Confiar y esperar: Una respuesta a Marcelo Ramal (y a la izquierda argentina en general)

Eduardo Sartelli
Vía Socialista

Hasta ahora, Argentina 2050 ha sido voluntariamente ignorado por la izquierda, al menos en forma pública, a pesar de que resulta obvio que décadas de derrota requieren un balance estratégico. El fracaso histórico del trotskismo, el guevarismo, el maoísmo, el estalinismo, incluso del autonomismo zamorista, pide a gritos un debate sobre la estrategia política necesaria para salir de la marginalidad. Esa izquierda, que ha vivido reivindicando eventos pasados (la Comuna de París, la Revolución Rusa, la Revolución China, la cubana, el 2001 argentino) se niega a examinar el presente sin las anteojeras ideológicas con las que llevan décadas esquivando la realidad. En este contexto, saludamos la iniciativa del compañero Marcelo Ramal, dirigente histórico del trotskismo argentino y militante de una de sus expresiones más importantes, Política Obrera, de hacer una crítica de nuestro programa(1). Vamos a responder punto por punto, sobre todo para que el lector pueda ver en simultáneo dos formas antagónicas de pensar la sociedad y la política, argentina y mundial. Como veremos, también, lo que decimos sobre este planteo particular, vale para toda la izquierda: se trata de pura retórica, no de un “análisis concreto de la situación concreta”, ni de una medición real de las “relaciones de fuerza” existentes. Como retórica, se ubica más que en el campo de lo político, en el de lo poético, es decir, entre el intento de exaltación épica y el deseo performativo. Con todo, solo traduce, como sucede, insistimos, con toda la izquierda, una impotencia muy fácil de ver, tan visible que se parece al regodeo del masoquista ante situaciones que no puede y no quiere resolver.


Veinte poemas en prosa


1.“En la historia del marxismo, es muy extendida la comprensión del socialismo como producto de la lucha declases y, más precisamente, como elaboración consciente de la experiencia de lucha de la clase obrera contra elcapital. En su balance de la corriente socialista utópica, Engels criticaba la pretensión de estos socialistas dehacer emerger un nuevo orden social de la mera “razón pensante”, o sea, de sus propias especulaciones. Segúnel compañero de Marx, querían “descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo enla sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos quesirviesen de modelo”. Pero “estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía;cuanto más detallados y minuciosos fueran, más tenían que degenerar en puras fantasías” (F.E, “Del socialismoutópico al socialismo científico”).”


Hay varias cuestiones aquí que merecen discutirse. La primera es si el socialismo es producto de “la lucha de clases” o si es una elaboración teórica sobre la base de la experiencia histórica de la humanidad. La primera afirmación no señala específicamente nada más allá de dos opciones: o el socialismo brota espontáneamente del proceso de lucha de la clase obrera o bien, es una elaboración consciente (y, por ende, teórica), de esa experiencia. Son dos cosas bien distintas: en el primer caso, se trata de “luchar” y dejar que esa corriente nos lleve, con la esperanza de que sola nos arrime a buen puerto; en el segundo, se trata de hacer el balance de esa lucha y proponer un camino específico que no es, necesariamente, el que la corriente lleva o, por lo menos, es uno de los tantos que en todo proceso social complejo están sobre la mesa como alternativas históricas. Obviamente, no estamos de acuerdo con la primera formulación, en tanto es políticamente irresponsable (“síganme, aunque no sé a dónde ni cómo”) y, por sobre todas las cosas, inoperante, porque no tengo nada que decirles a mis compañeros en lucha. El partido carece de orientación, simplemente sigue la corriente. Suena al “que las bases decidan”, latiguillo con el que el morenismo solía sacarse de encima la ardua tarea de organizar una línea política y luchar por ella, muchas veces contra las bases. La segunda opción no es mucho mejor: la idea de que el socialismo brota de una elaboración consciente de la lucha de la clase obrera contra el capital deja un espacio a la elaboración teórica, pero de lo que los obreros están haciendo, que no necesariamente es lo correcto o lo que debe hacerse en cierta coyuntura. Pareciera que, frente al peronismo, por ejemplo, la “elaboración teórica” debiera tomar solo lo que los obreros están haciendo (apoyar al peronismo) y darle forma “teórica”. Es decir, seguir el derrotero de los Puiggróss o los Ramos. Lo que está traicionando aquí a Marcelo es el obrerismo que caracteriza a toda la izquierda argentina, una postura demagógica que solo puede llevar al basismo sin perspectiva o al oportunismo frente al peronismo. O más bien, a ambos lados.
Argentina 2050 es un intento elaborar una estrategia sobre la base del análisis de la realidad. Para decir que es un ejemplo más de “socialismo utópico” no sirve referirse a la “lucha de la clase obrera”, porque hoy la clase obrera no lucha o, peor, está con Milei. Tampoco sirve que se aluda aquí a la “lucha de la clase obrera” histórica e internacional, es decir, que debamos elaborar un programa sobre la base de experiencias que no tienen mayor vínculo con el escenario en el que debemos luchar. Precisamente allí se encuentra buena parte de nuestra crítica a la izquierda de la que forma parte Política Obrera: que no tiene programa para la Argentina actual, que se limita a repetir un discurso religioso a fin de darle vida a fantasmas inútiles. En realidad, es Marcelo (y toda la izquierda argentina) la que se abstrae de la lucha de clases real a la hora de formular un programa.
Argentina 2050 es precisamente lo contrario de un relato utópico. Muy por el contrario, parte de un balance mundial de las relaciones de fuerza entre burguesía y proletariado, el estado de la izquierda y las organizaciones proletarias, las relaciones de fuerza materiales (es decir, el número y condición concreta del proletariado actual), todo aquello que Gramsci exige cuando intenta organizar el análisis concreto de la situación concreta más allá de un impresionismo inmediato. No solamente eso, sino que, al estilo de Lenin (no quiero con esto ponerme ni a su altura ni a la del revolucionario italiano) baja al escenario específico donde se ha de desarrollar nuestro drama, intentando un bosquejo del desarrollo del capitalismo en Argentina, su presente, sus debilidades, sus fortalezas, etc. Más aún, el libro hace un racconto de las estrategias de la izquierda revolucionaria mundial (insurreccionalismo y guerra popular prolongada, sobre todo) y concluye su inadecuación a nuestro país. Sobre esa base, diseña una acción posible en el contexto de la situación de las fuerzas políticas actuales en América Latina y mundial, señalando como punto de partida la ausencia no ya de una situación, sino ni siquiera de un proceso revolucionario en marcha en ningún lugar del planeta. Concluye, sobre esa base, designando una acción política probable (la “situación allendista”) y mostrando que es perfectamente posible dada la crisis del sistema político sobre todo latinoamericano. Se puede no estar de acuerdo, pero si hay algo que está detrás de Argentina 2050 es el intento de una nueva síntesis estratégica para un momento específico de la lucha de clases: el análisis concreto de la situación concreta. Todo el análisis que proponemos puede estar mal, pero no puede ser tildado de “utópico”.
Una razón por la cual Marcelo pueda haber arribado a una conclusión tan descaminada tal vez tenga que ver con la forma en que concibe la “lucha de la clase obrera”. Como trotskista que es, Marcelo tiende a asociar “lucha” con “lucha callejera”, “lucha sindical”, “insurrección”, etc. La lucha política institucional, es decir, el hecho de ir a elecciones, ocupar bancas, tratar de conquistar otras posiciones en el seno del aparato del Estado burgués, no se le aparece como “lucha” sino más bien como “cooptación”. De allí que los trotskistas, a la hora de explicar su participación en las elecciones, limitan su perspectiva a la tarea puramente propagandística (“agitar el programa”) y, a lo sumo, a participar en las luchas populares con ánimo organizativo (como bien demostró el propio Marcelo cuando fue legislador). Obviamente, detrás de esta consideración acerca de la función de este campo de lucha se encuentra una creencia muy arraigada en la izquierda trosko-mao-guevarista: que la revolución viene después de la democracia burguesa, que el sistema político no puede asaltarse desde adentro, ya sea porque finalmente coopta a los revolucionarios o porque, en el fondo, no constituye un poder real: aunque se ganara la presidencia, no podría hacerse nada, sería incluso peor, porque se estimularía a las masas a creer en el sistema político burgués.
Veamos: si la democracia burguesa es un sistema tan frágil, habría que explicar por qué, sin necesidad de grandes procesos represivos, ha logrado ofrecer, en Argentina y en toda Latinoamérica, una camisa de fuerza tan poderosa para maniatar a las masas. La burguesía latinoamericana se ha bastado con esa forma política para controlar, contener, desviar, formatear, toda la actividad de las masas en los últimos 40 años. Y si nos fijamos en Europa, el doble, por lo menos y a contar sólo desde el ’45. Ni hablar de los EE.UU., que lleva más de 200 años manejando a la población trabajadora con la democracia burguesa. Es hora de que los socialistas revolucionarios reconozcan que la democracia burguesa es bastante más que una forma endeble cuya caída es siempre inminente y abre paso a la acción libre (socialista) del proletariado. Dicho de otro modo, es un terreno de lucha que se ha mostrado terriblemente eficiente a la hora de la dominación y para el cual la izquierda revolucionaria no tiene estrategia, puesto que solo ha llegado al poder en contextos donde esta forma de control social estaba ausente. De hecho, jamás la izquierda revolucionaria le ha ganado a la superestructura capitalista desarrollada, sus únicas victorias se han producido en el proceso de tránsito del feudalismo al capitalismo o bien en sociedades suficientemente atrasadas como para caracterizarse por no haber completado sus tareas “democráticas”. Se sigue hablando de “revolución” como si tuviéramos todavía en frente un Zar o, detrás, millones de campesinos iletrados. Cómo hacer la revolución en el contexto de la democracia burguesa, es algo que la izquierda revolucionaria prefiere no pensar, trayendo al fantasma de Allende para evitar una reflexión seria sobre un problema estratégico urgente. Por el contrario, se repiten fórmulas superadas por la historia (la revolución permanente, la lucha armada popular, etc.) como si tuvieran alguna aplicación real. Como no la tienen, la propaganda de la izquierda revolucionaria suena a lo que es: mesianismo milenarista. Hablame, ahora, Marcelo, de “utopismo”.

2. “Con un método antagónico, Marx y Engels exploraron la ruta de la sociedad futura a partir de los “gérmenes” que necesariamente estaban presentes en la sociedad capitalista, y principalmente, en la propia acción obrera contra el capital. La experiencia viva de la Comuna de Paris llevó a Marx y a Engels a considerar al manifiesto Comunista como relativamente “anticuado” (Nuevo Prólogo al “Manifiesto” de 1872). Entonces, y tomando la experiencia de la primera revolución obrera de la historia, arribaron a la conclusión que “la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines”, sino que debe “romper la máquina burocrática militar del Estado”.”

