Tres tiempos, tres senderos

Fabián Harari

Editor Responsable

El primero nació en mayo del 2003, todavía con los últimos impulsos del Argentinazo. Una hoja doble, papel obra y tamaño A3 fue el primer soporte de El Aromo. Un órgano de propaganda destinado a sostener la conciencia revolucionaria, en medio del creciente reflujo y la cooptación kirchnerista. Una herramienta para la construcción de un programa socialista. Llegamos a las 32 páginas, para una revista que se transformó en una de las más leídas dentro del universo en el que discutía. 

El segundo tuvo su aparición también en mayo, pero de 2022. Ahora, como órgano de un partido, Vía Socialista, con el objetivo de explicar una vía de construcción del Socialismo en la Argentina del siglo XXI. Ya no impreso, sino online, de acuerdo a los tiempos que corren. Su objetivo: presentar soluciones en cada aspecto de la realidad. 

Llegamos, también en mayo, a la tercera época. Con un objetivo similar, pero renovado. Similar: desplegar el programa de Vía Socialista. Renovado: con una amplitud temática mayor, con la apertura a la discusión y la invitación a colaboradores. Tres tiempos, una línea.

En un período donde las discusiones contienen cada vez menos explicaciones, donde los insultos y la ignorancia campean alegremente, vamos a desarrollar argumentos. Donde quienes deberían explicar en profundidad los problemas para encontrar una solución siguen ocupando el papel de meros denunciadores, de la simple queja, vamos a tomar la responsabilidad de presentar un examen riguroso y una solución viable. Porque lo que buscamos no es que nos den la razón, ni “aportar al debate”. No es eso. Queremos explicar por qué nos proponemos gobernar el país. 

Un país que fue tomado, casi por primera vez, por un programa que va hacia el proyecto liberal más prístino. Fuera del agro, la minería, los combustibles y las finanzas, el gobierno se fue despreocupando del trazado de alianzas. Mantiene algunas (la “industria” de Tierra del Fuego), pero se va enfrentando al corazón de la burguesía industrial. Y los resultados no son del todo promisorios…

En términos puramente fiscales, el gobierno apela a la deuda, a la suspensión de erogaciones (incluidas las partidas a las provincias, que deben endeudarse) y de la renovación de la infraestructura (o sea, “comerse” el capital), a las privatizaciones y a medidas extraordinarias o rescates, para mantener un superávit ficticio. Un cuadro que se agrava con la caída de actividades dinamizadoras (construcción) y del consumo. La inflación no fue controlada: permanece latente y contenida por el aplanamiento del dólar, los salarios y el consumo. Que todo este esquema es frágil, incluso para aquellos con los que Milei intenta congraciarse, lo muestra el elevado riesgo país y la incapacidad del Estado de financiarse en el mercado de capitales. Recordemos que, hasta ahora, a Milei lo han ayudado estados, no el mercado. Y fue una dádiva, a pérdida del donante, no un cálculo o una inversión económica.  

En términos sociales, el aumento de la desocupación muestra los límites de las apps para contener la explosión social. El gobierno perdió 5 millones de votos en la última elección y no parece que los esté recuperando. Uno de los partidos que le había cedido los votantes que le quedan (el PRO), avanza hacia una carrera propia. 

En ese cuadro, la Argentina parece ser conducida hacia su siglo XIX (en particular, su primera mitad): una estructura simple, con una o dos ramas ligadas a las materias primas y, el resto, un “desierto”. Una economía que no puede sostener una experiencia nacional, y por eso cada provincia se las arregla por sí sola.  Con una diferencia sustancial: en ese período formativo, la irrisoria demografía se corresponde (y determina) esa configuración económica. La economía es simple y pequeña, pero la población también. Pero, también, hay una segunda diferencia sustancial: en ese entonces, esa sociedad era nueva, estaba en plena construcción. Había un futuro por delante. Había una nación que levantar. 

Hoy, el panorama es otro. Simplificar una economía, con ramas que ocupan poca mano de obra y no representan las ramas de mayor valor agregado (comparemos minería con microcroprocesadores o IA…) para 48 millones de personas, es dejar al 90% de la población a la intemperie, convertirlas en el “desierto”.  Hoy, no se debate la construcción de algo superior, sino la descomposición de lo que tenemos. La alternativa al siglo XIX, tampoco es lo que vimos durante gran parte del XX (peronismo), sino tener un siglo XXI que represente verdaderamente el futuro. 

Los problemas que presenta el camino que está recorriendo la Argentina van abriendo tres direcciones. La primera, es el consenso liberal, que sigue, más directa o más oblicuamente, por la misma senda. Allí está Milei y su grupo de advenedizos, aprendices de “casta”. Pero también el macrismo, que se presenta como una versión más civilizada y menos drástica de una tendencia que comienza a construirse en 2008. 

La segunda dirección puede decirse que empezó tímidamente a esbozarse en la crisis del gobierno de Alberto, se alimentó del empresariado al que Milei desafió y fue reclutando dirigentes postergados de partidos en crisis (Kicillof, Larreta, Monzó…). A partir de economistas como Kulfas y Álvarez Agis se perfila un desarrollismo capitalista. Es un espacio que todavía no terminó de tomar forma, pero no deja de avanzar.

Hay una tercera expresión: el hartazgo generalizado, el QSVT. Es esa corriente que no va a votar y que, cuando lo ha hecho, fue a apoyar al candidato que parecía más disruptivo y marginal al sistema político. El año pasado, volvió a decir presente en el ausentismo. Ahora, según las encuestas, una parte de ese público (por ahora, pequeña) estaría mirando una candidata con ese mismo perfil disruptivo y marginal, como Myriam Bregman. No se trata de masas que abrazan el socialismo, claramente. Sí, puede detener ese consenso hacia la derecha, que lleva casi 20 años e iniciar un camino inverso. Más aún, es gente que está dispuesta a escuchar, si se le sabe hablar. Sin embargo, a diferencia de las otras dos alternativas, aquí todavía no se ha definido un programa. Por ahora, no se ha ofrecido más que consignas negativas (“derogación de la reforma laboral”, por ejemplo), impracticables (“No al pago de la deuda”) o vacías (“contra el imperialismo”). Es decir, frases pasa salir del paso, de alguien que no conoce el país y sus problemas, y que no podría discutir seriamente cómo administrar un país con cualquier equipo económico burgués. 

El caso es que ese pequeño paso delante de una fracción de la masa obrera descontenta implica una oportunidad y una responsabilidad. Responsabilidad de todos los socialistas, no solo de los que hoy son apuntados por los reflectores. Una responsabilidad doble: saber qué hacer con el gobierno y saber explicarlo. 

El programa para el Socialismo en la Argentina del siglo XXI, el qué hacer aquí y ahora, es una tarea en la que nos hemos embarcado hace años. Ahora, y por tercera vez, El Aromo vuelve a abrir sus páginas para llevar al centro de los debates eso que ha sido tan importante y que hoy se volvió urgente.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *