Carta abierta a los «kirchneristas no kirchneristas»

El pedido de condena a Cristina, la derrota política de una esperanza y una Vía Socialista para reconstruirla

Por Eduardo Sartelli

Cristina ha sido sometida a proceso, pero no está condenada todavía. Por lo tanto, según la ley argentina, sigue siendo inocente hasta que se pruebe lo contrario. Esa «prueba» se perfecciona cuando la última instancia (la Corte Suprema) avale (o rechace) el proceso y sus resultados. A esta altura del partido, solo tenemos el pedido de condena de los fiscales, sus alegatos y las pruebas presentadas. El asunto, por más luz que pueda echar sobre innumerables facetas de la vida política y social argentina, esconde un problema mayor y mucho más importante: el del fracaso de una esperanza.

El 2001 inauguró un breve momento, un estallido de luz, de conocimiento social, de claridad sobre las relaciones sociales, de inusitada movilización política genuina y renovadora. El 2001 generó una esperanza social: la de una sociedad liberada de la opresión política vestida de «democracia»; la de una sociedad organizada en torno a esa noción vaga que, sin embargo, contiene, en el fondo, un deseo profundamente igualitario bajo la expresión de «justicia»; la de una sociedad donde el «nosotros» es más importante que el «yo y lo mío». El 2001 no desató una oleada de socialismo desenfrenado, ni instaló un sistema político socialista, ni destruyó ni modificó en sentido socialista la sociedad capitalista en la que vivimos. Fue una esperanza, un viento renovador que parecía anunciar que algo podía cambiar sustantivamente y, a juicio de los protagonistas, para mejor.

Esas esperanzas, en sus aspectos más progresistas y contestatarias, fueron cooptadas por la estructura política que se conoce como «kirchnerismo», cuya función fue el «desempoderamiento» de aquellos que habían construido poder por medio de la lucha y en la calle. Para ello procedió a construir una gigantesca red en la que capturó a las dirigencias espontáneamente surgidas del proceso insurreccional del Argentinazo, red que cubre, todavía hoy, todos los campos de la vida social en la que esa rebelión se produjo e incluso más allá. Una parte del personal político que constituyó esas dirigencias se plegó a esa cooptación por «amor»; otra, por conveniencia; otra, por confusión. Algunos se fueron a poco de que la experiencia mostrara sus miserias; otros, más tarde; otros se quedaron hasta el final, en parte, porque no se podían despegar de un espacio en el que ya habían comprometido su propia virtud.

Dejando de lado cualquier consideración acerca de los delitos que se le imputan, la principal deuda de Cristina para con esa esperanza usurpada no es esta situación legal en la que está, con o sin razón, metida, sino la promesa imposible de cumplir que pretendió ofrecer a cambio de poder político. Porque una sociedad «justa», es decir, igualitaria, supone la supresión de las relaciones capitalistas. No hay igualdad posible fundada sobre la base de la desigualdad económica asentada sobre la propiedad privada de los medios de producción y la regulación de la vida económica por el mercado. No hay posibilidad de un «nosotros» cuando la estructura misma de la sociedad empuja sistemáticamente a la ampliación de la desigualdad económica. La patria no puede ser «el otro», cuando hay algunos pocos que reinan sobre todos.

El kirchnerismo construyó un relato en el que la ausencia de transformaciones sustantivas en la base de la sociedad fue reemplazada con simbolismos profusamente propalados por una maquinaria propagandística sin igual. A ese derroche de ideología, se le sumaron un conjunto de migajas para minorías, a las que se llamó pomposamente «expansión de derechos». Eso fue todo, en el contexto en el que los problemas económicos del país no solo no fueron encarados creativamente, sino que fueron agravados con un grado de irresponsabilidad que demuestra que se participa de una estructura de intereses que destruyen el país, eso que se ha llamado «capitalismo de amigos» y que comparte con la oposición, en algunos casos, incluso hasta los mismos «amigos».

¿Son todos delincuentes los kirchneristas? Evidentemente no. Ni todos los funcionarios kirchneristas ni, mucho menos, las decenas de millones que han votado esas esperanzas. Como no son «fachos» los que se alinean en la oposición. Las grandes masas argentinas, proletarias en su inmensa mayoría, simplemente canalizan sus esperanzas a través de lo que pueden construir o de lo que pueden aprovechar de lo que construye su oponente para contenerlas.

Esas masas tienen ahora ante sí una disyuntiva: insistir en un fracaso o construir otra cosa. La insistencia en la persona de Cristina y del personal político que la acompaña, como si fuera ella o nada, no solo no corresponde a lo que realmente ha hecho con esas esperanzas, sino que supone la subordinación de objetivos sociales a un destino personal. «Primero la Patria», dijo alguien que la colocó persistentemente bajo sus intereses, no por eso sin dejar de enunciar una máxima política certera: antes que los dirigentes importa el movimiento. Mucho más cuando esos dirigentes y ese movimiento se esforzaron por acotar, restringir, limitar y boicotear la realización de esas esperanzas desatadas por la última insurrección política de la historia argentina.

En efecto, los kirchneristas que todavía resultan fieles a ellas, que creen que son aquello sustantivo que debe ser defendido incluso contra quienes se supone las encarnan, los que se sienten defraudados, no tanto por el fracaso como por la forma de ese fracaso, los que se dieron cuenta ya (y no necesitan de episodios judiciales para confirmarlo) de que detrás del discurso no había nada, ni una idea clara de nación, ni una estrategia económica coherente con la igualdad social, ni con la eficiencia necesaria para construir las bases materiales de una vida digna., es decir, los «kirchneristas-ya-no-kirchneristas», tienen que dar un paso al frente. Un paso al frente en defensa de esas esperanzas.