Otra vez, podemos tomar en forma literal lo que aquí se dice y repetir que, o no dice nada (una sociedad nueva no puede construirse con una superestructura vieja, lo que es una verdad de Perogrullo y no solo para un marxista) o lo que dice es más de lo que ya vimos: tratar de conquistar el aparato del Estado burgués es inútil. Traer a colación a Marx y a la Comuna de París no ayuda mucho al argumento: a diferencia de nuestras citas de Gramsci y Lenin, puramente metodológicas, aquí se estaría pretendiendo indicar algo en relación a la situación presente en función de lo concluido por Marx y Engels hace 150 años acerca de un mundo fenecido. Para peor, una reflexión apoyada en un fenómeno que abarcó apenas una ciudad y duró un par de meses. La Comuna de París puede ocupar un lugar sustancial en los corazones, pero su valor para iluminar nuestros problemas actuales es nulo. Pero encima se lee mal aquello que se cita como autoridad. No quiero transformar este intercambio en un contrapunto exegético que no tiene ningún valor, pero la frase no dice que no hay que tomar “posesión de la máquina estatal existente”. Al contrario, dice que hay que hacerlo y “ponerla en marcha para sus propios fines [del proletariado]”. Nótese que se trata de un Estado burgués y lo seguirá siendo hasta que no quede abolida la propiedad privada. Que sea más “democrático” no elimina este carácter de clase. Pero para que la revolución siguiera su marcha, había que avanzar sobre Versalles. La crítica de Marx y Engels a la Comuna es precisamente ésta: haber dejado en pie el aparato militar burgués, no atacarlo cuando era posible. No avanzar contra su Versalles, Pinochet y el Ejército chileno, le costó el gobierno y la vida a Salvador Allende. Hemos hecho un balance público de esa experiencia, algo que Marcelo sin dudas sabe.
Argentina 2050 no dice nada sobre esto, claramente. Bueno sería que dijera absolutamente todo, algo imposible. Argentina 2050 es un bosquejo general, que espera ser completado con nuevos tomos y sucesivas ediciones. Lo que es cierto es que nosotros no procedemos por afirmaciones dogmáticas sino por el análisis de la situación concreta. No podemos saber hoy la forma específica e inmediata en que un gobierno socialista votado masivamente puede hacerse cargo del problema militar. Eso no significa que no tengamos idea, no la hayamos expresado ya y no estemos haciendo algo al respecto. Que es ya bastante más que lo que se plantea una izquierda que habla permanentemente de lucha armada, de la toma del Palacio de Invierno, pero no hace absolutamente nada de lo que pregona. Nosotros, por el contrario, intentamos, al nivel de lo que nuestras fuerzas nos permiten, intervenir teórica y prácticamente sobre el tema. De allí nuestra defensa de la sindicalización en las fuerzas armadas del Estado. Por eso, nosotros no suponemos que un triunfo electoral de una fuerza revolucionaria no tendría detrás de sí obreros “de azul”, que no hay contradicciones de clase en las fuerzas armadas, que no es posible conquistar posiciones allí. Quienes lo niegan, suponiendo que todo policía es un burgués armado, no ven las acciones concretas en la lucha de clases que llevan adelante las policías provinciales, por ejemplo, en defensa de sus condiciones de vida, en más de un caso, con solidaridad de otros miembros de la clase obrera, como ilustra el caso misionero. Esto es algo que la izquierda “anti-yuta” (a la que no pertenecía el Partido Obrero del que yo formé parte) no comprenderá jamás y por eso cree que solo una ola insurreccional imparable que borre el aparato represivo burgués de un solo golpe puede abrir un cauce revolucionario. Hay una mala noticia: tal cosa no ha sucedido jamás y si tenemos que esperar a eso, dediquémonos a otra cosa y aprovechemos mejor el tiempo que nos quede de vida. Eso sí, a esta altura de la soirée, Marcelo, que acuses de pacifismo a una organización que se ha peleado con toda la izquierda en defensa de la sindicalización y el derecho al trabajo político en el seno de las fuerzas armadas del Estado…
En realidad, se trata de tomarse en serio la “toma de posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para nuestros propios fines” y dejar de esperar un nuevo 17, una nueva “larga marcha”, un nuevo “2001”. Mientras esperamos eso, la dominación burguesa se afianza con un instrumento que, si bien es poderosísimo, la democracia burguesa, contiene en sí una contradicción elemental: el que vota burgués, puede votar proletario. Y creer que no vamos a tener ninguna oportunidad en la gigantesca crisis política que un evento así puede desencadenar es, por cierto, tenerle muy poca fe a ese proletariado al que se invoca permanentemente.

3. “En oposición a este método, Eduardo Sartelli, dirigente de la corriente Vía Socialista, ha publicado un libro -“Argentina 2050”- que pontifica, con pelos y señales, sobre las características de un “Estado socialista” en Argentina. Sartelli no vacila en señalar cuáles sectores económicos serán “prioritarios”, qué tipo de vínculo se establecerá con el mercado mundial y el comercio internacional; y cuáles sectores deberían ser declarados obsoletos, entre muchas otras precisiones.”

Y no, si hay algo que, lamentablemente, Argentina 2050 no hace es pontificar “con pelos y señales” las características de un Estado socialista. Como dije, es apenas un esbozo. Entiendo que a corrientes políticas caracterizadas por un par de fórmulas tomadas de textos escritos para otras coyunturas y otras latitudes hace casi 100 años, un esfuerzo como el que hemos lanzado les parezca excesivo. Pero lo cierto es que no se puede ir a elecciones a proclamar “votame para nada”, para “agitar mi programa”. Para ser coherente, los trotskistas no debieran presentar candidatos a cargos ejecutivos, sobre todo porque ¿qué pasa si ganan? ¿Qué pasa si el impulso del proletariado sobrepasa las escasas pretensiones de los trotskistas? ¿Confesamos que no estamos en condiciones de gobernar, porque la Comuna, el aparato militar del Estado burgués y bla, bla, bla? Probablemente porque no quiere enfrentarse a tal situación, la izquierda revolucionaria no se presenta ante la clase obrera como una opción de poder, sino apenas como una voluntad de “acompañamiento” en las “luchas”. Lo que es lo mismo que abdicar de la lucha política y reconocer que solo la burguesía puede gobernar. Si se presentara a las elecciones con un programa concreto, con soluciones específicas, explicando de dónde sacaría la plata, mostrando las posibilidades objetivas de la economía, señalándole a los obreros de qué trabajarían, cómo podrían sus hijos vivir en un país mejor, la izquierda revolucionaria mostraría voluntad de poder. Pero no la tiene: el trotskismo se presenta con la cabeza gacha y pidiendo perdón, excusándose con que, en el fondo, los obreros son todos peronistas; el guevarismo, más práctico y más ingenuo al mismo tiempo, directamente no se presenta, pretextando lo mismo que el zorro con las uvas.

Sin embargo, lo más importante que justifica la pretensión “diseñadora” de Vía Socialista es el hecho que, sea cual sea la fórmula con la que el socialismo tome el poder en la Argentina, no ya el gobierno, sino el poder mismo, los problemas de la economía argentina seguirán allí y sea cual sea el partido político revolucionario que corone el proceso, tendrá los mismos problemas económicos que existen hoy. Y, salvo que se tenga la peregrina ilusión de que una revolución mundial triunfante vendrá a traer soluciones indoloras gracias a la solidaridad universal de la clase obrera, el gobierno socialista tendrá que dar respuestas a problemas ya conocidos, pero no por eso menos agudos, enormes y urgentes. Apelar a esa clase a la que se adula todo el tiempo a que nos siga sin tener nosotros ni idea de qué hacer, no solo es, de nuevo, irresponsable, sino que la entrega al peronismo, que, sin pretensiones de modificar el curso de la historia universal, es al menos capaz de señalar cuatro o cinco cosas que al obrero común y corriente le suenan bastante más concretas, inmediatas, asequibles y razonables que cualquier cosa que llamemos “revolución”.

4. “La primera línea del primer capítulo de su libro es muy significativa: “El mundo no se prepara, al menos por ahora, para la revolución socialista mundial”. Es una premisa que comparte con la abrumadora mayoría de la izquierda internacional, que ha construido un supuesto programa “posible” a partir de dar por cancelada cualquier perspectiva revolucionaria. El “mundo”, sin embargo, está surcado por una guerra internacional, por una crisis financiera que muchos juzgan inminente y, al compás de lo anterior, por crisis políticas manifiestas, rebeliones obreras y levantamientos nacionales. Todo lo anterior retrata el punto más alto de las contradicciones planteadas por la decadencia capitalista, y que constituyen la premisa de la revolución socialista. Por cierto, la oposición a las perspectivas revolucionarias no debe buscarse en ese escenario explosivo, sino en la izquierda que rechaza una preparación y orientación de las masas en nombre de sus propias y conservadoras conclusiones. Sartelli y su grupo forman parte de esa constelación, con las peculiaridades que pasaremos a caracterizar.”

No se puede, en el breve espacio de una reseña crítica, pedirle al crítico que detalle y dé pruebas de cada una de sus afirmaciones, pero es evidente que decir que “el mundo no se prepara, al menos por ahora, para una revolución socialista mundial” no es una afirmación que se rebata con un resumen de generalidades que constituyen más o menos, la normalidad capitalista: una “guerra internacional” y “crisis políticas” son cosas de todos los días; la “crisis financiera” todavía es futuro, según sus propias palabras, pero no sería nada demasiado excepcional (recordemos la de 2008, por ejemplo), que anuncie, sí o sí, la apertura de un período revolucionario. Pero lo que sí debiera especificarse es el asunto “rebeliones obreras” y “levantamientos nacionales”, porque, al menos hoy, no se ven por ningún lado. Nada de eso se compara con una “revolución mundial”, ni siquiera como preparación. Y diríamos, mucho menos como preparación, porque lo que prepara la revolución es el ascenso general de las masas, tanto en términos de acciones, de organización y conciencia.
Entonces, preguntamos: ¿cuáles son las acciones masivas de la clase obrera en algún escenario relevante, como ser algún país central o, al menos, importante por su magnitud, relevancia regional, etc.? ¿EE.UU o Europa? Ciertamente, hay inquietud entre las bases “sanderistas” y alguien como Mamdani gana en Nueva York, lo cual es relevante, por supuesto. Pero no califica como “rebelión obrera” y, en todo caso, demuestra que la estrategia de Vía Socialista parece encarnar mejor algunas situaciones que cualquier tradición de izquierda previa. La ausencia de “sanderismo” en Europa, salvo tal vez Melenchon, expone una situación política aún más atrasada. ¿En América Latina? La suerte del trumpismo latinoamericano, en plena expansión, difícilmente abone a la idea de rebeliones obreras masivas. Por el contrario, frente a la crisis, los obreros votan Milei, Bolsonaro, Kast, Bukele, Rodrigo, Machado, Peña, Noboa, Meloni, Trump, Orpo, Pienkovic, Orban, etc. En África, que yo sepa, no hay ninguna revolución en marcha y en Asia los obreros están firmemente atados a las redes políticas burguesas muy robustecidas por un crecimiento económico notable.
En términos organizativos, no hay forma de mostrar ninguna preparación de las masas. No existe la izquierda en el mundo, no hay ningún partido de izquierda revolucionaria relevante, ni siquiera de izquierda reformista. El ascenso de la primera ola revolucionaria del siglo XX estuvo precedido por eventos relevantes (las huelgas de masas sobre las que imaginaba posibilidades revolucionarias Rosa Luxembugo, la revolución de 1905, la Comuna de París, etc.), el ascenso de los partidos socialistas y de la Internacional en toda Europa, la presencia relevante de la cultura socialista en el mundo. El desarrollo de la última ola, la de los ’70, se produce en el cenit de la marcha hacia delante de la izquierda mundial, que culmina con Vietnam y Nicaragua. Nada de eso está presente hoy. Todo lo contrario, estamos en el nadir del movimiento socialista: solo existimos porque la ultraderecha nos inventa. De modo que, a menos que Marcelo pueda mostrar algo sustantivo, afirmar que el mundo no se prepara para una revolución socialista mundial es, simplemente, la triste y cruda verdad. Obviamente, siempre se pueden leer estos datos del oscuro presente como signos de algo que “vendrá”. Lo cual nadie niega: “al menos por ahora…” Pero no se elabora una estrategia sobre lo que “puede ser algún día”, sino sobre lo que es hoy.
Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad: pese al cuadro que hemos pintado, ¿se puede hacer algo, aquí y ahora? La izquierda en general, incluyendo a Marcelo y Política Obrera, dicen “no”. Hoy no. Ah, pero mañana… No hay mejor forma de justificar la pasividad actual que prometer cataclismos universales la semana que viene. Este es el mecanismo político e intelectual que lleva a esa izquierda de la que Ramal quiere separarse, pero a la que se encuentra inextricablemente unido, a mantener una fraseología revolucionaria que se lleva muy mal con la práctica real, donde, por mucho que se hable de insurrecciones, domina el parlamentarismo más ramplón. Vía Socialista dice “sí”: se puede aprovechar la indudable crisis de las representaciones burguesas para ofrecer a las masas un programa de gobierno aquí y ahora, que tome sus problemas más urgentes y les dé un horizonte de resolución real, hoy, no el día que llegue… ¡la REVOLUCIÓN!
¿Se puede conquistar el gobierno? Sí. La crisis del sistema político latinoamericano afloja las relaciones políticas entre burguesía y proletariado y crea una masa flotante sin anclaje ideológico. Es un hecho que tiene bases sociales muy profundas, pero, para lo que aquí importa, baste recordar que Boric no pensaba ni en ganar la interna a Jadue y terminó presidente. Lo mismo con Kast, ni hablar de Bolsonaro. Lula sale de la cárcel a la presidencia, su contrincante, al revés. Pedro Castillo era nadie y le ganó a la eterna Keiko. No hay que ir tan lejos: no hay ninguna razón por la que Miriam Bregman no podría haber sido Milei. ¿Y con la conquista del Ejecutivo, se consigue el poder? No, claramente. Pero que alguien diga que no sirve de nada un hecho político como ganar la presidencia… Se trataría de un salto cualitativo en la crisis política y una oportunidad única, que podría despertar multitudes y crear un clima insurreccional en defensa de un gobierno popular. La izquierda no piensa en esto porque no se cree capaz de ganarle al peronismo ni de gobernar un país. Espera que la realidad le resuelva, mágicamente los problemas. Por supuesto, en este punto siempre aparece Allende y las uvas verdes. La propuesta de Vía Socialista es, realmente, “una preparación y orientación de las masas”. Lo demás, chamuyo.

5. “Para Sartelli, la revolución socialista es distante. Pero, a renglón siguiente, afirma que en Argentina una victoria electoral de la izquierda, “dada la crisis del sistema político argentino, podría estar a la vuelta de la esquina” (sic). Argentina sería la excepción revolucionaria de un escenario mundial contrarrevolucionario. Para continuar con las especulaciones, imagina cómo sería “gobernar sin una revolución en marcha y como producto de las urnas, en una Argentina capitalista y con un Estado burgués más o menos intacto”. Incluso si tuviera cabida esta hipótesis caprichosa, lo único que cabe preguntarse es: ¿Cómo transformar una situación no revolucionaria en revolucionaria? ¿Cómo hacer de una victoria electoral un peldaño para una acción política de los trabajadores contra el Estado y el capital? Sartelli hace lo contrario: convierte a su conjetura en la premisa de un programa conservador y antisocialista.”

Este párrafo es curioso: “Argentina sería la excepción revolucionaria de un escenario mundial contrarrevolucionario”. Dejemos de lado lo que se explica en el libro acerca de la peculiar crisis que vive la Argentina. El lector puede verlo por sí mismo. Pero en ningún lado se dice que ganar una elección es una revolución. Más bien, todo lo contrario: ganar una elección es apenas el punto de partida para un proceso de desarrollo revolucionario de las masas. Y sí, tendríamos por delante dificultades gigantescas, como intentar la transformación de “una Argentina capitalista” con “un Estado burgués más o menos intacto” apenas con la fuerza que da una victoria en las urnas. Este planteo revela cosas que Marcelo no ve y no puede ver, porque es trotskista: 1. La voluntad de poder, a pesar de todo; 2. La conciencia plena de las dificultades; 3. La ausencia total de ilusiones sobre las posibilidades de éxito. Y, así y todo, hay que intentarlo, porque no hay otras opciones. Y este es el punto: ¿qué otra opción hay hoy, realmente? En lugar de saludar la voluntad de luchar aún en las peores condiciones, Marcelo nos hace un par de preguntas que son, precisamente, lo que responde Vía Socialista con Argentina 2050: cómo hacer de una victoria electoral un peldaño para una acción política revolucionaria, transformando una situación no revolucionaria en su contrario. La respuesta, que Marcelo no puede dar porque ni siquiera se plantea el problema, porque es trotskista, es decir, un conservador escondido detrás de una fraseología incendiaria, es sencilla: agitar entre las masas un programa político creíble, un programa económico realizable y movilizar a las masas en el único espacio que hoy por hoy se movilizan: en el plano electoral. Es lo que hay y nosotros no renunciamos a luchar en este terreno. Lo demás, parole. ¿Y si las masas salen a la calle masivamente y repudian las elecciones, derrocando al gobierno, destruyendo el Estado burgués, aparato militar incluido? Seremos los más felices seres humanos de la Tierra. Pero si eso no ocurre, hay que hacer lo que se puede, como se puede. Eso es todo. Hay que dejar de entregar a los obreros a la política burguesa escudándose en la espera del milenio y la llegada del Mesías.

6. ““Argentina fue, alguna vez, un gran país”. Sartelli se refiere de este modo al período que abarca al último cuarto del siglo XIX hasta el Centenario. “Un país donde millones de seres humanos eligieron vivir escapando de la miseria, de la opresión política, de la guerra, de todo aquello que soñaban resolver en una nueva tierra”. Es una exaltación de “la generación del 80” casi copiada de los manuales de la historiografía liberal, y más recientemente, de los discursos de Milei. Como ellos, Sartelli magnifica a un proceso migratorio – “millones de seres”-, que se topó con la muralla del latifundio. El escaso poblamiento relativo de Argentina tiene su origen en ese bloqueo a la colonización agraria, que sólo reconoció excepciones en el litoral. Luego, los migrantes al “gran país” pasaron a ser superexplotados en los frigoríficos y construcciones ferroviarias, y soportaron el hacinamiento de los conventillos. La clase obrera socialista y anarquista forjó sus primeras organizaciones a la luz de las experiencias de lucha contra la miseria social inmensa a la que pretendía condenarla la “gran nación” que ensalza Sartelli.”

Casi tendría la tentación de responder como suelo hacerlo con los liberotarios, a los que mando a estudiar. Pero como respeto a Marcelo, voy a recordarle que soy historiador de profesión. Y decir que la Argentina “de la generación del ‘80”, caracterización que nunca uso, fue “un país donde millones de seres humanos eligieron vivir escapando de la miseria, de la opresión política, de la guerra, de todo aquello que soñaban resolver en una nueva tierra”, es un hecho. Esa Argentina pasó de menos de dos millones de habitantes en 1870 a 8 en 1914. Si eso le parece poco, tal vez sea por una comparación implícita con los EEUU, un país de una dimensión extraordinariamente mayor, que ya tenía, en 1810, la misma población que Argentina un siglo después. Si hacemos la comparación con Australia o Canadá, la historia cambia. Que Milei, como centenares de intelectuales de todo pelaje a lo largo de los últimos cien años, diga que ese era un gran país, igual que nosotros, no significa nada, salvo que, porque Hitler diga que la Tierra es redonda, tengamos que decir que es cuadrada para no ser tildados de nazis. Dejo de lado que la lectura histórica que supone que el latifundio fue un limitante del proceso económico argentino es una idea, por decirlo suavemente, errónea, que desconoce el lugar que Marx otorga a la gran propiedad en el desarrollo capitalista y contiene detrás el mito farmer sarmientino, que acuñó el sueño de la reforma agraria juanbejustista y que repite toda la izquierda chacarera, trotskismo incluido. No me voy a extender sobre esto porque ya lo hemos hecho hace rato, solo recuerdo Patrones en la ruta, sobre el conflicto del campo de 2008 y La Sal de la Tierra, una historia de 1.500 páginas del proletariado rural pampeano. El primero es importante porque recuerda que toda la izquierda argentina o claudicó con el campo (MST, maoísmo) o coqueteó con sectores del kirchnerismo y las retenciones diferenciales (PTS) o fue un cero a la izquierda con una consigna hueca: ni con el campo ni con el gobierno (PO). El segundo tiene el mérito de mostrar muchas cosas, desde el carácter altamente capitalista del agro pampeano hasta la traición de la izquierda al proletariado pampeano, adoptando como propia la ideología chacarera de la FAA y la reforma agraria.
Lo más extraño, sin embargo, es esa peregrina idea según la cual una gran nación capitalista hace con los obreros algo distinto y mejor que lo que hizo la Argentina de comienzos del siglo XX. Pareciera que Marcelo cree que la historia de la clase obrera y los inmigrantes fue distinta en EE.UU., Canadá o Australia. Pareciera que Marcelo no conoce la historia inglesa o alemana, o que ninguno de los países mencionados era “una gran nación”. En eso consiste ser una “gran nación capitalista”: incrementar exponencialmente la explotación del trabajo. Y, aun así, o, mejor dicho, por eso mismo, se trata de un proceso progresista, salvo que se considere mejor la Argentina del Facundo que la de Yrigoyen. O que un proceso de acumulación capitalista tiene que dar resultados sociales “socialistas”. Si, esa Argentina fue un gran país, una gran nación y todavía tendría por delante una hermosa aventura capitalista, la base gracias a la cual hoy, vos y yo podemos pensar en otro mundo y otra sociedad.

7. “A la hora de interpretar el “fracaso argentino”, Sartelli desgrana el clásico argumento desarrollista: la industrialización fue “tardía”. “Cuando (Argentina) comienza a desarrollar ramas industriales, la acumulación de capital en dichas ramas (en los países avanzados) lleva décadas o incluso más de un siglo”. En esta interpretación, la relación entre las potencias capitalistas y los países atrasados es sólo una carrera en el tiempo – algunos están adelantados, otros rezagados. Sartelli ignora la interdependencia de la economía mundial en la época del imperialismo y el capital financiero: la industrialización argentina fue promovida y a la vez bloqueada por el capital extranjero, partero del desarrollo desigual. A partir de esa omisión, Sartelli traza una caracterización también arrancada de las usinas del liberalismo agroexportador: Argentina, dice, “vive de la renta diferencial del suelo”, la cual ha alimentado a una industria parasitaria e ineficiente. De allí, desprende una división ideológica de la historia política argentina, entre el peronismo, como “partido del mercado interno, dirigido por una burguesía industrial local que es la base del atraso…”, y el “neoliberalismo”, representado por “las fracciones agrarias y los sectores más poderosos de las industrias y finanzas locales (incluyendo aquí al capital extranjero”. Para Sartelli, la fuerza de este sector consiste en “su capacidad para recuperar (sic) la economía después de la recesión a la que lleva necesariamente el peronismo”, aunque para ello “necesite destruir las condiciones de vida de la mayoría de la población”. Este neoliberalismo sería, para Sartelli, “económicamente más racional” pero “políticamente muy débil”. No hay nada de original en todo esto: es el pensamiento del think tank derechista de las últimas décadas, llamado por algunos “la encrucijada (o la tragedia) argentina”: la política aperturista o “promercado” tendría una salida para el país, pero el pueblo no quiere o no puede verla. Una variante de esta tesis es la que sostienen los teóricos de la “puja distributiva” (entre salarios y beneficios), que atribuyen el impasse del capitalismo argentino a la renuencia de la clase obrera en aceptar un retroceso histórico de sus condiciones de vida. Los ideólogos de derecha de esta tesis son los que ahora festejan las circunstanciales victorias electorales de Milei, ya que por primera vez las políticas “racionales” -al decir de Sartelli- contarían supuestamente con aval popular.”

