La democracia burguesa, la estrategia revolucionaria y una izquierda impotente
Eduardo Sartelli
Vía Socialista
Que quince años no es nada…
Podría empezar este texto señalando una serie de “factos”, como dicen los chicos de hoy, una enumeración que establecería una primacía en la discusión en marcha que me valdría, seguramente, la acusación de vanidad y narcisismo por parte de quienes nunca van al núcleo del asunto y se olvidan, siempre, de las posiciones que cada uno asumió en el pasado. Gente que, además, tira la piedra y esconde la mano, hablando de “buenos modales”… Pero me voy a abstener, a los efectos de evitar que el debate en marcha se desvíe de su eje. Simplemente voy a decir que este intercambio acerca de las posibilidades electorales de la izquierda, que ahora incluye a Rolando Astarita, al “colectivo” Huellas…, al MST, a Convergencia Socialista, IS y hasta Jorge Altamira, entre otros, este intercambio digo, por más que Ariel Petruccelli pretenda apropiárselo y el resto de los participantes en hacer como que no existe el pasado, lo iniciamos nosotros, es decir, Vía Socialista. No porque un mes antes de que saliera la “carta” ya habíamos plantado la pica en Flandes, ya habíamos escrito por las redes, en periódicos del “establishment” y tratado el tema in extenso en una columna en nuestro canal de Youtube, no porque la carta en cuestión pareciera hasta reproducir nuestras propias palabras sin citarnos, sino porque el tema en disputa lleva quince años en el aire, precisamente, por nuestra intervención.
El FITU, originalmente FIT, se fundó en 2011 como consecuencia de la reforma electoral con la cual Néstor inventó las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) para regimentar la interna peronista. En dicha reforma, se sabe, el partido que no pasa del 1,5% de los votos emitidos sumando todos sus candidatos, no puede continuar a las elecciones “de verdad”. De modo que la izquierda, desesperada porque podía quedarse fuera, decidió unirse, no tanto por amor como por espanto. Como parte de su desarrollo, el nuevo organismo creó una Asamblea de Intelectuales de apoyo al FIT. En ella se dieron una serie de debates, que pueden seguirse en el Blog de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al Frente de Izquierda y de los Trabajadores. ¿Qué sostuvimos allí? Entre otros, un debate específico sobre la potencia electoral del Frente. En una crítica al desempeño electoral del FIT, señalamos que haber logrado un 2,5% de los votos no significaba ningún éxito electoral. Que el Frente había despertado las ilusiones de una militancia muy amplia, pero que las había desperdiciado al llamar a “un milagro para Altamira”, es decir, una campaña centrada en un “voto democrático”, para evitar que la izquierda “fuera proscripta”. Allí señalaba que
“No hay ningún obstáculo insalvable por el cual la izquierda tenga que ir a dar lástima para conseguir la cuarta parte. Su presencia en las luchas de las masas hace presumir un mejor lugar en las urnas. Su activo militante lo confirma. Entonces, ¿por qué el 2,5 y no el 10? Primero, porque no se lo propone. Porque se lanzó a la lucha sin personalidad, no como una opción, sino como descarte. Pero, más importante, porque no se organiza para un papel de envergadura histórica.”[1]
Es decir, lo mismo que estamos diciendo ahora: la izquierda se reserva un papel testimonial, no quiere gobernar y, por lo tanto, hace una campaña “testimonial”. Organizarse “para un papel de envergadura histórica” quería decir la transformación del Frente en un partido único con fracciones y tendencias. Es decir, lo que recién ahora propone el MST.
Ese texto fue agriamente respondido por compañeros del MST y del PO, que nos obligó a insistir en el tema. En una respuesta a Hernán Díaz, creo que entonces cercano al PO, dijimos que el problema central era
“… ¿puede la izquierda revolucionaria, en este contexto político y social, aspirar a una mayor presencia en la vida argentina, o tiene que conformarse con guarismos que no superan su experiencia histórica? Dicho de otra forma: ¿el Argentinazo pasó gratuitamente o, como creemos en RyR, dejó un sustrato militante y de simpatías sociales muy grande que espera ser organizado?”[2]
En otra intervención, en nombre del PTS, Ariane Díaz calificó mi análisis como “desorbitado” porque yo sostenía que el FIT debía aspirar al 10%, lo que la compañera estimaba en 2 millones de votos. A eso respondí:
“¿Dónde yace la fuente de la divergencia? En la divergente interpretación que tenemos sobre el 2001. Implícitamente, tanto para el PO como para el PTS, el 2001 no modificó la situación de los ’90, la izquierda revolucionaria no ha encarnado en las masas y hemos vuelto a una situación de marginalidad completa. Para nosotros, el 2001 dejó una enorme masa de militancia y de simpatizantes que supera lo que acaba de juntar el FIT. Buena parte de esos compañeros están con Binner, con Pino y con Cristina no por amor sino por espanto, porque no quieren ser cabeza de ratón. Para capitalizar esas expectativas, primero hay que demostrar que se tiene un programa distinto de un gobierno que da aumentos de sueldo, que otorga subsidios, que reivindica en algún grado el 82% móvil, etc., etc. Después del 2008 el kirchnerismo salió por izquierda de la crisis del campo. Eso fue lo que desinfló a gente como Binner o Pino y arrinconó hacia la derecha a toda la oposición. Pretender correr a Cristina con más cristinismo no es una buena forma de crear un espacio socialista. No estoy diciendo que hay que eliminar las reivindicaciones parciales de la campaña, sino que un partido que se pretende revolucionario no puede construir una simple alternativa sindical a la izquierda del gobierno. En segundo lugar, esas expectativas generadas por el Argentinazo que el FIT convocó en buena medida sólo con el anuncio de su creación, requieren un continente más amplio que una alianza electoral de coyuntura, requieren un partido que resuma esas fuerzas sociales.