El «kirchnerismo kirchnerista», es decir, aquellos que no pueden despegar las esperanzas de la persona que las defraudó, es más, que no se dan cuenta de que el fracaso de las esperanzas del 2001 es un resultado provocado por la dirección kirchnerista hoy en bancarrota, va a buscar alguna salida interna. Se perfilan ya dos caminos: 1. vía Sergio Massa, la incorporación paulatina al consenso liberal en marcha, una menemización de facto; 2. una variante más o menos «resistente» a través de personajes secundarios que retengan alguna cuota de poder (Axel Kicillof es el candidato obvio). Por esta vía, lo que ya fracasó, va a volver a fracasar, porque la función política del kirchnerismo consiste en ese fracaso, en la contención de las fuerzas que produjeron el Argentinazo, no su despliegue.

El «kirchnerismo de la fotocopia» buscará, por su parte, algo que se le parezca, aunque esté fuera del kirchnerismo formal. Es decir, a aquellos que repiten más o menos el mismo discurso, tienen más o menos las mismas ideas y están tan vacíos de contenido como el original. Es decir, buscan una copia que reemplace el original caído en desgracia. Cualquiera puede darse cuenta de que lo que no funcionó en su mejor versión, no va a ofrecer mejores resultados sobre papel borroneado.

Hay, sin embargo, y a él nos queremos dirigir aquí, como ya dijimos, un «kirchnerismo no kirchnerista». Son los que creen que las esperanzas del 2001 necesitan un continente que las contenga más adecuadamente. Los que han aprendido que no es necesario inmolarlas en el altar de un líder o una lideresa. Que hay vida más allá de Cristina y del kirchnerismo mismo. Es decir, son los que se animan a pensar al revés, a dar marcha atrás, recapitular y reorganizarse sobre nuevas bases. A esos, les decimos que es posible una Argentina desarrollada, igualitaria, para todos los que la construyen con su trabajo todos los días. Pero para eso, hay que encontrar otro vehículo para transitar una vía nueva, una Vía Socialista, la que lleva al futuro y hace las esperanzas realidad.

3 comentarios en “Carta abierta a los «kirchneristas no kirchneristas»”

  1. El kirchnerista no kirchnerista puede ser ese que vio al kirchnerismo en su esplendor (durante la coyuntura favorable) y tuvo la ilusión óptica de verlo como creador del repunte post 2001.
    También el que vio al kirchnerismo como puente y no como meta; es decir, que cuando vio bajar el cuadro de videla creyó que se estaba recuperando algo de aquel espíritu de los 70’; el que idealizó a Néstor como el flaco de la JP, y a Cristina montonera; el que se entusiasmó con la épica del “alca al carajo”, la patria grande, etc.
    En sintesis, existen muchos que fueron seducidos por el relato, sin embargo, hoy ya vieron que no les sirve para explicar la realidad. Entonces, están en condiciones de desechar el paradigma de la “grieta”, a la cual, si bien, la percibían “profunda” en lo ideológico-discursivo, hoy, ante la realidad material, se dan cuenta de que está pintada en el piso, como la pileta de Larreta.
    En fin, creo que hay una gran parte de ese electorado que vio, en su momento, que había algo que defender y lo defendió. En el fragor de la defensa, se resignó parte de la crítica. Hoy, seguramente, a muchos todavía les cueste asumirlo, pero en el fondo lo saben.

  2. Marcelo Osvaldo catania

    Hola compañeros,muchos más de los pensados creemos, de una vez por todas cambiar las reglas de juego ,y visualizando un todo para todos,por supuesto es posible.Gracias compás de vía socialista por correrías del letargo.

  3. El «kirchnerista no kirchnerista» puede ser ese que vio al kirchnerismo en su esplendor (durante la coyuntura favorable) y tuvo la ilusión óptica de verlo como creador del repunte post 2001. También, el que vio al kirchnerismo como puente y no como meta; es decir, que cuando vio bajar el cuadro de Videla creyó que se estaba recuperando algo de aquel espíritu de los 70’; el que idealizó a Néstor como el flaco de la jotapé, y a Cristina montonera; el que se entusiasmó con la épica del “alca al carajo”, la patria grande, etc.
    En síntesis, existen muchos que fueron seducidos por el relato; sin embargo, hoy ya vieron que no les sirve para explicar la realidad. Entonces, están en condiciones de desechar el paradigma de la “grieta”, a la cual, si bien, la percibían “profunda” en lo ideológico-discursivo, hoy, ante la realidad material, se dan cuenta de que está pintada en el piso, como la pileta de Larreta.
    En fin, creo que hay una gran parte de ese electorado que vio, en determinado momento, que había algo que defender y lo defendió. Y en el fragor de esa defensa, resignó parte de su sentido crítico. Hoy, seguramente, a muchos todavía les cueste asumirlo, pero en el fondo lo saben. Otros, ya lograron atravesar el «luto» y desacoplarse de esa «fantasía épica», «histórica», que propone el show de la grieta. Estos, ya tienen la cabeza despejada para objetivar la realidad por fuera de los ya repetidos y gastados, relatos del peronismo y el antiperonismo. Por último, siempre habrá gente que prefiera la ficción; para ellos siempre estará disponible el «elige tu propia aventura» que ofrece la grieta.

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