Festejos, direcciones y programas

Fabián Harari

Editor Responsable

Este mes, el gobierno ensayó un festejo exagerado sobre su desempeño económico. Las cifras de inflación y de imagen pública parecen haber dado un respiro. La inflación pasó del 3,4% al 2,6% y la actividad en marzo creció un 5,5% respecto del mismo mes del año pasado. Cayó el riesgo país, el dólar sigue quieto, las tasas (pasivas) bajaron y la recaudación aumentó un 1,7%(luego de 10 meses de caída) y el desempleo dejó de subir. Las exportaciones crecieron un 33% anual (tomando el mes de abril) y este año habrá cosecha récord, que se agrega al superávit comercial de 8.300 millones de dólares. La imagen negativa bajó unos dos puntos y lo mismo hizo la intención de voto. Teniendo en cuenta lo ajustado de los números, la pregunta es si se trata de simplemente una ondulación de la tendencia o estamos ante el inicio de un cambio de dirección.

Empecemos por lo más importante: el crecimiento. La Argentina ha dejado de crecer, en el sentido más riguroso y duro del término, desde 2011. No hay economista, de la tendencia que sea, que no esté de acuerdo. Podemos discutir el contenido de ese “crecimiento” que se agota en 2008 y llega al punto muerto tres años después, pero el caso es que, en términos cuantitativos, la economía argentina, desde hace ya 15, años no para de reducirse. Luis Caputo puede inventar cuentas, tomando determinados meses y anualizando (de marzo 2025 a marzo 2026 le daba un 5,5%), pero los organismos internacionales proyectan, para este año, un crecimiento de entre el 2,5% (los más sensatos) y el 3,5% (los más optimistas). Lejos, muy lejos, de las tasas “chinas”. Peor aún: dado el piso en el que se encuentra y la distancia con la economía mundial, ese “crecimiento” pasa a ser lo que se denomina un “error estadístico”, que no cambia la ecuación. Incluso, si tomamos el PBI per cápita, luego de un rebote lógico, estamos en el nivel de la crisis de 2018. Eso, en cuanto al problema del tamaño. Veamos ahora el problema de la naturaleza de ese “crecimiento”.

Ese pequeño y poco decisivo aumento del PBI es un “promedio” entre ramas que crecen y ramas que se estancan. Las que crecen al ritmo oriental, con un piso del 9%, son la minería, los hidrocarburos y el agro. Sí, pero esta tendencia es anterior a la llegada de Milei. De hecho, la base para este despegue se encuentra en los gobiernos de Macri y Alberto (con todos los problemas de este último). Milei, en todo caso, puede obligarnos a pagar el incremento de esas ganancias mediante el RIGI y el “Súper RIGI” y poniendo plata “de la nuestra”. Efectivamente, ese es otro rubro que aumentó este mes: desde que asumió, el gobierno aumentó un 15% las transferencias de recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, de la ANSES, a las empresas privadas, mediante la compra de acciones. Solo de mayo a noviembre d 2025, hablamos de 1.400 millones de dólares. Las beneficiadas son las entidades bancarias (Banco Galicia y Banco Macro) y las ligadas a la energía: Pampa Holding, Central Puerto y Gas del Norte. O sea, el gobierno, para el cual el Estado debe retirarse de la economía, compra acciones con la plata de los jubilados para financiar empresas (que, claramente no lo necesitan), con el fin de soldar una alianza que le dé apoyo a su gobierno.

Ahora bien, ¿cuál es la incidencia de estas ramas en la economía en general? Muy poca. Representan alrededor del 15% del PBI y entre el 7% y el 9% del empleo total. Si vamos al empleo formal, menos del 4%. Ergo, su crecimiento, por más espectacular que sea, no pueden traccionar a toda la economía, ni resolver los problemas sociales. Pueden enmascarar los problemas, ayudando a exhibir “logros” fiscales y de balanza comercial de dudosa rigurosidad, pero solo a costa de un brutal ajuste. Todo esto solo obliga a recortar funciones esenciales en forma creciente, sino que en cuanto el país amague a salir de la recesión industrial, las importaciones acaban con el superávit comercial, por más que el dólar siga planchado a fuerza de cepos. Lo mismo puede decirse del dibujo de la inflación. No solo la canasta está mal medida (y el propio FMI se lo hizo saber), sino que si excluimos los productos fijados por el gobierno y los que están sujetos a variaciones estacionales, nos encontramos con una subida suave pero sostenida, que en marzo llega al 2,6% (según Martín Rapetti), con tendencia alcista.

Queda claro que no hay ningún logro sustantivo, que con esas tres ramas la Argentina no puede sostenerse y que la mayor parte de la población va quedando a la intemperie. Se trata fundamentalmente de obreros, pero también de burgueses. Por ahora, son estos últimos los que constituyen la oposición, ya sea reclamando mejores “formas” o un modelo que les permita sobrevivir o los deje reconvertirse más cómodamente. Se trata de una oposición social, que todavía no avanza decididamente al campo político. Hoy Milei no tiene oposición, sino internas. Unos conflictos domésticos producto de la improvisación, de la incompetencia (“no saben ni robar…”, diría Asís) y de la ausencia de una contención partidaria, pero, al fin y al cabo, el producto de un escenario provocado por la propia crisis política burguesa. Ni el PRO ni el peronismo tienen en claro cómo presentar una alternativa. Tal es el desconcierto y la parálisis, que volvió a resurgir la figura de Cristina, que tuvo el mérito de simplemente quedarse callada.

La cuestión es que el hecho de empujar a toda esa población “urbano-pampeana” (de las grandes ciudades y de los gigantescos conurbanos) al abismo no necesariamente provoca una convulsión capaz de evitarlo. La velocidad del proceso, la frustración política y la ausencia de un proyecto que rompa el consenso son factores que inclinan la balanza hacia uno u otro lado. Según las mediciones de Casa3 (Mora Jozami), el país alcanzó el pico histórico de irascibilidad. Es una gran oportunidad para intervenir y canalizar ese descontento, que empezó a posar los ojos en lugares antes marginales (Bregman). El tiempo apremia, porque esa tendencia no va a mantenerse indefinidamente. Sin embargo, la izquierda está esperando un escenario “boliviano”. Lamentablemente, no es fácil replicar ese fenómeno, porque no tenemos una crisis de semejante magnitud y porque el peronismo hizo un trabajo destrucción de la vanguardia y de las organizaciones mucho más importante que el que pudo hacer Evo. Decimos “lamentablemente”, porque nada sería más auspicioso para la lucha por el socialismo que la clase obrera lanzada a la acción directa y a la insurrección (y, en ese sentido, la admiración y la envidia a los hermanos del Altiplano es ilimitada). Pero no es el caso. Ahora bien, si por algún motivo, la Argentina se contagiara efectivamente de su vecina, de todas formas, haría falta un programa para orientar la acción, porque la movilización de masas, por más radical que sea, no resuelve el problema. Decimos un programa, no solamente una táctica o una estrategia para la toma del poder. Un programa que dé un objetivo para lanzarse a la lucha, que nos permita explicar qué hacer si llegamos al poder, hacia dónde debe ir el país. Porque una cosa es salir a la calle para oponerse al ajuste y otra para imponer un plan de gobierno. Dicho de otra forma: un programa es una razón para dejar de protestar e ir a buscar las riendas del poder. Eso es lo que necesitamos.

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