Un guarismo electoral del 10% significaría una victoria táctica (como quiere Ariane) que colocaría al FIT en la conciencia de las masas como una alternativa real. Todo el asunto es cómo llegamos a ese resultado y si es posible con nuestras fuerzas actuales. Lo que está claro es que, con esta mentalidad de chiquitaje no vamos a ningún lado, sólo hacemos evidente que la clase a la que adoramos no nos quiere.”[3]
Hace 15 años planteábamos una estructura continente para la unidad de la izquierda (un partido con fracciones y tendencias), la necesidad de abandonar la estrategia electoral democratista y construir un programa que contuviera a la militancia y a las masas simpatizantes y que se planteara como alternativa política real. Quince años después y porque unas pocas encuestas estiman en un 10% el voto a Myriam Bregman, el conglomerado que llamamos “izquierda” parece comenzar a comprender de qué se trata. Ahora resulta que, según Jorge Altamira,
“Una fuerza revolucionaria se valdría, primero de la campaña electoral y luego de una llegada al gobierno por la vía electoral, para concretar de inmediato las reivindicaciones más apremiantes de las masas; llamarlas en su defensa; y crear, con base a ese llamamiento y a esa movilización, las organizaciones propias de un poder obrero independiente. La participación de los revolucionarios en los procesos electorales que cuentan con la expectativa de las masas, es una obligación.”
Recién ahora Izquierda Socialista siente llegar “el gran desafío de responder a las masas… que la izquierda puede, quiere y tiene que gobernar” y se manifiesta preocupada por las “equivocadas y confusas respuestas que ha dado ante esta realidad, la dirección del PTS…” Lo único que se puede decir a estas manifestaciones de entusiasmo por los guarismos que arrojan algunas encuestas, es que hemos perdido 15 años y que esa pérdida de tiempo tiene que ver con la ausencia de una estrategia adecuada para luchar en ese campo de batalla hoy dominante que se llama “democracia burguesa” y que ahora, bienvenido sea, algunos compañeros comienzan a entender, a pesar de que llevamos más de cuatro décadas sumergidos en este dilema.
Democracia y estrategia revolucionaria
En realidad, la relación entre la estrategia revolucionaria y la democracia burguesa es un viejo debate en la tradición socialista. Tan viejo como el socialismo y la democracia burguesa. Va desde las ilusiones de Marx en una revolución incruenta en Inglaterra gracias al peso numérico del proletariado, hasta las pretensiones de la socialdemocracia alemana, las desmesuras aristocratizantes del fabianismo, el oportunismo pequeño-burgués de la Segunda Internacional y el “paso a paso” del juanbejustismo y el reformismo socialista en general, pasando por las reflexiones de Antonio Gramsci y Ernesto Laclau, las elaboraciones tan disímiles de León Trotsky, Vladimir Lenin y Ellen Meiksins Wood y las experiencias muy concretas del Frente Popular francés en los años ’30, el eurocomunismo y la “vía chilena al socialismo” de Salvador Allende. La democracia burguesa ha sido siempre un tema de reflexión para los marxistas y se entiende por qué: nunca el socialismo le ganó al capitalismo, menos aún al desarrollado, y menos todavía en un contexto de democracia burguesa. Hasta ahora, el socialismo solo ha llegado al poder en sociedades en transición al capitalismo, atravesadas por furiosas tensiones de clase provenientes de aquello que se muere y de lo que todavía no termina de nacer. Dicho de otro modo, las únicas revoluciones socialistas triunfantes han sido la rusa y la china y ambas han marcado el análisis estratégico posterior, encorsetándolo en los límites del insurreccionalismo bolchevique y la guerrilla maoísta.
