, con dificultad, la política. Una clase que lucha, resiste, contra los embates al salario, a las condiciones laborales o de vida y pelea por planes, pero a la hora de la conducción general, vota a sus enemigos. En ese esquema, el avance se da en forma evolutiva. En cambio, lo que hay aquí es un proceso inverso: la clase descuida sus posiciones económicas, no construye grandes organizaciones sindicales o territoriales independientes, pero discute la conducción general. Esto no se opone al economicismo individual, sino que lo sucede: te voto por un bolsón, porque son todos iguales y no confío en nada de lo que me dicen. O sea, son mis enemigos.

La clase no presenta una propuesta propia, está claro, pero se niega, recurrentemente, aceptar las que se le ofrecen. Es decir, en forma de negación, la clase obrera está tratando de discutir más cómo organizar un país que el monto de su salario (lo que no quiere decir que no le importe). Por eso, hay más Petros, Borics, Castillos y menos Tosco, Salamanca o el Bloque Piquetero Nacional. No es la lógica a la que las escrituras nos acostumbraron, y este escenario confunde a más de uno, pero es lo que está pasando y, a menos que tomemos nota, vamos a seguir deambulando sin rumbo. Como dice el personaje de un gran escritor inglés: “Más cosas hay entre el cielo y la tierra que las que sueña tu filosofía”.

Por eso, no parece que el proyecto de Cristina de estatizar los planes, que significa disciplinar a todos los movimientos territoriales, vaya a resolver nada. Si bien continúa la tradición del fundador del movimiento y la de su marido de quitar y absorber la energía social en el Estado, no parece una medida eficiente. El problema no son los Beliboni ni los Pérsico, sino los Milei, es decir, el espacio estrictamente político que está vacío y que no pueden llenar.

¿Cómo una clase que ha visto degradadas todas sus condiciones, que perdió a sus sindicatos, que no pudo formar partidos de envergadura puede pensar y discutir políticamente? Parece un sinsentido si uno lo piensa como una planilla de Excel. Pero todas las planificaciones sobre cuántos punteros hacen falta, dónde reprimir, dónde poner “platita” y qué candidato poner no resuelven el problema, porque esa ruptura no es ocasional. La gente no es simplemente un número: piensa y siente. No siempre lo mismo y no siempre de acuerdo a sus intereses Pero estamos hablando de seres humanos, una especie que hasta el momento ha mostrado una notable capacidad para combatir contra la necesidad y ganar. Y de un tiempo para acá, hay un descontento identificado y una idea muy clara de lo que no se quiere. Esas ideas y esos sentimientos no pueden clausurarse tan fácilmente. Ahora bien, para que ese No sea un Sí, hay que trabajar. Hay que presentar un plan diferente y serio. En eso está Vía Socialista y en este número se pueden ver algunos anticipos.

El enorme potencial de esa clase sometida, de eso que es considerado una cosa, de convertirse en dirigente está plasmado (como sueño o pesadilla) en las producciones de Hollywood, que relataban las revoluciones más sorprendentes de los agentes más inesperados. A fines de los ‘60, fueron los monos en El planeta de los simios, que por alguna razón adquirían raciocinio y dominaban el mundo. A mí, de niño, me tocó ver Terminator a mediados de los ’80, pleno apogeo liberal, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher a la cabeza. Aún en esa época, el temor no mermaba y se reconocía que eso que parecía haberse subyugado, y hasta cosificado, podría levantarse algún día. Allí, la rebelión era más impensada aún: las máquinas, construidas y programadas para servir, se levantaban contra sus dueños y gobernaban la tierra. Es que, en el fondo, es así: somos el futuro. Hay que ir a tomarlo.


Publicado en El Aromo Nueva Época N° 2 – Junio 2022

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