Ofrecemos, en esta sección, un acercamiento a los problemas del Conurbano bonaerense, con la perspectiva de elaborar una solución integral para su despegue económico y el bienestar de su población.
Aguafuertes del Conurbano
Martín Pezzarini
Vía Socialista
En los últimos años, los cierres de fábricas dejaron de ser episodios aislados. Diversos establecimientos industriales achicaron su producción o cerraron sus puertas, arrojando a cientos de trabajadores a la calle. Fate, la histórica fabricante de neumáticos de San Fernando, anunció el cese de actividades de su planta y despidió a más de 900 trabajadores. Whirlpool trasladó operaciones desde Pilar hacia Brasil, afectando a una planta donde trabajaban 220 personas. A esos casos se suman conflictos y cierres menos visibles, como los de Cioccaplast, en Banfield, y GEPSA, también en Pilar, en un mapa industrial cada vez más frágil.
La lista podría seguir, pero lo importante no es cada caso por separado, sino lo que todos ellos muestran: la crisis del empleo en el conurbano bonaerense. Detrás de cada planta cerrada, hay salarios que desaparecen, barrios que pierden movimiento, familias que quedan colgadas de ingresos inciertos y trabajadores empujados hacia la changa, la informalidad o el desempleo abierto.
En el conurbano se expresan con crudeza buena parte de los problemas nacionales. Allí se concentra una enorme población obrera, formada históricamente al calor de la industria, pero cada vez más privada de una de sus principales fuentes de empleo. La enorme ciudad que creció porque había fábricas capaces de convocar obreros por miles, hoy ve cómo esa misma estructura se desarma y deja un tendal de gente afuera.
No siempre fue así. En el siglo pasado, desde los años veinte, los partidos que rodean a la Ciudad de Buenos Aires se expandieron al ritmo de la actividad manufacturera. Allí, se instalaron frigoríficos, textiles, metalúrgicas, curtiembres, químicas, automotrices, alimenticias, plásticas y talleres de todo tipo.
Aún hoy, el conurbano sigue siendo el territorio donde funciona buena parte del corazón de la industria argentina, con sus virtudes y sus enormes limitaciones. Pero ese motor tiene cada vez menos fuerza. En las últimas décadas, la industria atravesó una reestructuración profunda: cierre de plantas, pérdida de ramas enteras, concentración de capitales, relocalización de establecimientos y avances tecnológicos que redujeron la necesidad de mano de obra. Cada vez con mayor frecuencia, la producción pudo crecer expulsando trabajadores o incorporando menos personal que en el pasado.
La industria argentina alcanzó un desarrollo importante, pero arrastró una limitación decisiva: su baja productividad relativa. Buena parte de las empresas se expandieron al amparo de la protección estatal, subsidios y distintos mecanismos de transferencia de recursos. Esa limitación se manifiesta con toda claridad cuando llegan las crisis. Miles de empresas cierran sus puertas dejando a los trabajadores en la calle, mientras que un puñado logra mantenerse en funcionamiento. Como si fuera poco, en los últimos años, los empresarios que durante décadas reclamaron protección, beneficios fiscales y mercados cautivos comenzaron a retirarse porque el negocio deja de rendir. Es decir, cuando las condiciones se vuelven adversas, muchas cierran, importan, relocalizan o migran hacia actividades más rentables, mientras los trabajadores enfrentan despidos, suspensiones y mayor precarización.
En el conurbano, el impacto es especialmente visible. En los viejos distritos fabriles del sur, innumerables establecimientos dejaron de funcionar. El primer cordón acumuló galpones vacíos, plantas cerradas y terrenos reconvertidos. Las inversiones más dinámicas se desplazaron hacia corredores específicos, parques industriales o actividades más intensivas en capital. La industria no desapareció, pero fue perdiendo el papel que había tenido durante décadas.
El resultado es un nuevo mapa social. Donde antes el empleo industrial funcionaba como organizador de la vida de millones de personas, crecieron la informalidad, la precarización, el cuentapropismo forzado, los trabajos intermitentes y la dependencia de ingresos inestables, así como todos los efectos indirectos asociados a ese cuadro, como la violencia diaria y el delito. El propio trabajo dentro de la industria se volvió más precario. El conurbano siguió expandiéndose demográfica y territorialmente, pero ya no encontró en la fábrica el mismo motor para incorporar a su población al mercado laboral formal.
La ciudad que se formó alrededor de la promesa industrial convive con una industria más concentrada, menos capaz de absorber trabajadores y que poco a poco va desmontando. Por eso Fate, Whirlpool, Cioccaplast o GEPSA no son casos sueltos. Son señales de un proceso más largo: el desarme de una estructura productiva que, con todos sus límites, organizó durante décadas la vida de millones de trabajadores.
Frente a este enorme problema, el personal político aparece más preocupado por conservar sus votos y asegurar su reelección que por ofrecer una salida de fondo. Cada intendente administra su distrito como una unidad aislada y compite con los municipios vecinos por atraer inversiones. Esa fragmentación política atenta contra cualquier solución posible para un problema que es metropolitano, estructural y de larga duración. De allí que proliferen respuestas parciales e inconducentes: los parques industriales se multiplican, pero permanecen vacíos, al tiempo que las exenciones fiscales ya no bastan para atraer nuevas fábricas, y el empleo industrial sigue retrocediendo.
Aun con todas sus limitaciones, esa industria todavía puede recuperarse, y con ella, el conurbano bonaerense. Pero esa salida no vendrá de quienes históricamente protegieron a una burguesía ineficiente, incapaz de desarrollar una industria competitiva. Son peronistas los intendentes y gobernadores que administraron durante décadas la provincia y buena parte de sus municipios. Tampoco alcanza con el desarrollismo burgués que, aun cuando invoca el papel del Estado, termina apelando siempre a la acción privada: es decir, a los mismos empresarios que no logran competir de manera eficiente ni sostenerse sin el amparo estatal. Hace falta otro desarrollismo, un desarrollismo socialista, apoyado en un Estado apoyado en otra clase social (la clase obrera), que no se limite a regalar subsidios y beneficios fiscales, sino que se convierta en motor productivo directo, impulsando empresas propias de gran escala, capaces de exportar, generar riqueza y elevar el nivel de vida de los trabajadores. Solo sobre esa base el conurbano volverá a tener un horizonte prometedor.