El vínculo entre la democracia burguesa y la revolución ha sido, por otra parte, un problema discutido en muchos países, incluso en la Argentina hasta la llegada del peronismo. En efecto, las innumerables particiones del Partido Socialista, tanto por izquierda como por derecha, así como su extenso enfrentamiento con el anarquismo forista y el sindicalismo revolucionario de comienzos de siglo XX, están marcados por la tensión que genera una pregunta desagradable para impacientes: ¿cómo se produce una transformación radical en una sociedad capitalista avanzada en la que la misma población explotada constituye el poder de la clase que la domina, en forma de una voluntad libre que se expresa en las urnas, es decir, mediante los mecanismos legalmente consensuados de la democracia burguesa? Durante mucho tiempo, todo lo que duró eso que se llamó el “régimen oligárquico” o la “república conservadora”, es decir, antes de la llegada de la ley Sáenz Peña, el anarquismo pudo reírse de las pretensiones de los seguidores de Juan B. Justo y justificar su eterna apelación a la huelga general como la única alternativa revolucionaria posible. Pero, cuando el “pueblo” quiso votar, aunque sea a medias, no se inclinó espontáneamente por el rechazo a sus explotadores sino por la elección de uno de ellos, al que elevó al papel de “santo” y fundador del “primer movimiento histórico”. De nada valió que ese misterioso representante de las masas las masacrara en la Semana Trágica, en el campo pampeano o en la Patagonia. Volvió a ser reelecto incluso con mucha más pasión. Ahora, aunque le permitió al socialismo constituirse en un actor político de peso, la burguesía se sacaba de encima, con un mismo instrumento, la democracia burguesa, tanto a los que creían en reformas pacíficas como a los que buscaban huelgas definitivas e insurrecciones proletarias.
El debate se cancela con la llegada al poder de ese otro gran represor que integra el podio de los masacradores de la clase obrera, junto con Videla e Yrigoyen, Juan Domingo Perón. Se cancela porque ahora tanto la izquierda revolucionaria como la reformista, se ven expulsadas de la consideración popular. La democracia burguesa ahora, más que un canal para el crecimiento de dicha izquierda, se ha transformado en un vehículo para su marginación. Si esa posición podía justificarse como el resultado de una “tiranía”, la caída del Coronel de los trabajadores no dio paso a un florecimiento de las posibilidades de la izquierda en ningún campo, mucho menos en el de una democracia burguesa en crisis, una fachada de una dictadura militar encubierta y caótica. Es entendible, entonces, que la izquierda revolucionaria pensara sus estrategias sin incluir entre ellas nada concerniente a votos y campañas electorales. Es razonable que las considerara dentro del marco estratégico heredado, como dijimos, el maoísmo y el bolchevismo. Veamos ambas estrategias más de cerca e incorporemos algunos elementos más.
El insurreccionalismo bolchevique está bien representado en el proceso que va de febrero a octubre de 1917. Al igual que sucedió en la Comuna de París, el contexto es determinante: una descomposición del Estado, producto de la crisis económica y, sobre todo, la guerra, coloca a la clase obrera en el poder de facto. Digo “de facto”, porque si bien se organiza un poder burgués (el gobierno provisional) como consecuencia de la caída del zarismo, la novedad de la insurrección de febrero es la formación del “doble poder”, es decir, la aparición de instituciones que constituyen el poder de las masas. Digo “masas” porque no se trata de un poder “proletario”, sino de una alianza (que Lenin denomina “pueblo”) entre pequeña burguesía y burguesía agrarias emergentes (el campesinado) y la clase obrera. Los soviets de obreros y campesinos incluyen a “soldados”, que no son más que la forma fenoménica en la que aparecen obreros y campesinos desmovilizados y armados. Este detalle es ciertamente clave: en toda revolución, el problema militar es el muro contra el que se estrella toda estrategia, el nudo que hay que desatar para que emerja el nuevo poder. Eso supone tanto el desarme del enemigo como el armamento de los propios. La guerra resuelve ambos problemas. Por eso, la tarea que queda es evitar la pérdida de tiempo: el proletariado debe hacerse con el poder, es decir, constituirse en fuerza armada, antes de que la burguesía pueda recomponer el suyo. De allí la consigna “todo el poder a los soviets”: el poder ya está en manos del “pueblo”, de esa alianza de obreros y campesinos. De lo que se trata es de subordinar a los campesinos, constituyendo al proletariado en la dirección de la alianza, y eliminar al gobierno provisional, quitándole a la burguesía todo acceso al nuevo Estado. Se trata de una tarea eminentemente política, la conquista de los soviets por los bolcheviques, que tiene poco componente estrictamente militar, sobre todo después del fracaso del golpe de Kornilov. El problema militar volverá más adelante, pero ya con otro formato: la agresión imperialista y la guerra civil. Pero es un problema posterior al proceso revolucionario mismo, al menos en su plano inmediato. El denominado “comunismo de guerra” es un período caracterizado ya por el carácter estatal del poder proletario. En conclusión, la crisis y la guerra son fundamentales para el triunfo en tanto liberan al proletariado. Muy diferente es la estrategia maoísta. Se trata de construir un poder alternativo al Estado semi-burgués, aprovechando su incapacidad para abarcar todo el territorio bajo su dominio formal. Escapando de la represión, organizando una sociedad paralela y clandestina, móvil a lo largo de un espacio fuera del control estatal, dedicada exclusivamente a la guerra, en cuanto una crisis pone en cuestión el poder establecido y se ha alcanzado un nivel elevado de poder propio, se produce el asalto final.