Otro párrafo curioso: como se explica en el libro, llegar tarde (otro hecho) no es simplemente una cuestión de tiempo. Precisamente, la interdependencia de la economía mundial hace que el capital que ingresa a la contienda debe adecuarse, adaptarse, limitarse, proyectarse, en relación a ese contexto objetivo ya existente. Decir que “la industrialización argentina fue promovida y a la vez bloqueada por el capital extranjero, partero del desarrollo desigual” es, otra vez, o no decir nada, o colocar en el capital extranjero el único elemento dinámico del proceso y hacer abstracción de las condiciones objetivas de partida, por ejemplo, la configuración geográfica, la dotación natural de recursos, la magnitud de la población precapitalista, la calidad de suelos, la estructura social, etc., etc. No hay capital extranjero que cree un capitalismo agrario en el Chad, ni se puede desarrollar industria pesada sin ciertas precondiciones (como la presencia importante de la minería del hierro). Eliminar la estructura de clases del país del análisis es otra consecuencia de esta unilateralización y empobrecimiento del análisis que resume todo en “el capital extranjero”. Esta pobreza conceptual deviene de la vulgata trotskista según la cual la Argentina es un país semicolonial y dependiente, que no ha completado su desarrollo nacional. No quiero decir “peronismo” para no entrar en la chicana fácil…

La ignorancia de la bibliografía más elemental lleva a Marcelo a atribuir al liberalismo el uso de la categoría “renta diferencial”, cuando tiene una historia muy conocida, de Ernesto Laclau para acá. El uso de tal categoría para la experiencia argentina es un logro teórico marxista, no una copia del liberalismo, con el que se coincide, por supuesto, en que la Argentina era (y es) un capitalismo de base agraria. Es un hecho… Ahora bien, un país que vive de la disputa por la renta, tiene un sector que la defiende como insumo de capitales parasitarios (otro hecho, salvo que Marcelo esté dispuesto a defender a gente que ni siquiera se anima a defenderse a sí misma…). Siendo tales, emplean a la masa de la población, de allí su fuerza social. No pudiendo exportar, es decir, alcanzar la productividad media del trabajo industrial mundial, encuentra en el mercado interno su techo. De allí las retenciones, el endeudamiento y el empobrecimiento. Obviamente, hay sectores que promueven una política capitalista más racional, en el sentido de la racionalidad propia del capital, porque de eso estamos hablando, no de lo que a mí me gusta, sino de lo que es. Y, desde el punto de vista de la racionalidad del capital, la destrucción del capital sobrante es el insumo necesario de la acumulación ampliada del capital. Salvo que El Capital haya dejado de ser un libro útil. ¿Significa eso que Vía Socialista defiende el neoliberalismo? Rara defensa “neoliberal” una que se propone expropiar al capital.
Pero Marcelo supone que nosotros sostenemos lo mismo que los “think tanks” neoliberales: que el pueblo argentino es el culpable del atraso del país por no hacer caso a los neoliberales. Esto ya roza la mala fe: en el libro se dice claramente que la “solución” liberal no puede funcionar, ni aunque tenga éxito, y que al país “neoliberal” le sobran 20 millones de argentinos. Precisamente, lo que el libro dice es que liberales y peronistas son las dos caras de la misma moneda del fracaso argentino. Lo que el libro dice es que la Argentina burguesa está agotada y que solo puede rescatarla de una catástrofe histórica una intervención directa del proletariado, tomando en sus manos los medios de producción y produciendo las transformaciones necesarias que suponen un control centralizado de la economía y la planificación del desarrollo. Lamento que Marcelo no haya visto este argumento profundo y haya preferido utilizar el modesto recurso de la asociación de Vía Socialista con el liberalismo. Que otras corrientes nos acusen de “peronismo” es una muestra de la pobre capacidad de lectura o de la mala fe que domina amplios campos de la izquierda.

8. “En toda esta construcción amañada, está ausente el proceso histórico concreto, el papel del mercado mundial y de las crisis capitalistas. Pero principalmente, hay una omisión completa del lugar del imperialismo y del capital financiero. Argentina se convirtió muy tempranamente en un vertedero del capital sobrante que volcaron las metrópolis imperialistas como consecuencia de la recesión que atravesaron en 1870-1880. Esas inversiones financiaron el desarrollo de algunas ramas -principalmente el ferrocarril- al costo de un endeudamiento explosivo, que desembocó en la gran crisis de 1890. En las décadas siguientes, los gobiernos de la “gran nación” hipotecaron los saldos superavitarios del balance comercial en el pago de esa deuda usuraria. El primer “parásito de la renta diferencial”, por lo tanto, fue el capital financiero internacional. En cuanto a la limitada industrialización argentina, ella se “consumió” parte de esa renta por necesidad de la propia oligarquía agraria, que necesitó ferrocarriles y puertos para transportar sus carnes y granos; luego, alimentos y ropas de trabajo para los obreros que erigieron la infraestructura exportadora y las grandes urbes. La burguesía nacional surgió en los intersticios que dejaron las crisis mundiales y las guerras imperialistas, que obligaron a sustituir por producción local a las manufacturas que se importaban, en medio del cierre de mercados o de la caída abrupta de los precios internacionales de las materias primas. La relación entre la burguesía argentina y el capital imperialista osciló de acuerdo a la marcha de la crisis mundial y la lucha de clases, y no de las ideologías: bajo el conservadurismo liberal de la década infame, en los años 30, afloraron las medidas económicas estatistas -Banco Central, Junta de Granos- para proteger a la burguesía de la crisis mundial y contener la radicalización obrera. Del lado del peronismo, la relativa autonomía económica abierta por la Guerra no pasó de los años 40; muy poco después, Perón volcó a su gobierno a tramitar el socorro del capital extranjero y los organismos financieros internacionales. Muchos años después, bajo Menem, el peronismo tomaría en sus manos el programa neoliberal de privatizaciones, ajuste y liquidación de derechos laborales. En relación al endeudamiento con el capital financiero internacional, los liberales “racionales” de Sartelli son responsables de haber incubado las más catastróficas crisis de deuda, que luego afrontaron rigurosamente los pagadores seriales (CFK, sic) del campo “nacional y popular”.”

Poco que comentar. Salvo que la renta diferencial, que antes no existía, ahora aparece para explicar el carácter “usurario” del imperialismo. Esta caracterización del capital “usurario” se parece más a la moralina peronista-nacionalista que a un análisis marxista. Reducir la deuda a “usura” es descender al análisis económico de la Iglesia católica del siglo XIII. Se entiende que un país atacado por la “usura internacional” no puede ser una “gran nación”. Sin embargo, para refutar esta perspectiva basta con señalar que durante la etapa de dominio mayúsculo del “capital usurario” la Argentina tuvo un proceso de desarrollo económico sin precedentes, con creación real de riqueza y despliegue asombroso de las fuerzas productivas. El país que en 1870 importaba trigo y que en 1875 tenía apenas un millón y medio de hectáreas de trigo, lino y maíz, pasa, en 1920, a 18 millones. En 1870, tenía 170 km de vías férreas; en 1915, 33.000. Es sorprendente ver a un marxista reproducir los argumentos de un comentarista menor del nacionalismo vernáculo como Scalabrini Ortiz. El endeudamiento es normal en el proceso capitalista y no entender su lógica es simplemente no entender nada. Aquel endeudamiento construyó un país (los ferrocarriles, los puertos, etc., etc.). El endeudamiento actual es la forma de supervivencia de un capital moribundo. La idea de un país “hipotecado” y oprimido por la deuda a comienzos del siglo XX no resiste la evidencia histórica. La misma ignorancia de la bibliografía más elemental lleva a Marcelo a repetir un cliché insostenible: la industria argentina nace después de la crisis del ’30… Caramba. Muy suelto de cuerpo, no le alcanza con esto y pretende enseñarme el abc de la historia argentina cuando relativiza las “ideologías” y recuerda que las primeras “intervenciones” las realizan los “liberales” y los peronistas nunca dejan de “liberalizar” cuando conviene. ¿En serio? Mirá vos, las cosas que se aprenden… Dicho esto, ¿qué tiene que ver con lo que se discute?

9. “El “fracaso argentino”, en definitiva, es el de un estado nacional que se consolida en la época de madurez y declinación del capitalismo, la época del capital financiero, de “guerras y revoluciones”. La semiindustrialización ha brotado en los repliegues de las crisis capitalistas recurrentes, y sufrió las limitaciones impuestas, a la postre, por esas mismas crisis. Sartelli reemplaza a este análisis histórico por los prejuicios ideológicos. Y en el terreno de esos prejuicios, se queda con el discurso de la burguesía agraria.”

Según Marcelo, el capital está “declinando” desde hace 100 años. Caramba. Y la “semiindustrialización” sufre las limitaciones impuestas por “esas mismas crisis”… O sea, es la crisis mundial (¿cuál de todas?) lo que explica el fracaso de la industria argentina. Uno debiera ver, entonces, el fracaso de todas las “semiindustrializaciones” similares a la Argentina: Australia, Canadá, México, Brasil, no hablemos de Corea del Sur, China, etc. A este palabrerío vacío Marcelo le llama “análisis histórico”. Por supuesto, no se priva de transformarnos en defensores de la “burguesía agraria”… La única corriente que llama a la expropiación de toda la pampa resulta ser defensora de la burguesía agraria. Y esto dicho por un defensor de la “reforma agraria”, es decir, un defensor del pequeño capital…

