Nueva York y la crisis alimentaria

Y tu cabeza está llena de ratas.

Te compraste las acciones de esta farsa,

y el tiempo no para.

Mi adolescencia transcurrió en los años noventa en la ciudad de Buenos Aires, en pleno menemismo, cuando el Whopper costaba un peso y nos querían hacer creer que habíamos entrado al “primer mundo”. Como muchos de mi generación, la imagen que yo tenía de lo que era eso venía del cine norteamericano y de series como Friends, en la que cinco amigos vivían despreocupadamente en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, nunca la idealicé, y mucho menos, nunca soñé con vivir en los Estados Unidos. Me gustaba demasiado mi ciudad como para pensar en irme, pero la crisis del 2001 y sus consecuencias de largo plazo, me trajeron años más tarde hasta acá, y ahora vivo en Nueva York.

Mi casa en Queens sigue siendo una pequeña embajada porteña, escuchamos la radio de Buenos Aires, hablamos al vesre y volvemos todos los años a Buenos Aires para visitar a la familia y los amigos. Cada tanto en la radio porteña y cada vez que vuelvo, escucho comentarios sobre Nueva York que me sorprenden por el grado de desconocimiento que existe allá sobre lo que implica vivir acá para cualquiera que no esté de turista. En seguida me doy cuenta de que no debería sorprenderme, la imagen que se ha difundido de esta ciudad por todas partes lo explica bastante. Nueva York genera una fascinación en muchos argentinos que es producto de la saturación de imágenes brillantes y emocionantes que circulan sobre ella. Imágenes de una ciudad en la que se puede caminar con tacones altos por la Quinta Avenida y levantar la mano para pedir un taxi cuando uno quiera, o vivir en un pent-house con vistas al Central Park, o cruzarse con ricos y famosos. La llaman “la ciudad que nunca duerme”, como si eso fuera algo positivo (¡y claro que lo es! ¡Podés comprarte una Coca-Cola fría si te encaprichaste a las 3 de la mañana en una tienda abierta las 24h!). Y sí, Nueva York es todo eso, es una de las ciudades -sino “la ciudad”- con la mayor concentración de riqueza del mundo, en la que mega millonarios de todas partes del globo se pasean campantes comprando en Louis Vuitton o Dolce Gabbana. Mientras tanto, a pocas estaciones de subte, en Queens o el Bronx, alguien hace fila en un centro comunitario para llevarse una bolsa con leche y arroz, porque Nueva York –que incluye cinco distritos: Manhattan, Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island– es también una ciudad con una desigualdad social abrumadora, una ciudad en la que debajo de un lujo superficial se esconde el sudor de millones de trabajadores que conviven con altos costos de vida y apenas llegan a cubrir sus necesidades básicas.

El imaginario de una ciudad que derrama riqueza y en la que se vive despreocupadamente, no sólo es fantasioso, sino que es dañino y alimenta ideas absurdas sobre las bondades del capitalismo en el imperio.

En octubre de 2025, esa desigualdad dejó de ser una cifra abstracta y se convirtió en vértigo para muchos neoyorquinos. El cierre del gobierno federal, que duró 43 días —el más largo en la historia reciente del país— paralizó fondos clave. Entre ellos, los del programa SNAP (Supplemental Nutrition Assistance Program), la asistencia alimentaria que usan casi tres millones de neoyorquinos y unos 40 millones de personas en todo Estados Unidos. Durante este cierre del gobierno, la administración del presidente Trump se negó a financiar el programa o a utilizar fondos de reserva para hacerlo. Por varios días, nadie supo si las tarjetas de ayuda alimentaria se iban a recargar.

El programa de ayuda alimentaria –SNAP– es un programa federal financiado por el gobierno nacional a través del Departamento de Agricultura, pero administrado por los estados. Durante décadas, esa ayuda se conoció como “food stamps” (cupones de comida), pero hoy funciona con una tarjeta electrónica similar a una tarjeta de débito en la que se acredita un monto de dinero que las personas que califican reciben mensualmente y que sólo puede usarse para comprar alimentos en supermercados y comercios habilitados. Es una política pública estructural que forma parte del sistema de protección social estadounidense, y para que se entienda la magnitud de su peso: cuando SNAP se interrumpe —como ocurrió durante el cierre del gobierno— no hay una red privada que pueda reemplazarlo a la misma escala.