Las dos estrategias tienen puntos en común: el más importante, la externalidad respecto del Estado. En ambos casos, el Estado aparece como una potencia externa en relación a la sociedad. Faltan vasos comunicantes, aquellos que, precisamente, la democracia burguesa viene a construir. Esa externalidad pone en peligro a un Estado aislado más allá del reducido grupo dominante. Cualquier movimiento importante de sus bases económicas y políticas lo expone no ya a un cambio de gobierno sino a uno de régimen y, potencialmente, de sistema social. Para eso está la democracia burguesa: para recargar socialmente al Estado, para soldar relaciones con la vida social, incorporando a su manejo a clases y capas enteras, en formas subordinadas, sí, pero que expresan también sus intereses a través de su nueva estatalidad. En sentido estricto, pasan a formar parte del Estado: como partidos políticos reconocidos y hasta financiados por el Estado; como sindicatos avalados por el Estado para representar directamente a una parte de la población; como formas culturales e ideológicas que se van a expresar en el Estado, ya sea como contenidos educativos específicos o como portadores de un discurso aceptado en el interior de lo validado ideológicamente por el Estado.
No menos importante es la relevancia que conceden a aquello que en otros tiempos se llamaban las “condiciones objetivas”, es decir, la necesaria existencia de una crisis de vastas dimensiones, normalmente coincidente con un “período de guerras y revoluciones”, momento fuera del cual no hay mucho por hacer más que prepararse y construir la organización revolucionaria, ya sea mediante la acción sindical o la práctica limitada de incursiones armadas y construcción del “foco”. Eso significa que quienes adoptan estas estrategias abandonan la acción política entre crisis y crisis. Por acción política debe entenderse aquí el intento de influir en el Estado. Ese ese el piso mínimo de la acción política. El sindicalismo no es acción política. El vagar por una selva sin mayores consecuencias, no es acción política. Mientras el Estado se mantiene “ajeno” a la sociedad, es decir, presa de una pequeña minoría, ambas estrategias y sus variantes tienen racionalidad y validez, algo que pierden cuando se impone la democracia burguesa.
Ambas estrategias suponen, además, que el escenario postrevolucionario coincide con un “reseteo” de la sociedad y del Estado. La etapa más álgida de la lucha concluye con la destrucción del Estado burgués y la construcción de un Estado revolucionario, proletario o socialista. Ese Estado parte desde cero, destruye la sociedad burguesa y construye la nueva sociedad. En la práctica, las cosas resultan muy diferentes: el “nuevo” Estado solo lo es en términos de su contenido social inmediato, es decir, expresión más directa de intereses inmediatos del proletariado. Intereses inmediatos a los que se intenta dar una respuesta también inmediata porque la situación concreta lo exige. De allí que, finalmente, lo que conocimos como “socialismo real” se resume en un socialismo “desarrollista”, es decir, cuya única función es el desarrollo de las fuerzas productivas. Uno de los varios resultados de este punto de llegada de la experiencia revolucionaria es crucial a este debate: ¿qué es el socialismo, más allá de su evidente eficacia a la hora del desarrollo económico?
Como ya hemos dicho hasta el hartazgo, buena parte de la izquierda mundial y, en particular, la argentina, porque aquí domina el trotskismo, se saca este problema de encima declarando que la URSS no llegó al socialismo, a lo sumo fue un capitalismo de Estado o bien un Estado obrero al que algunas variantes le conceden el haberse estancado en el proceso de transición. Entre otras causas que explican esa ausencia real del socialismo en la historia humana, figuran dos: el socialismo no puede construirse en un solo país; la burocratización de la revolución. La primera solo sirve para trasladar a las calendas griegas todo intento de transformación radical de la sociedad, una especie de milenarismo que esconde mal la ausencia de estrategia nacional. La segunda es la que suelen esgrimir profesores universitarios deseosos de declarar, a quien quiera escucharlo, que jamás prohibirían a Mozart ni a Daddy Yanqui. Va de suyo que esta versión “buenomodalista” de socialismo no tiene ninguna importancia porque no es más que un mecanismo de acomodación al mundo donde reinan los buenos modales, es decir, entre la pequeña burguesía universitaria.