10. “Como contraposición al “fracaso argentino”, Sartelli ofrece los casos de Japón, de Corea del Sur o Suecia, hipotéticos modelos de lo que sería, al menos en términos de resultados económicos o sociales, la “Argentina 2050”. Sartelli recorre el derrotero de esos países para mostrar de qué modo Argentina podría sumarse al elenco de los protagonistas internacionales de una industrialización periférica. “Corea del Sur más Suecia”, sintetiza, como modelo de “Argentina 2050”. También, en este punto, asoma un mesianismo emparentado con el discurso libertario, tan escuchado en los recientes discursos oficiales. El propio Sartelli, sin embargo, se encarga en su libro de precisar los límites históricos de estas experiencias de desarrollo capitalista. Japón emergió de la Segunda Guerra como una suerte de protectorado norteamericano. Sus industrias se reconstruyeron como proveedoras del ejército yanqui para la Guerra de Corea. El célebre método toyotista, presentado como pilar de la “modernización laboral”, fue una plataforma de sobreexplotación que sólo pudo serle aplicada a la clase obrera japonesa después de la derrota de la gran huelga de los obreros de Toyota en 1950. Pero el milagro japonés se desplomó bajo el peso de las contradicciones capitalistas: la pretensión de desarrollar una exportación de capitales a gran escala hacia los años 90 chocó con los límites impuestos por los grandes rivales imperialistas y terminó con el estallido de una burbuja especulativa. En cuanto al toyotismo fabril, comenzó a sufrir la competencia de sus replicadores en el sudeste asiático, en primer lugar, de Corea del Sur. La industrialización de este país, exaltada por Sartelli en su libro, es una versión retrasada de la experiencia japonesa. Después de la guerra y la fragmentación del país, el imperialismo premió a la burguesía surcoreana con un torrente de subsidios y préstamos blandos, que el Estado canalizó a las chaebols (corporaciones coreanas). Con todo, la mayor estatización es la que se le impuso a las organizaciones obreras, para asegurar un salto feroz de la tasa de explotación.
El “milagro” coreano encontró su punto de inflexión en la gran crisis de 1997 y en el rescate del FMI. Recién entonces el imperialismo recordó que existía en el país un “capitalismo clientelista”. Hace rato que Corea del Sur ha salido del panel de las naciones con mayor crecimiento. En un país con un 50 % de la fuerza laboral precarizada, el Milei coreano anunció recientemente la ampliación de la jornada laboral de 59 a 62 horas semanales -un régimen de barbarie laboral- en medio de crisis políticas terminales y huelgas generales masivas. ¿Y Suecia? El modelo sueco de estado del bienestar y paz social, que Sartelli ofrece como ejemplo, al menos en términos de sus resultados sociales, ha ingresado en un tobogán irrefrenable desde mediados de los años 70. El retroceso de los indicadores sociales, el desempleo juvenil y los síntomas de desintegración social son extendidos. Los sindicatos tradicionales han fracasado en impedir los avances antiobreros contra las condiciones laborales. Pero con el hundimiento del viejo colaboracionismo obrero patronal emerge un sindicalismo alternativo y de base apoyado en la clase obrera migrante.
Sartelli mira a “Argentina 2050” en el espejo de Corea del Sur o Suecia, cuando la crisis mundial impone la liquidación de las fuerzas productivas sobrantes y descerraja toda su fuerza sobre estos capitalismos periféricos.”

La experiencia de Corea del Sur está puesta en Argentina 2050 para probar varias cosas, no como “modelo” de desarrollo, porque no creo en el concepto de modelo (voy a regalarte, Marcelo, apenas salga, Ninguna igual, el libro en el que desarrollamos la crítica al concepto de modelo y explicamos por qué la experiencia argentina en buena medida es única y requiere una solución original). En primer lugar, que se puede revolucionar las fuerzas productivas en muy poco tiempo y sacar al país del atraso en una o dos generaciones. Si un país con tan pocos recursos, tan pequeño y tan destruido como Corea del Sur pudo hacerlo, la Argentina puede. En segundo lugar, que ese proceso no fue espontáneo ni dirigido por el mercado, es decir, no fue un éxito “liberal”… Por el contrario, el ejemplo de Corea del Sur, como del sudeste asiático en general, yace, en buena medida en la centralización estatal y en la planificación. En tercer lugar, sirve para combatir el “distribucionismo” peronista y el “espontaneísmo” del trotskismo y la izquierda en general. El primero supone que se puede distribuir riqueza sin producirla; el segundo, que la infinita “creatividad” del proletariado resuelve espontáneamente los problemas, porque todo es una cuestión “social”, no hay cuestiones técnicas que resolver. En cuarto lugar, el ejemplo de Corea del Sur grafica la necesidad de lograr una base material adecuada al tipo de sociedad que quiere tenerse: con Corea del Norte o Cuba, solo se socializa la miseria. Si queremos un nivel de vida como el de Suecia en los ’70, necesitamos una economía que pueda soportarla. En quinto lugar, al igual que Corea del Sur, dado el reducido espacio de acumulación que representa el mercado interno argentino, el despliegue de la industria argentina, en cantidad y calidad, supone la conquista del mercado mundial, es decir, una estrategia exportadora. En sexto lugar, que la experiencia coreana se apoya en la concentración de las fuerzas productivas, es decir, es un programa anti-pyme.
Decir que Japón se estancó, o que Corea del Sur fue “premiado” por el imperialismo (algo que está dicho en Argentina 2050), es desfigurar la historia real y simplificar al extremo las contradicciones de la economía mundial. Pareciera decir que esos países no son hoy algo radicalmente distinto de lo que eran hace 70 años, que no vivieron una transformación espectacular y que, sobre la base de las fuerzas productivas que desarrollaron no se puede construir nada. Lo mismo con Suecia: porque ahora el otrora modelo social nórdico está siendo desmantelado, eso no ocurrió o es efímero, por más que haya durado 40 años. Es más, pareciera decir que la Argentina no tiene nada que envidiarles o que el desarrollo económico y social es imposible, salvo que el imperialismo quiera… Pero esto, precisamente, es lo que Marcelo nos viene diciendo, de mil maneras: no hay nada que hacer, o te salva el imperialismo o hay que esperar al Mesías. ¿Se entiende por qué decimos que el trotskismo es inútil y, a la postre, conservador? ¿Se entiende por qué la clase obrera argentina siempre va a preferir al peronismo, por más que lo que proponga sea un conjunto de ilusiones ridículas?

11. “A renglón siguiente, Sartelli se aboca a explicar en qué consistiría su vía socialista, y despliega inicialmente lo previsible: “lo único que pretendemos es socializar los grandes medios de producción”. “Ni apropiación de kioskeros, ni de medias de lana y calzoncillos largos”. Puede suponerse de esta afirmación una socialización de la gran industria o las grandes corporaciones capitalistas. Pero enseguida se corrige: “lo que funciona, entendiendo como tal, lo que está alineado con la productividad internacional, es decir, no requiere subsidios ni directos ni indirectos, no se toca”. “No solo porque probablemente no tengamos energía social para tal cosa, sino porque manejar una empresa, no digamos el conjunto de la economía, sobre todo una empresa eficiente y de escala mundial (Techint o Arcor, por ejemplo) supone un gigantesco know how, una gran experiencia y un conjunto muy aceitado y enorme de técnicos confiables”. Con independencia de la pedante conjetura acerca de lo que debe y no debe ser expropiado, algo que deberá resolver la clase obrera en el poder, vale la pena detenerse en la secuencia de Sartelli: lo pequeño o débil no será expropiado, por pequeño y débil; lo grande y concentrado, tampoco lo será, por “eficiente”. El razonamiento de Sartelli conduce, no a la “Vía Socialista”, sino a la “Vía Capitalista”. A mitad de camino entre débiles y fuertes, están los capitalistas subsidiados, pero “no hay más subsidios para ningún capital ineficiente. El capitalista que no pueda sobrevivir como capitalista, que no pretenda socializar sus pérdidas”. En el Panóptico de Sartelli, “estos capitalistas serán invitados a a participar de un proceso de centralización y concentración en unión con el Estado”. De este modo, “la propiedad estatal crecerá, ya sea por la concentración de capitales ineficientes en empresas mixtas o por la absorción y reestructuración de empresas ´recuperadas´”.

Llegados a este punto, conviene recordar para qué coyuntura y con qué presupuestos ha sido construido Argentina 2050, a pesar de que se insiste mucho en el libro sobre esto: se supone que no hay ninguna revolución mundial en marcha y que no hemos llegado al poder gracias a una insurrección devastadora del poder burgués, sino que hemos apenas alcanzado el poder ejecutivo por el voto popular, para conducir un Estado capitalista con su poder militar intacto. No hay masas en la calle expropiando fábricas ni campos. Es decir, solo contamos con la escasa energía que produce un triunfo electoral. O sea, lo que hay hoy en la vida real. En ese contexto, la primera tarea de un gobierno socialista es sobrevivir. Y eso se consigue haciendo que la economía funcione y concentrarse en unas pocas tareas básicas que mejoren la situación general y consoliden las bases sociales del gobierno. Decidir que ciertas empresas no pueden expropiarse porque sería empeorar la situación es racionalidad elemental, como la que llevó al Partido Bolchevique a rechazar las expropiaciones alegres en nombre del “poder obrero” que desquiciaban una economía ya destruida. Decidir qué expropiar y qué no, cómo y cuándo, claramente no es un “acto de pedantería”, sino de dirección política, sobre todo cuando la clase obrera no está “en el poder”, salvo que se crea que tal cosa ocurre simplemente cuando vota a un gobierno por un período de cuatro años… Juzgar el plan de gobierno, las medidas inmediatas a aplicar, algo que Marcelo resuelve con el simple expediente de la “clase obrera en el poder”, o sea, una afirmación demagógica que elude los problemas reales con frases grandilocuentes, sin tener en cuenta el contexto para el que fue pensado, es, otra vez, o ignorancia metodológica o mala fe. Sazonada, por supuesto, con más demagogia obrerista… Marcelo no parece entender la descomunal tarea que nos proponemos detrás de la aparente modestia de los objetivos. Se parece a Mordisquito, un personaje con el que Discépolo atacaba al anti-peronismo, que contaba la historia de un músico que, sentado en un banquito que hacía equilibro sobre una silla apoyada en dos patas en la punta de una bamboleante escalera, tocaba el violín, mientras, cinco metros más abajo, bien parado sobre sus pies en el piso, un crítico comentaba a otro: “pero desafina…” ¿Vamos a hablar en serio o vamos a oponer fraseología vacía a un intento de pensar una estrategia que nos saque del marasmo político y pueda ofrecer una alternativa no burguesa a un proletariado perdido en las brumas del fracaso y la resignación? ¿Tenemos que explicar lo que ya está bien explicado en las mismas palabras de Argentina 2050 que nuestro crítico tuvo la amabilidad de citar? ¿Es necesario explicar que un gobierno surgido en las condiciones que explicamos no puede ponerse a expropiar a tontas y a locas cualquier cosa que se le cruce?

12. “Vale la pena detenerse en este desfile de inconsistencias. Si se eximiera de la expropiación del capital a todo lo que -según Sartelli-, “funciona”, entonces nos encontraríamos ante un sinsentido histórico. ¿Para qué el socialismo? El capital mundial se encuentra concentrado en un conjunto de corporaciones hiperarticuladas en sus estructuras internas, con departamentos especializados en diferentes áreas y la mayor calificación profesional. Deberíamos dejar, entonces, a la gran corporación hacer su trabajo. Es lo que propugnaba Eduard Berstein, quien entendía que la socialización del trabajo impuesta por el gran capital conduciría, sin partos históricos ni revoluciones, a la sociedad socialista. Sartelli piensa igual, y no quiere vérselas con Techint y Arcor. Rosa Luxemburgo, en cambio, puso de manifiesto la contradicción entre la estricta planificación y socialización del trabajo al interior de la empresa capitalista, de un lado, y la incapacidad del capital por disciplinar u organizar a la economía mercantil, del otro. La socialización del trabajo tiene como contrapartida a la más aguda anarquía del mercado. Techint es toda una corporación, pero se encuentra acosada por el acero chino. Arcor ha visto caer sus ganancias a la cuarta parte por el derrumbe del mercado interno en 2025, y debe reestructurar una deuda millonaria.”