En paralelo, en la ciudad de Nueva York existen almacenes de comida llamados food pantries, que son lugares donde las familias pueden recibir alimentos gratuitos para llevar a sus casas, a veces en bolsas con arroz, pasta, latas, leche, huevos, y, cuando la suerte acompaña, frutas y verduras frescas. Detrás de estos almacenes de ayuda alimentaria hay iglesias, organizaciones sin fines de lucro y comunidades locales, trabajando de forma voluntaria y a través de donaciones privadas, para que nadie se quede sin lo más básico. Sin embargo, el volumen de dinero que mueve el programa federal SNAP es incomparable, por eso cualquier demora en su financiamiento genera pánico inmediato en millones de hogares trabajadores.

A un nivel superior, existen los food banks, que son enormes almacenes que no reciben directamente al público, sino que compran, reciben donaciones y distribuyen grandes cantidades de alimentos a los food pantries y otros programas de asistencia. En Nueva York, por ejemplo, el Food Bank for New York City —organización fundada en 1983— provee más de 70 millones de comidas al año a través de cientos de pantries y refugios, convirtiéndose en la columna vertebral de la red alimentaria de la ciudad. Durante el cierre del gobierno que implicó el corte de fondos federales para el programa SNAP, la ciudad entera organizó colectas preventivas. Los food banks empezaron a reforzar el abastecimiento de comida a su red de más de 800 almacenes (food pantries) y comedores. También en las escuelas públicas, en los lugares de trabajo, en los clubes de barrio se pedían donaciones urgentes de comida y los pantries abrieron turnos de emergencia y miles de voluntarios trabajaron repartiendo comida a miles de familias que se acercaban.

Después de ese mes y medio de caos, se aprobó el presupuesto, el gobierno reabrió y las tarjetas de ayuda alimentaria volvieron a cargarse. El sistema, en apariencia, se había normalizado, pero algo quedó expuesto. El cierre del gobierno que detuvo la financiación del programa dejó a muchos neoyorquinos con hambre, o con poco o nada para comer.

Aquellos que reciben el beneficio del programa alimentario SNAP no son sólo los desempleados (los inmigrantes “ilegales” ni siquiera califican para acceder a la ayuda estatal), sino también millones de trabajadores de bajos ingresos: empleados de limpieza, cuidadores, repartidores, empleados de restaurantes, trabajadores del aeropuerto, personas que cobran el salario mínimo o apenas un poco más y aun así necesitan una tarjeta de ayuda estatal para llegar a fin de mes. En Nueva York, al igual que en Buenos Aires, “bajos ingresos” puede significar trabajar a tiempo completo y aun así no llegar a fin de mes. El salario mínimo es de 16,50 dólares por hora, pero si vivís solo y ganás menos de 1.700 dólares al mes, podés calificar para asistencia alimentaria estatal. En la misma ciudad donde el alquiler promedio supera los 3.500 dólares y donde el precio de los alimentos aumentó más de un 30% en la última década, más del 40% de las familias no logra cubrir el costo semanal de la comida sin quedarse cortas en otra cosa.

En 2024, el 6% de los neoyorquinos experimentó inseguridad alimentaria severa, lo que equivale a casi 550.000 personas que a menudo se quedan sin comida o viven con la preocupación de que los alimentos se terminen antes de tener dinero para comprar más. El 14% declaró haber recurrido a un food pantry, es decir, cerca de un millón doscientas mil personas accedieron a esta forma de asistencia alimentaria. No son cifras del “tercer mundo”, son cifras de la capital financiera del mundo.

Ya sé que hablar de pobreza en Nueva York puede sonar ofensivo si se la compara con la de Latinoamérica. Y es cierto, la pobreza en otros lugares es más visible, más cruda, más obscena, pero hay que desarmar el mito de que en el corazón del capitalismo la abundancia es automática. El mito de que el mercado resuelve. El mito de que si trabajás, si te esforzás lo suficiente, alcanza.

En octubre pasado, durante 43 días caóticos, miles de familias vaciaron pantries “por las dudas”. No por especulación, sino por miedo a que la tarjeta no se recargara. Miedo a no poder llenar la heladera. Miedo a que una disputa política en Washington se tradujera en hambre en Queens.

Nueva York sigue siendo fascinante y sigue siendo la ciudad en la que podés pasear por el Central Park, comprarte una cartera en Louis Vuitton y a las tres de la mañana conseguir una Coca-Cola fría. Sin embargo, también es la ciudad donde millones de trabajadores dependen de que, el primer día del mes, una tarjeta de ayuda económica se active. Y donde un cierre administrativo puede convertirse, en cuestión de horas, en una crisis alimentaria silenciosa.

Carolina Vittor

Corresponsal en Nueva York

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