Sea como sea, ninguna de estas estrategias, sus variantes y las infinitas discusiones anexas tienen relación sustantiva con lo que aquí se discute. No solo porque estamos en un país y un momento diferente a aquellas experiencias que se validaron a través de un éxito estratégico, sino porque ninguna de las condiciones objetivas y subjetivas están presentes en la actualidad. Ni hay una crisis que provoque un desbarranque generalizado de la economía mundial, ni hay una revolución socialista en marcha, ni siquiera una expansión generalizada de la izquierda a nivel mundial. No hay tampoco, ninguna potencia socialista que actúe de motor (o al menos de paraguas) de un proceso revolucionario particular. Ni siquiera existe una avanzada ideológica, un clima ambiente que favorezca y estimule el crecimiento por lo menos de las ideas socialistas. Por el contrario, reina la confusión en este punto. Por sobre todas las cosas, reina la democracia burguesa, un mecanismo de dominación que, hasta el presente, ha resultado infranqueable para el socialismo revolucionario. Es en este contexto en el que debe discutirse la estrategia de la izquierda argentina de cara a las elecciones de 2027.
El debate
Evidentemente, hay dos intervenciones relevantes en este intercambio, más allá de las partidarias examinadas más arriba, la de Rolando Astarita y la respuesta a nuestra crítica por parte de Ariel Petruccelli. Me voy a concentrar en la segunda, dejando de lado la primera. La razón es sencilla: la relevancia del texto de Astarita se sostiene en su carácter ejemplar. Es decir, como ejemplo de lo que una posición religiosa tiene para decir, o, mejor dicho, para no decir, en un intercambio acerca de qué hacer. La desmedida pretensión de hablar “en nombre de” Marx y sus arcángeles guardianes no tiene más seriedad que una lectura talmúdica o que el speech que todos los sábados a las 9 de la mañana desarrollan ante las puertas de mi barrio, Villa Maipú, San Martín, los Testigos de Jehová. Del mismo modo, las preocupaciones acerca del futuro de las “libertades democráticas”, la posición del gobierno socialista sobre Ucrania o las desventuras de un FITU transformado en “partido único”, carecen de toda relevancia y son propios de alguien más preocupado por una supuesta corrección política “marxista” que por la lucha real por el poder. En sentido estricto, nadie sabe lo que nos depara el futuro y a qué cosas nos tendremos que ver obligados, contra todo texto sagrado y contra nuestros propios principios éticos y políticos. De modo que la creencia en que los “padres fundadores” nos pueden decir qué hacer hoy y que hoy mismo podremos inocularnos con alguna vacuna que evite aquello que no queremos, o es un acto de fe o un simple saludo a la bandera. Veamos mejor qué dice Ariel Petruccelli.
Como señalé más arriba, voy a evitar entrar en “factos” innecesarios. Pero no puedo dejar pasar el contenido de ataque personal que tiene la respuesta de Petruccelli. Al mismo tiempo que rescata mi supuestamente novedosa disposición a la crítica “constructiva”, no deja de caracterizarme más adelante como un “enemigo” y de considerarme parte del “establishment” porque escribo en Perfil, como si Bregman no se paseara por todos los programas de aire, streaming o lo que sea, no menos adscriptos al bendito “establishment”. Supongo que habrá olvidado que Zurda fue publicado por Editorial Sudamericana, que pertenece a Penguin-Ramdon House, del grupo alemán Berstelman, uno de los mayores del mundo. Si luego de leer esto pretende reemplazar a Bregman por Chipy Castillo, le recuerdo que a La izquierda frente a la Argentina kirchnerista, lo editó Planeta… Petruccelli, además, insinúa que el supuesto cambio en mi modulación “constructiva” se debe a… Petruccelli. Leyendo la “Carta” yo, “acaso intuyendo que, para sorpresa de tantos, la fuerza política que encabeza Myriam Bregman sí se plantea gobernar” me habría “tomado con la cautela debida, pero positivamente, los planteos formulados en la Carta”. Por empezar, la intervención de Petruccelli, Lucita y Casas se publicó en Huellas… el 22 de abril. Mi columna de Youtube se publicó el 17 de abril, la nota en Perfil, el 19, siendo ambos precedidos por intercambios en X dos semanas antes de la publicación de la “Carta”. En todos ellos digo exactamente lo mismo que digo en la crítica a la “Carta” aparecida en el n° 1 de El Aromo: la izquierda no quiere gobernar. La sorpresa que trae ahora Petruccelli, como vamos a ver, es que él tampoco quiere gobernar.