Marcelo continúa aquí con su discusión “aérea”, es decir, abstraída del escenario para el que fue diseñado el programa: no para discutir alegremente sobre el mundo y sus alrededores y lo que diría Rosa Luxemburgo, sino para encarar un gobierno real, en la Argentina actual, en las condiciones actuales de la “lucha de clases”. En este escenario, el primer desafío del gobierno socialista es dividir el frente burgués y evitar el colapso de la economía por la inevitable ofensiva que el capital en general operará, desde las instituciones políticas y militares y desde la economía misma. Un proceso inflacionario violento, fuga de divisas, disparada del dólar, desabastecimiento, etc., etc. En ese contexto, lo primero que se debe hacer es evitar acciones que no puedan ser respaldadas por las masas en la calle. Y, aún en ese caso, que nos lleven a una confrontación inmediata para la que, muy probablemente, podemos no estar preparados. La acción lógica, y para eso está preparado el programa, es llegar a un acuerdo con la burguesía. En todo acuerdo, algunos ganan, algunos pierden. En este caso, la que pierde es la burguesía financiera, porque es tarea del gobierno socialista controlar el sistema financiero, primero que nada. A la gran burguesía productiva, hay que garantizarle la continuidad de sus negocios y un acuerdo sobre subsidios, productividad y propiedad. Techint, Arcor y otras por el estilo, serán invitadas a participar de una política de “campeones”: créditos blandos para el aumento de la productividad, apoyo en la conquista del mercado mundial, prioridad en el mercado interno, reducción de impuestos, a cambio de expansión del empleo, inversiones sinérgicas al resto de la producción nacional y participación del Estado en la propiedad y, por lo tanto, en las ganancias. Una, a lo sumo, dos empresas por rama. De esta manera, se mantiene la actividad económica, se amplía la acumulación y, por lo tanto, el empleo formal y salarios mayores al promedio, amén del crecimiento de la propiedad estatal por la vía de la participación del Estado en las grandes empresas. Y, por sobre todas las cosas, el gobierno, que apenas maneja el Poder Ejecutivo, se saca de encima el gigantesco problema de gestionar complejísimas y gigantescas organizaciones internacionales. Espero que Marcelo no me conteste que gestionar una Techint es cuestión de entregarla “al control de los trabajadores”. Seguramente, a todos los que esperan ansiosos la llegada del Mesías, esto le parecerá poca cosa, pero yo les pediría que recuerden el pasaje del comunismo de guerra a la NEP y después me cuenten.
Obviamente, un gobierno socialista en las condiciones en que hemos destacado, se enfrentaría rápidamente a los límites de la economía argentina. Seguramente tendría la oposición de las fracciones agrarias, toda vez que las retenciones no serían eliminadas (a pesar de que, según Marcelo, somos expresión del “capital agrario”…). Pero el problema más grande no se ubica aquí, puesto que no comenzaríamos expropiando el campo, por las razones que ya hemos explicado y tampoco llevaríamos adelante una política irracional de “reforma agraria”. Debe quedar claro que, en el campo, nuestro enemigo es el chacarero y que, en general, nuestro aliado es el gran capital productivo. El problema más grande, porque allí se encuentra no solo el núcleo del atraso, sino el límite social a toda modernización de esa estructura: las “pymes”. Quedan aquí excluidas las seudo-empresas (los “kioskeros”), propiedad de pequeños propietarios que total o parcialmente realizan tareas productivas en la unidad económica. Esas no son “pymes”, son a lo sumo, emprendimientos familiares. Cuando nos referimos a pymes, hablamos de grandes empresas, como FATE o Mauro Sergio. Es el núcleo del atraso por las razones que se expresan en el libro: carecen de toda capacidad competitiva. A diferencia del liberalismo, que tira el bebé con el agua sucia, el gobierno socialista tiene que realizar aquí una operación compleja: cambiar las patas de la mesa sin que nada que esté encima se caiga. Aumentar la escala y modernizar la tecnología supone menos empleos. Reestructurar el sector pyme conlleva esa contradicción. El gobierno debe llevar adelante un proceso de concentración de la producción para ganar escala y competitividad sin destruir empleos. La única forma de hacerlo es reconstruir el mercado interno (aumentando salarios y disminuyendo la competencia externa) al mismo tiempo que estimula una política exportadora. Es obvio que por su número y por su influencia sobre las enormes masas de obreros que emplean, las pymes no pueden ser expropiadas, amén de que su expropiación simplemente amontonaría chatarra en manos del Estado. Por eso la apelación a la empresa mixta voluntaria. Obviamente, quien no se suma a esta política, se arregla con el mercado y, si se funde, se funde. Estoy apenas delineando una perspectiva. Por esta vía nos evitamos una confrontación directa con un enemigo peligroso, evitamos la expropiación de chatarra y aumentamos la propiedad estatal. Entiendo que esto, para quien se cree un Prometeo capaz de robar el fuego a los dioses, es poca cosa, pero que alguien me diga qué otra cosa se puede hacer. No valen apelaciones romántico-demagogicas a un obrerismo ramplón…

¿Entonces, el gobierno socialista no va a expropiar nada? Recordemos que la “expropiación de los expropiadores” es un acto violento, que se produce mediante una guerra civil. Obviamente, se puede expropiar pagando, a la Chávez, pero eso no es una verdadera expropiación, toda vez que simplemente se cambia una propiedad (una empresa) por otra (una cantidad de dinero). Una verdadera expropiación supone la eliminación de la propiedad privada misma. Ni por asomo el gobierno socialista está en condiciones de ninguna de las dos cosas: de la “chavista”, porque no vamos a comprar chatarra ni empresas que, a la larga, pasarán a dominio público, amén de que lo que le va a faltar al gobierno van a ser recursos no ya para expropiar, sino apenas para sostener el día a día. De la expropiación real, por el presupuesto de partida: si estuviera en marcha una revolución mundial, si estuviéramos en los años ’70, no estaríamos hablando de esto. La única expropiación posible a un gobierno socialista en las condiciones reales en las que nos movemos, está ligada a las causas judiciales que enfrenta buena parte de la burguesía argentina por impuestos impagos, evasión, coimas, etc. Basta con expropiar a Báez y Cristóbal López y ya podemos cerrar los casinos, tener una red de estaciones de servicios y reconstruir Vialidad Nacional. Pero la gran apuesta del primer gobierno socialista es la creación de un millón de empleos productivos, estatales, a partir de actividades de exportación. Lo explicamos en el libro y allí nos remitimos. Si un gobierno socialista puede crear un millón de empleos productivos, iniciar una verdadera reconstrucción del Estado nacional y avanzar en la reestructuración de la industria argentina, no solo el problema de déficit estatal y de la inflación se evaporan, sino que puede iniciar un segundo mandato para consolidar y avanzar en su proyecto con pie firme. Dejo de lado los conflictos institucionales que seguramente habrá que afrontar, porque por ahora no forman parte del debate. Comprendo, otra vez, que esto suene poca cosa. Aun así, no voy a repetir otro “pero”, creo que ya se entendió.

13. “La transición socialista de Sartelli deja libradas a su suerte -y sus beneficios- a las corporaciones capitalistas “exitosas”, y le carga al Estado la reconversión de todo lo que supone ineficiente o poco productivo. Es un camino ruinoso, porque priva al estado obrero de los recursos y posibilidades de aquellas industrias que el régimen social anterior ha legado con un mayor rendimiento del trabajo. De todos modos, en la lógica de Sartelli la supervisión o participación estatal en el sector “no eficiente” es una suerte de transición hacia el remate de activos: “Las ramas de la economía que no puedan modernizarse y no nos intereses modernizar (porque resultan más baratas de comprar en el mercado mundial, es decir de intercambiar por trabajo local caro) deberán desaparecer”. Sartelli propone remunerar a todos los desocupados con un salario “equivalente a la escala más baja de la administración estatal”, y remitirlos a una bolsa de trabajo. Es probable que un gobierno que consiga semejante liquidación de fuerzas productivas, a cuenta del gran capital industrial y agrario, hasta consiga fondos del Banco Mundial para semejante cometido.”

Otro párrafo sorprendente. Llama la atención que un miembro destacado de una corriente política que supo plantear más o menos lo mismo que Vía Socialista, solo que en un terreno más acotado, el de las empresas recuperadas, no vea en nuestra política la misma lógica: rechazar la “empresa en manos de los trabajadores” lisa y llanamente, en nombre de una coordinación general, la formación de un sistema de empresas, etc., etc. No me sorprende, sin embargo, que llore por la suerte de las pymes: el trotskismo es un defensor del mundo pyme. Y sí, Vía Socialista se propone una expropiación gradual y coordinada. Con respecto a la bolsa de trabajo de la administración estatal, no sé por qué supone que el sueldo más bajo de la administración nacional va a ser más bajo que el de una pyme quebrada. La política de salarios del gobierno socialista no puede ser desarrollada plenamente aquí, pero va de suyo que la suerte de los empleados estatales con Vía Socialista va a ser la inversa de Milei. Lo que sí tiene que quedar claro es que la idea de “bolsa de trabajo” tiene por función: 1. Evitar la política kirchnerista de disimular la desocupación por la vía de expansión de pensiones y jubilaciones o empleos estatales innecesarios e improductivos; 2. Permitir al Estado movilizar recursos allí donde se necesiten según la planificación económica nacional. 3. Garantizar que nadie, nunca, se quedará sin trabajo en la Argentina socialista. Por supuesto, si el Banco Mundial y otros por el estilo quieren darnos una mano con eso, serán bienvenidos. Lo dudo, pero nunca se sabe. Marcelo prefiere ver un plan de ajuste neoliberal donde hay su contrario. Lo sé un intelectual muy capaz, de los mejores de la izquierda argentina. Solo puedo entender lo que aquí he definido como “mala fe” como consecuencia de las anteojeras ideológicas del trotskismo, que es incapaz de pensar la acción política fuera de un escenario de catástrofe del estilo de la primera posguerra mundial. Salvo que estemos esperando la revolución como consecuencia de una situación tipo The Walking Dead, habría que tratar de pensar en cosas más concretas…

14. “Sartelli quiere organizar a su estado socialista sobre el principio de la “competitividad”. Pero la “competitividad” es una categoría de la economía burguesa; supone una disputa por mercados en base al rendimiento del trabajo, o sea, de una mayor explotación de la fuerza laboral, ya sea por medios absolutos o relativos. Cuando un estado obrero se plantea la cuestión de su “competitividad”, lo hace a partir del choque planteado entre la sociedad que ha expropiado el capital, de un lado, y el mercado mundial capitalista, del otro. Este choque convierte a los trabajadores del Estado obrero en una clase parcialmente explotada por el capitalismo mundial. Por esta condición, Lenin caracterizó a la clase obrera soviética como una clase semidirigente y semioprimida. Pero en lo que hace a su condición de “semidirigente”, la transición socialista se vertebra sobre el principio contrario al de la regulación mercantil; es decir, el de la planificación conciente de las fuerzas productivas en función de la elevación material y moral de la clase obrera. La transición socialista comporta la violación de la regulación mercantil, es decir, de la ley del valor, incluso cuando la economía mundial se rige según su vigencia. Sartelli pretende una “vía socialista” fundada integralmente en la ley del valor, y de ningún modo en su negación –ni siquiera parcial o condicionada a los compromisos o límites impuestos por la economía mundial-.”