Petruccelli reproduce aquí lo mismo que ya le cuestionamos: confundir el crecimiento de la conciencia de clase con el resultado de una encuesta electoral. No es cierto que haya “emergido una simpatía por una izquierda revolucionaria que reivindica un tipo de transformación social profunda que no ha estado en la agenda pública desde hace décadas”. Lo que ha “emergido” es un reconocimiento personal a una dirigente. Son cosas muy diferentes, confusión que permite concluir que el autor no comprende cabalmente las características de la etapa en la que nos encontramos. Si tal “simpatía” fuera realidad, si hubiera algo más que una valoración positiva de la imagen de alguien que destaca por honesta en una clase política compuesta por mafiosos y tahúres, habría que hablar en otros términos. Esa es la naturaleza de la hora: precisamente por eso, por su honestidad y compromiso con las causas populares, es posible pensar en un éxito electoral sorprendente en 2027; precisamente por eso, las bases de ese éxito no se corresponden con el contenido de una corriente de simpatía por la “izquierda revolucionaria”. La misma magnitud del éxito posible habla de la fragilidad de sus bases. Toda la intervención de Vía Socialista, incluso cuando era Razón y Revolución, tiene como punto de partida esta constatación: guarda que podés llegar a la presidencia, guarda que hay una crisis del sistema político que hace posible que la democracia burguesa sea un canal de acceso al poder. El problema es con qué programa y con qué estrategia enfrentás semejante desafío. Nosotros nos planteamos este asunto como parte de una reflexión estratégica hace 15 años y durante todo este tiempo hemos batallado por la comprensión de esta cuestión por el resto de la izquierda, hasta que decidimos que debíamos emprenderla nosotros mismos, ante la inutilidad política del FITU para encarar este camino. No es casual que fuera el PTS y no el PO el que lograra este posicionamiento electoral de una de sus figuras públicas, porque de toda la izquierda, con excepción del Nuevo Mas, ha sido siempre la organización política más inclinada a seguir la moda ideológica con criterio electoralista. De esto hemos acusado siempre al PTS: de copiar la agenda K para aumentar sus chances electorales. Con poca suerte hasta ahora, por suerte. Por suerte, porque de llegar al gobierno sin quererlo, como lo ratificaron Castillo y Bregman el 1° de mayo, no hubieran sabido, como no saben hoy, qué hacer. Y ese es el peligro sobre el que alertamos: ¿qué pasa si ganás las elecciones? Como curándose en salud, son los mismos compañeros que, según Petruccelli, sí quieren gobernar, lo desmienten en cada intervención.
Es que, para el PTS, la democracia burguesa no es un campo de intervención revolucionaria, es un terreno de agitación y construcción política en todo caso. Pero a la revolución se llega por otro camino. El que (recién ahora) se ha puesto a pensar en esto, es Petruccelli:
“Hay demasiados asuntos capitales sobre los que el pensamiento de izquierda ha avanzado poco en las últimas décadas: ¿cómo luchar dentro y contra la democracia burguesa? ¿Qué instituciones políticas podrían brindar un marco adecuado a una democracia proletaria revolucionaria? ¿De qué manera, en qué plazos, con qué criterios se debería socializar la propiedad? ¿Cómo sería una planificación socialista en el siglo XXI? La Carta es, en este aspecto, una invitación a explorar estos asuntos no como especialidad académica, sino como cuestión vital de un movimiento político que está a las puertas de tener una audiencia de masas y erigirse en alternativa de poder.”
Nótese que reconoce que no tiene respuesta a estas preguntas. No obstante, no se priva de calificar las nuestras de un modo superficial, lo que sería válido si tuviera algo para decir al respecto mejor que lo que nosotros proponemos. No es la única ignorancia reconocida. Hay otra que ni siquiera se percibe: ni en la “Carta” ni en su respuesta, Petruccelli aborda ninguna perspectiva positiva acerca de qué hacer con la economía argentina, es decir, con el desafío más importante de todos, desafío que permanecería como una espada pendiente de la cabeza del gobierno socialista, aunque hubiera llegado al poder real por medio de una insurrección armada aplastante y con un apoyo fervoroso de las masas. Desdeñosamente, se califica la reflexión sobre estos temas en Argentina 2050:
“… dado que incluso de los enemigos se puede aprender, de mi parte al menos estoy dispuesto a escuchar todas las propuestas que puedan pergeñar los socialistas que no creen viable superar la democracia burguesa o ven en la experiencia de Corea del Sur un ejemplo encomiable de industrialización: algunos aspectos parciales de lo que Sartelli desarrolla en Argentina 2050. Una vía socialista posible, pueden ser incorporados a una perspectiva revolucionaria genuina. Pero, de conjunto, la obra parece distinguir insuficientemente estatismo burgués y revolución socialista, al tiempo que es tenazmente ciega a la insoslayable dimensión ecológica que todo proyecto de cambio estructural actual debe inexcusablemente tomar en consideración.”
Vamos a asumir el gobierno de la nación con tareas descomunales, que nos aplastarán desde el primer día, con todos los peligros que ello implica, peligros que pueden costarle la vida a toda una generación, pero, igual que Astarita, preocupado por la “censura” a los artistas, Petruccelli se preocupa por las ballenas… Lo más grave es no reconocer en Corea del Sur un “ejemplo encomiable de industrialización”, porque eso es lo único que puede salvar a 30 millones de argentinos de la miseria extrema hacia la que nos lleva el “modelo” agro-minero exportador que defiende el consenso liberal. Y acto seguido, la ausencia de una idea clara de qué sería el socialismo en Argentina, sino la construcción de una economía estatal, propietaria de la mayoría de los medios de producción, gestionada a través de mecanismos democráticos por la masa de la población. ¿En qué sentido, un país en el que la burguesía ha sido expropiada y domina la propiedad estatal de los medios de producción gestionados por una dirección técnica elegida y dirigida por el voto popular sigue siendo “capitalista”? ¿Y si no es capitalista, entonces, en qué sentido es “estatismo burgués” y no superación socialista? En ningún lado se dice a qué llaman los autores de la carta “socialismo”, de modo que es difícil imaginar cuál es el sentido de su crítica y de lo que podríamos decir sobre ese contenido lamentablemente ausente. Es decir, irreal, abstracto, vacío. Lo que proponemos no es el “colmo del realismo” sino “realismo” a secas.
Por eso es que, preocupado con esta contradicción entre la posibilidad de y el no querer que, entre el deseo de y el no saber de qué, leí la “Carta” como lo que es: un mal consejo. Según Petruccelli,
“Sartelli, por el contrario, critica lo contrario: que sigamos teniendo aspiraciones revolucionarias, en lugar de conformarnos con lo que a él se le antoja el colmo del realismo político: la gestión eficiente de un estado burgués en los marcos de una democracia liberal que no podría ser superada hasta vaya uno a saber cuándo.”
Lo que critico es que no tengan aspiraciones revolucionarias, porque lo que digo en mi crítica es que, en este contexto en el que operamos hoy y que no va a cambiar sustantivamente en octubre del año que viene, lo que uds. proponen es la vía más segura para arruinar cualquier posibilidad revolucionaria. Es el camino más rápido para salir de la Rosada, no para avanzar desde el poder ejecutivo al Poder. Y aquello que Petruccelli subestima como “colmo del realismo político” es precisamente con lo que se va a encontrar al día siguiente de ganar las elecciones: un Estado burgués intacto, en los marcos de una democracia liberal (mejor dicho, burguesa). Precisamente, porque no entiende en dónde va a estar parado el día después de las elecciones y no tiene idea de qué va a hacer con la catarata de problemas que se le van a venir encima inmediatamente y que no se resuelven con apelaciones a la participación de las masas ni con hacerse preguntas cuyas respuestas se desconocen, no entiende la lógica de la estrategia de Vía Socialista en esta coyuntura (como he dicho en muchos lados, en otra coyuntura puede ser otra, incluso alguna de las dos que hemos mencionado más arriba). Porque sí expresamos con claridad el “cuándo” superaremos la democracia burguesa. Parece que Petruccelli pasa por alto el título de la propuesta: aspiramos a una sociedad completamente nueva, en forma y contenido, en 2050. Y si se lee el libro con un poco, no mucho, de atención, queda claro que la superación de la democracia burguesa comienza a producirse desde el primer día. Transformar a los desocupados en empleados del Estado, construir una base industrial estatal, reestructurar el mundo pyme a través de la empresa mixta y someter a la empresa privada a la planificación estatal, el contenido de las primeras medidas del gobierno socialista es ya una transformación de la base de las relaciones sociales. Esta dimensión no figura en la preocupación de Petruccelli, porque para los autores de la “Carta” y para el conjunto de la izquierda, la revolución socialista es un hecho político y no un proceso de transformación social.