Este párrafo no contiene ningún misterio, es ya un error hecho y derecho. No quiero repetir, otra vez, que estamos discutiendo un programa pensado para un momento no revolucionario a escala mundial. Y en el mundo de hoy, domina el capitalismo. Si queremos sostener una economía creciente, hay que exportar. Exportar supone competitividad. Y sí, supone participar de un mercado en el que domina la ley del valor, la explotación del trabajo, etc., etc. Argentina 2050 no está pensado para salvar al mundo, sino para relanzar la economía argentina y fundar, sobre otras bases, una sociedad de distinto tipo, esperando que su éxito sirva como modelo. En la medida en que se expandan los países participantes de ese “modelo”, podemos llegar a acuerdos para poner límite a muchas iniquidades de la competencia y avanzar hacia un mundo “postmercado”. Pero mientras eso no suceda, ese es el mundo real, allí hay que saltar, no en el que todos los socialistas deseáramos. Y dado que domina el mercado mundial capitalista, sí, pasa que los obreros de la argentina socialista serán “semidirigentes” y “semioprimidos”. Para combatir esa situación es que nos proponemos ubicarnos en los renglones productivos donde los salarios son los mejores y no en los peores. Pero hasta que la revolución mundial no se concrete bajo alguna forma, ese es el mar que hay que navegar. Obviamente, respetando la ley del valor. No hay forma de evitarlo y creer que se puede evadir, violar, aun cuando la economía mundial se rige por ella, es un error grave. La URSS no estaba fuera del mercado mundial y el solo hecho de participar en el mercado mundial supone adaptarse a los dictados de la ley del valor. Eso solo puede “violentarse” cuando el mercado comienza a ser superado por otro tipo de organización social a escala global. Quien no entiende esto, no entiende la caída de la URSS y no entiende ninguna transición de ningún tipo. Por supuesto, nadie que haya leído el libro sin anteojeras ideológicas perimidas puede decir que Argentina 2050 propone una adaptación a la ley del valor sin ningún límite: ¿cuál sería, si fuera así, el lugar de Suecia en la fórmula “Corea del Sur + Suecia”?

15. “Trotsky expuso magníficamente y en “tiempo real” esta contradicción, en un texto -“Hacia el socialismo o hacia el capitalismo” (1925)- que Sartelli cita sin una adecuada comprensión. Trotsky desenvuelve las tensiones en el Estado obrero entre “capitalismo y socialismo, dos sistemas que se excluyen mutuamente”. Coloca allí sin atenuantes que “La superioridad económica fundamental de los Estados burgueses consiste en que el capitalismo produce todavía mercancías más baratas y al mismo tiempo mejores que el socialismo”. A partir de allí, el líder del Ejército Rojo caracteriza las nuevas condiciones planteadas por el regreso al comercio internacional bajo los Soviets: “Nos estamos convirtiendo en un elemento -elemento extraordinariamente original, pero que no deja de ser por ello un elemento auténtico- del mercado mundial”. Trotsky explica las posibilidades que abren las colocaciones agrícolas de la Rusia Soviética en Europa. No en los términos de un sometimiento del Estado Obrero a la división internacional del trabajo y a la ley del valor -“a lo Sartelli”- sino como palanca de la construcción socialista: “A través del intercambio de productos agrícolas, obtendremos maquinaria agrícola o maquinaria para la producción de máquinas agrícolas”, es decir, una industrialización. Y señalará: “un sistema de proteccionismo socialista muy exacto, perseverante y flexible es para nosotros tanto más importante cuanto que nuestras relaciones con el mercado capitalista serán cada vez más amplias y complicadas”. En cualquier caso, y en las conclusiones de su texto, Trostsky cifra el porvenir de la transición soviética en la marcha de la crisis capitalista mundial y la revolución internacional. En otro párrafo notable, admite también que “la importación de ciertos artículos de consumo, realizada en el momento oportuno, y en la medida en que éstos sirvan para establecer el equilibrio necesario en el mercado y a cubrir las lagunas del presupuesto obrero o campesino, acelerará ciertamente nuestro progreso económico general”. Pone de manifiesto la necesidad de reforzar social y políticamente a la clase que emprendió la revolución. En la relación con el mercado mundial, Trotsky busca un camino para ahorrarle a la clase obrera los sacrificios inconmensurables del aislamiento y de la autoexplotación, mientras luchamos por la extensión internacional de la revolución. Este era el punto que separaba a Trotsky del entonces integrante de la Oposición de Izquierda, Eugene Preobrazhensky, quien impulsaba la “acumulación socialista primitiva” dentro de las fronteras del Estado Obrero. Pero la autarquía económica y el socialismo en un solo país era una mochila muy pesada para la clase obrera soviética.

Como le dije en la charla pública, Marcelo no es trotskista en el sentido de “seguir a Trotsky”. O al menos, yo me siento claramente mucho más cerca del Trotsky real. Lo que dice la cita de Trotsky, no solo implica sometimiento a la ley del valor (¿cómo va a poder vender granos en el mercado capitalista si el trabajo que produce esos granos no se regula según la productividad del trabajo que domina en ese mercado, es decir, la ley del valor?) sino que, si como dice Trotsky, el uso de sus resultados para la industrialización del país la niega, entonces, todo el programa de Vía Socialista es una violación de la ley del valor. ¿O en qué se cree Marcelo que vamos a utilizar los recursos obtenidos del mercado mundial? Nuestro crítico parece que se da cuenta de que Trotsky podría ser ministro de industria o de comercio exterior de Vía Socialista y cambia abruptamente de tema, llevando todo, de nuevo, a la solución mágica: la crisis capitalista y la revolución mundial. Y luego Preobrajensky y bla, bla, bla. Marcelo, en serio: ¿leíste el libro?

16. “Los conceptos de “eficiencia” u obsolescencia, que en la economía capitalista suelen emplearse como indicadores de la lucha competitiva entre los diversos capitales, tienen límites muy claros para explicar el rendimiento del trabajo incluso dentro esas relaciones sociales. Es que la socialización extrema del trabajo y la compleja articulación de la producción social relativiza los conceptos de industrias “eficientes” u obsoletas. Diferentes ramas económicas pretendidamente “competitivas” se nutren de diversos subsidios indirectos – por caso, a los alimentos o servicios públicos que consumen sus trabajadores-. Los estados capitalistas que han desarrollado fuertes infraestructuras estatales de salud o educación han creado condiciones para la contratación de fuerza laboral menos costosa para el capital. Si esto es así bajo el capitalismo, mucho más lo es en una transición socialista, donde los criterios de “competencia al interior de cada rama” -como plantea Sartelli en su libro- son contradictorios con los propósitos de la economía planificada.

Este párrafo es un completo misterio. Sinceramente, no sé qué quiere decir, ni a dónde va, salvo que, como está empeñado en demostrar, Vía Socialista solo se propone mejorar la explotación del trabajo para aquellos capitalistas a los que se propone expropiar.

17. “En un texto de 1992, Jorge Altamira desarrolló una crítica a los planteos que pretendían justificar la restauración capitalista en los estados obreros en nombre de la “obsolescencia” de sus industrias: “La gran ventaja del régimen de planificación, la gran ventaja histórica del régimen proletario, es que puede procesar las transformaciones tecnológicas sin proceder, de tiempo en tiempo, a una destrucción masiva de fuerzas productivas. Una empresa puede ser obsoleta, desde el punto de vista del mercado mundial, pero el tema es ver qué aporte puede significar al desarrollo económico de Cuba, China o la URSS” (“La crisis mundial”, EDM N°4, septiembre de 1992). En el mismo texto, Altamira señala la tendencia a presentar como obsolescencia a la mera crisis de sobreproducción, incluso y principalmente en el mundo capitalista. “Reconvertir, no con criterio de competencia internacional sino en base a un equilibrio de fuerzas internas, supone una estrategia internacional de lucha contra el capitalismo”. Es esto, justamente, lo que está ausente en la vía socialista de Sartelli.”

Sucede que uno se cansa de la mala lectura, se aburre y no quiere tomarse el trabajo de contestar. Marcelo: lo que dice Jorge no contradice en nada Argentina 2050, obviamente, toda vez que decimos que vamos a reestructurar la industria argentina sobre la base de lo que tenemos. Ahora, si no vamos a “reconvertir” con criterio de competencia internacional, entonces, no reconvertimos nada y simplemente lastramos a la economía. No es tan difícil de entender.

18. “Sartelli fustiga a los trotskistas, para los cuales, según él, “cualquier intento de hablar de socialismo sin remitirse inmediatamente a un proceso mundial simultáneo, es una claudicación de la revolución y una muestra de stalinismo insalvable”. Sartelli cree sacarse de encima a Trotsky con esta afirmación, sin entender que lo que él banaliza es el punto crucial de la revolución en esta etapa histórica: “nacional en su forma, internacional en su contenido”. La experiencia de la restauración capitalista en los estados donde había sido expropiado el capital da suficiente cuenta del callejón sin salida del “socialismo” autárquico. Para Sartelli, “La negación de la posibilidad de la construcción socialista en un solo país, en este último sentido, hace que la izquierda no pueda plantear un programa creíble a las masas”. Pero no hay nada menos “creíble” que una pretendida revolución confinada al cuadro nacional, cuando hace rato que las fuerzas productivas y la lucha de clases revisten un carácter internacional. En su primer documento público, los bolcheviques caracterizaron a la revolución de octubre como el “primer paso de la revolución socialista mundial”. El internacionalismo no es la “revolución simultánea”: es la comprensión de que cualquier revolución que conduzca a los trabajadores al poder de un Estado nacional deberá concebirse como parte de la lucha de la clase obrera internacional –en primer lugar, convocándola a defender a la revolución triunfante de la reacción imperialista-. Pero Sartelli, en este punto, llega demasiado lejos: “Debe quedar claro que la función de un gobierno socialista argentino no es “exportar” la revolución, sino, como veremos más abajo, predicar con el ejemplo”. Es el viejo lema staliniano de la “coexistencia pacífica”, que justificaba la política contrarrevolucionaria de sus partidos argumentando que el “bloque socialista” terminaría aventajando económica y tecnológicamente al capitalismo sin necesidad de una acción revolucionaria internacional.”

Ay, caramba. Si yo fuera Milhouse y el capitalismo mundial fuera Nelson, apostaría a la competencia pacífica por todo el tiempo que me fuera posible, salvo que Marcelo crea que todo puede resolverse a la manera de ese célebre capítulo en que los niños del barrio se organizan contra el abusón lanzándole bombitas de agua. Si no hay una revolución mundial en marcha, ¿qué otra cosa queda? Si no existe nada parecido a un “bloque socialista”, ¿qué otra cosa queda? Si el “internacionalismo” no es la “revolución simultánea”, se abren dos caminos: 1. Un gobierno elegido por las urnas y que tiene todos los obstáculos que ya señalamos, tiene que dedicarse a “exportar la revolución” y esperar que estalle rápido, al menos antes de las elecciones de medio término… 2. Limitarse a lo que pueda nacionalmente, sabiendo que el contenido “internacional” está dado por la naturaleza de lo que construye. Si Marcelo nos sugiere el segundo, nosotros le proponemos la ficha de afiliación a Vía Socialista. Mucho me temo que, conociendo al trotskismo vernáculo, al otro día de la asunción, o el día mismo, anunciará el no pago de la deuda externa, la ruptura de relaciones con EEUU, la expropiación sin pago de las empresas extranjeras y la nacionalización de la banca y del comercio exterior. Y al día siguiente, se irá a su casa, con la conciencia del deber cumplido, mientras una asamblea nacional designa nuevo presidente. Las masas, por supuesto, completamente desorientadas y desilusionadas.