Resulta extraño que alguien diga que queremos gobernar el capitalismo tal cual es después de leer Argentina 2050 y el conjunto de transformaciones que proponemos. Ni siquiera ha leído la contratapa, donde se enumeran los objetivos programáticos y se comienza con “Abolición de la propiedad privada”. La estrategia de Vía Socialista consiste en valerse de la democracia burguesa para progresar en la transformación de las relaciones sociales y apoyarse en esa transformación, para avanzar en la conquista del poder. ¿Es la única estrategia válida urbi et orbi, hic et nunc? No. Es la que, creemos, factible en este momento histórico. Porque no son capaces de pensar en este momento histórico, es que los calificamos de “milenaristas”: esperan que el futuro llegue mágicamente y les resuelva todos los problemas. Solo un iluso que no está viendo la realidad, puede pensar que, a un año y monedas de la elección presidencial, Bregman presidenta no tendrá que enfrentarse a la realidad de tener que “gestionar” la propiedad privada o la democracia burguesa por un largo tiempo. Aquí convendría preguntarse cuánto tiempo duró la NEP en la URSS, digo, como para tener una medida…
Al final de la columna de Youtube, llamo a Myriam Bregman a no auto-boicotearse. Es decir, a adoptar ya la perspectiva de la lucha por la victoria electoral en 2027. No me hizo caso, por supuesto, porque en el acto del 1° de Mayo, tanto ella como Chipy se concentraron en desmentir tal idea, remarcar que lo suyo es la preparación de la huelga general y rechazar la “moderación”. Nosotros nunca hablamos de “moderación”, hablamos de realismo. El realismo que proponemos supone una enorme audacia, más que el reconocimiento de los límites. Los que reconocen los límites y solo se proponen superarlos “cuando la Fuerza los acompañe” no somos nosotros, que no queremos esperar a que las condiciones objetivas y la movilización de las masas y bla, bla, bla. El PTS, más que en pensar en el triunfo, están pensando en la interna troska: construyamos un gran partido de los trabajadores, o sea, vengan todos conmigo. Y al que no le gusta, se jode. Eso y romper el FITU es lo mismo. Prefieren ser cabeza de ratón a plantearse una tarea histórica de una envergadura tal que los llevaría, a ellos y a la pléyade de chicaneros inconscientes que ya se están sumando a la Bregmaneta, a abandonar el chiquitaje y convocar a toda la izquierda a armar ya un programa de gobierno y encarar ya una campaña electoral por la presidencia de la República. Eso es lo que expusimos en nuestras intervenciones, ya desde 2011: una izquierda que piense en grande. Para mi sorpresa, y coincidiendo en esto con el Ayatollah Astarita, creímos ver en la intervención de los compañeros que aquí criticamos, un planteo similar, contra el auto-boicot, cuando dicen, en la “Carta”:
“Con cierta sorpresa, sin embargo, hemos escuchado a las principales figuras públicas de este espacio político –como la misma compañera Myriam Bregman y el compañero Christian Castillo –poniendo paños fríos a esa posibilidad, dando a entender que todavía no sería posible un gobierno de la izquierda porque no están dadas las condiciones necesarias para tal cosa…”
para encontrarnos ahora que al menos Petruccelli ha reculado y se suma al auto-boicot:
“Astarita sostiene que, según la carta, ‘se abre entonces la posibilidad de que el FIT-U gane las elecciones presidenciales del próximo año’. Es un poco mucho. Aunque la posibilidad que menciona no es descartada por nuestro texto, la evaluación de la situación es bastante más matizada…”
Petruccelli cree que lo acuso de “voluntarista”, punto en el que coincidiría, otra vez y para mi preocupación, con Astarita. No. No es esa la acusación. Es otra: irresponsabilidad. Eso es en lo que se cae cuando se omiten “referencias a la situación internacional” y se carece “de propuestas concretas”. Reconociéndolo, se disculpa: “Quizá estén pidiendo mucho a lo que no es más que una Carta Abierta redactada con premura ante una coyuntura política particular.” De modo que, si leí o no sus textos, no viene al caso, no es de voluntarismo que los acuso, sino de hacer recomendaciones incorrectas para una coyuntura muy peligrosa. Y son incorrectas porque no se atienen a todo lo que hemos explicado ya muchas veces y que ocupa la primera parte de esta respuesta: un balance serio de la situación presente, de las fuerzas con que contamos, del terreno en el que vamos a tener que actuar y, por lo tanto, de las posibilidades reales de acción. Por eso, nuestra propuesta no es más “moderada” que la de la “Carta”, ni la “Carta” expresa una voluntad revolucionaria. Nuestra propuesta es realista. La de la carta, una serie de consideraciones desgajadas de cualquier proceso real. Por eso es irresponsable y por eso es un conjunto de recetas que, de seguirse, llevan al fracaso seguro. La “Carta” da cuenta de un malestar evidente en el seno de las fuerzas revolucionarias, un malestar al que no se animan a ponerle nombre: se llama democracia burguesa y hay que aprender a lidiar con ella porque, nos guste o no, la revolución pasa por allí o, mejor dicho, debe atravesarla.
[1]Véase “El FIT, las elecciones primarias y la Izquierda Revolucionaria Socialista”, en https://asambleadeintelectualesfit.wordpress.com/2011/09/14/el-fit-las-elecciones-primarias-y-la-izquierda-revolucionaria-socialista-por-eduardo-sartelli/ (14/9/2011)
[2]“A la vuelta de la esquina. A propósito del ataque personal de Hernán Díaz por mis críticas a la asamblea de intelectuales del FIT”, en https://asambleadeintelectualesfit.wordpress.com/2011/09/16/a-la-vuelta-de-la-esquina-por-eduardo-sartelli/ (16/9/2011)
[3]“El debate por el partido. Respuesta a la intervención del PTS”, en https://asambleadeintelectualesfit.wordpress.com/2011/09/19/el-debate-por-el-partido-respuesta-a-la-intervencion-del-pts-por-eduardo-sartelli/ (19/9/ 2011)