19. “Para “Argentina 2050”, Sartelli promete “una política de no alineamiento con ningún bando capitalista particular, de la misma manera que tampoco supone una hostilidad particular con ninguno. (…) Nos mantendremos al margen de toda disputa posible. Ellos, que se maten. Nosotros haremos ´la nuestra´” (sic). Va de suyo que esta política despertaría el desprecio y la indiferencia de todos los explotados del mundo frente a la hipotética “experiencia socialista” de Sartelli. El comando Delta de Trump podría dar cuenta de “Argentina 2050” sin mayor resistencia internacional, si es que existe el interés de derrocar a un gobierno que, como vimos antes, respetará los intereses de los ´capitanes´ del agro y de la industria.
En cualquier caso, el grupo de Sartelli puso en marcha el “no te metas” mucho antes de la toma del poder. Después de más de sesenta días de asedio imperialista a Venezuela, “Vía Socialista” apenas se dignó a subir un comunicado días después del asalto de Trump sobre su suelo. Su título propugna “una salida obrera y socialista” y afirma que “entre el chavismo y Trump no hay ni hubo enfrentamiento alguno”. Una manera de no plantear la lucha continental por la expulsión del imperialismo de Venezuela y de América Latina, y, a partir de allí, la capitulación del chavismo y del nacionalismo. Pero Sartelli en este punto tampoco es original: sigue la línea prescindente de la burguesía argentina, que está dispuesta a las mayores concesiones nacionales en aras de retornar al crédito internacional. El actual presidente argentino se ha declarado un sirviente de Trump en medio de una invasión al continente, sino que ello le valga siquiera una sesión especial del Congreso por parte de sus opositores.”

Marcelo pasa aquí de declararnos prescindentes a siervos de EE.UU. Pero si nosotros somos “prescindentes” no podemos ser iguales a la burguesía argentina, que respalda a un presidente que se ha declarado “sirviente de Trump”. ¿En qué quedamos? ¿Somos prescindentes o sirvientes? No es lo mismo. No obstante, el problema aquí es que Marcelo no parece haberse dado cuenta del acierto político notable de Vía Socialista en relación a la cuestión venezolana que él mismo tiene la amabilidad de recordarle al lector: “entre el chavismo y Trump no hay ni hubo enfrentamiento alguno”. Que María Corina Machado se haya dado cuenta ya y que Política Obrera, como todo el trotskismo argentino, todavía siga insistiendo en lo contrario, demuestra lo perdidos que están políticamente, tanto por su forma nacional, como por su contenido internacional… Nunca sostuvimos el “no te metás”. Eso hicieron uds. cada vez que los invitábamos a ir a la embajada a protestar contra la dictadura chavista. Nosotros siempre nos metimos, por los compañeros presos, por los obreros reprimidos. Eso sí, nunca nos metimos en defensa de Maduro o del régimen chavista. Nosotros luchamos contra el chavismo cuando uds., otra vez, como todo el trotkismo, se callaban la boca frente a los presos políticos, a la represión a la clase obrera, a la eliminación completa de todo derecho político del proletariado, la expulsión de la patria de millones de trabajadores. Llorar por Maduro, no solo es no entender el problema, sino plegarse a la alianza Delcy-Donald y garantizar la continuidad del imperialismo. Si se quiere expulsar al imperialismo, hay que expulsar al chavismo, que no ha hecho nunca otra cosa que arrodillar a Venezuela ante el imperialismo, chino, ruso o yanqui, lo mismo da. La política que uds. proponen aleja a las masas venezolanas que comienzan a recomponer lentamente sus condiciones de lucha, de la izquierda. La política que uds. proponen, las arroja a los brazos de Machado.

20. Sartelli atribuye el raquitismo político y electoral de la izquierda argentina a “la ausencia de una propuesta concreta de gobierno”. Entiende por esa propuesta “concreta” los eslóganes incluidos en su libro, al estilo de: “Abolición de la propiedad privada”, “Elevadísimo desarrollo tecnológico”, “Jornada de 6 horas para todos” o “90 años de expectativa de vida”. Es un rosario de promesas electorales, que ningún luchador o trabajador consciente tomará como un programa sin que se hayan explicitado los medios políticos para derrotar a los capitalistas y a su Estado.
Un programa no es una enumeración de recetas; es, en primer lugar, una caracterización sobre la etapa histórica y sobre el lugar que le cabe a la clase obrera. Y a partir de allí, los planteamientos políticos que sirvan de palanca para la movilización política de los explotados, uniendo sus aspiraciones más elementales a la cuestión del poder. No hay nada más “concreto”, en ese sentido, que el Programa de Transición que Trotsky redactó en 1938 para la IV Internacional. “Un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués. El viejo “programa mínimo” es constantemente superado por el programa de transición, cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria”. Para Trotsky, las reivindicaciones del programa de transición – expropiación de ciertos grupos de capitalistas, la nacionalización del comercio exterior y del crédito, el control obrero- son, en primer lugar, una palanca para la movilización política contra el Estado. El planteo de Sartelli, constreñidamente electoral, acomoda las propuestas “concretas” a la estrechez de miras en el plano de la acción política de los trabajadores: su “Argentina 2050” no plantea una lucha por la destrucción del Estado burgués, tampoco la construcción de un partido propio de la clase obrera.

Sartelli le reprocha al FITU aquello que él practica con igual empeño: la ausencia de un programa y un planteamiento estratégico, en medio de la declinación capitalista. “Argentina 2050” no le dedica un párrafo a la guerra internacional en desarrollo. En cuanto al FITU, una parte de él caracteriza a la crisis mundial como un reguero de conflictos aislados; otra parte se ha colocado en el campo de la OTAN en nombre de la “autodeterminación” de Ucrania; y una tercera, el PO oficial, dice estar “en camino de una guerra mundial”, una definición suficientemente ambigua como para retractarse ante la menor circunstancia. La elucubración de “Argentina 2050” es un caso particular de la deriva política que Trotsky, en el mismo programa de Transición, caracterizó como la “crisis de dirección de la clase obrera”.

Empecemos por el final. Marcelo nos acusa de desconocer la situación internacional. En primer lugar, lo remitiría a una montaña de escritos y videos que hemos grabado sobre ese tipo de problemas, pero ese no es el punto. La cuestión es tener una mirada adecuada de los problemas esenciales de la lucha de clases a nivel mundial, para poder entender las determinaciones de la economía y la política local y para trazar una orientación internacional general para la clase obrera. En ese sentido, no importa cuánto Marcelo apele a los “problemas mundiales”: tiene una mirada completamente equivocada sobre ellos y las consecuencias son graves. Ante todo, Política Obrera (igual que el Partido Obrero) sostiene que China no es un país imperialista, algo más que evidente. Más aún, sostiene que no completó su transición al capitalismo. Por lo tanto, en lugar de ver un mundo surcado por la lucha entre dos imperialismos, ve la lucha de estados “parcialmente obreros” o “semicoloniales” contra el Imperio Yanqui. Ergo, se terminan alineando con todos los regímenes pro-chinos (Venezuela, Irán, Rusia, Corea del Norte). En Irán, por ejemplo, proponen apoyar la “guerra nacional” iraní. Es decir, ponerse bajo la dirección de la Guardia Revolucionaria y los ayatolás. Esos mismos que están refugiados en las mesetas, mientras la población sufre la devastación de los misiles, no para “salvar al país”, sino para que siga bajo el control de China. Ese país, antes de las masacres de Trump y Netanyahu, estaba siendo hambreado (recordemos el levantamiento por el pan) y masacrado más salvajemente que en la guerra. Hasta el momento, los muertos civiles, según las propias fuentes independientes iraníes, no llegan a los 1.000 o 2.000. En cambio, los muertos por la represión estatal están entre los 10.000 (cifras del régimen) y 30.000 (organismos de DDHH). Marcelo se opone, incluso, a la central de trabajadores iraníes, que llama a la movilización independiente contra el régimen y contra una salida digitada por Trump. Además, la “guerra nacional” iraní no se define en la defensa del territorio, sino en el bombardeo y asesinato de obreros en Arabia Saudita, Barhein, Qatar, EAU, Azerbaiyán, Omán, Chipre, Kuwait e Israel (sí, los obreros judíos, musulmanes y cristianos de Tel Aviv o Jerusalem no tienen nada que ver con sus gobiernos). ¿A ese tipo de cosas llama un partido de la clase obrera? El problema es más grave aún, porque según esta caracterización, lo que implícita o explícitamente nos propone Marcelo es alinearnos con China (país “oprimido”) contra los EE.UU. (“único opresor”). No debería hacer falta que le recuerde a Marcelo lo que él ya debe saber: las empresas chinas están haciéndose con los mercados nacionales y desplazando industrias enteras, dejando un tendal de desocupados y empujando a la Argentina a quedarse con la agricultura, minería e hidrocarburos. O sea, la ejecución del programa liberal. ¿Quién es el que desconoce la lucha de clases a nivel mundial?

¿Trotsky o Montecristo?


Creo que no queda mucho por decir. Un último punto. Como todos los trotskistas, Marcelo quiere demostrar que su partido representa el non plus ultra del trotskismo. Por eso quiere despegar a Política Obrera del resto de los trotskistas. No puede, porque el problema es el trotskismo mismo. Tomar el Programa de Transición como “programa” para un país como la Argentina, en un momento como el que estamos atravesando, supone que es una fórmula de aplicación universal y que estamos hoy en el mismo escenario de 1938. No hace falta decir que esta perspectiva religiosa transforma a los trotskistas en anarquistas. No en el sentido de que adopten su programa o perspectiva, sino en que siguen hablando como si fueran una fuerza real y estuviéramos en los gloriosos días de Bakunin y de la FORA del V Congreso. Cualquier observador medianamente imparcial, viendo este cuadro, podría tranquilamente decir, como ese niño asustado que trata de explicarle a un fantasma que todavía no entendió que ya no pertenece al mundo de los vivos: “Veo gente muerta”.
En efecto, el trotskismo (y el guevarismo, el maoísmo, el estalinismo, el autonomismo también) está muerto. Bien muerto. Murió de muerte natural, aunque todavía no lo sabe. Ignoro qué haría Trotsky en este momento y, siendo sinceros, tampoco me importa. Tengo cabeza y puedo pensar por mí mismo. Estoy vivo, aquí y ahora y estos son mis problemas. Nuestros problemas. Pretender que un muerto nos explique qué hacer en un mundo que nunca conoció es absurdo, religioso, místico. Cualquier cosa menos “política”. Trotsky mismo se sentó a pensar sobre las cenizas de la Revolución de 1905 e imaginó un camino para una coyuntura específica en un país concreto. Ese programa sirvió como guía para una acción transformadora. Lenin, que había pensado otra cosa, abandonó sus ideas y se plegó a las del futuro constructor del Ejército Rojo. Esa gente pensaba, estaba viva, medía las posibilidades reales y no se resignaba a que la realidad hiciera el trabajo por ellos. Eran revolucionarios, o sea, gente que creía que, aún en la peor de las situaciones, siempre algo se puede hacer. Por el contrario, sus herederos transformaron sus soluciones a sus problemas en su época y en su ámbito específico, en fórmulas de aplicación universal. Fórmulas que no funcionan ya, fuera del espacio en el que fueron creadas. Como las fórmulas no funcionan, hay que alargar su aplicación en el tiempo, pretender que ya vendrán, patear para el futuro toda acción significativa. Dicho de otro modo: la fórmula se transforma en la excusa para una actitud conservadora. Y eso define, finalmente, la caracterización de toda la izquierda argentina: “montecristianos”. Como el héroe de Dumas, impotencia pura, en lugar de tomar venganza y hacer justicia, se limita a “confiar y esperar”. No es nuestro caso. Vía Socialista ni confía ni espera.

(1) Marcelo Ramal: “Socialismo en un único y solo país. Una crítica al libro Argentina 2050, de Eduardo Sartelli”, en https://politicaobrera.com/15527-socialismo-en-un-unico-y-solo-pais/

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